La relación del gitano y el Estado, una construcción compleja y desmedida

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«Contraponer gitano y payo como grupos diferentes es difícil; el gitano andaluz de los enclaves rurales ha sido, hasta los años 40, un andaluz más»

Más allá de los procesos, hechos y miradas que se dan en otros grupos, es obvio que los gitanos son un grupo complejo, lleno de tópicos cuando se miran desde la distancia, y con múltiples matices en una mirada cercana. En definitiva, son un grupo escurridizo para el investigador. Por ello, es patente que gran parte de la dinámica interna del grupo está permanentemente escondida y a su vez una porción de lo que muestran es una estrategia —a su vez— de ocultamiento y miradas en escorzo.

Años de marginación han moldeado esta actitud, pero también siglos de indefinición. Hay casos en que contraponer gitano y payo, como grupos diferentes, es francamente difícil; de hecho, el gitano andaluz de los enclaves rurales ha sido, hasta los años cuarenta, un andaluz más, ya que no han existido elementos exógenos (visibles y constatables) que los diferenciaran del resto.

Por otro lado, la marginación es moneda corriente en el Estado español desde, cuando menos, los Reyes Católicos, y no sólo sobre los gitanos (aunque con ellos se diera de manera especial y continuada).

Así, pues, el concepto de payo, que «tradicionalmente» utilizan los gitanos, tiene más de metáfora que de concreción en la realidad. De hecho, el uso extensivo de payo a todo aquel que no es gitano es reciente, y ellos mismos reconocen que «no todos los payos son iguales». Consecuentemente, el payo es metáfora de un grupo que les ha perseguido y marginado, pero nunca como una negación de la no-gitaneidad.

Es obvio que el gitano ha existido «desde siempre», al menos desde el momento en que reconocemos un Estado español. El problema es que hemos reconocido al gitano como portador de marginación y lo asociamos directamente a ello. Es decir, los gitanos son construidos como grupo diferenciado desde la aparición del Estado moderno, y con el hecho de fantasmear con ellos, los convertimos en lo que se pretende. Este proceso, estudiado ya por Michel Foucault, es prototípico del control y poder del Estado contemporáneo y, en el caso de los gitanos, es inicio de un largo devenir hacia el racismo, la marginación y la pobreza.

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Frente a la idea generalizada de que los gitanos son un grupo original, diferente y altamente auto-organizado, me gustaría proponer una visión diferente: son un grupo con el que se ha cebado el campo de las prácticas políticas; lugar donde el continuum teoría-práctica, realidad-metáfora, y estrategias propias-actuaciones ajenas, toma un nuevo sentido. En este espacio concreto toma forma la historia que ellos cuentan de sí mismos: su relación con lo policial como represión y control, la enorme separación y diferenciación, por parentesco, género y edad, o el respeto o consenso hacia los mayores.

Los gitanos, como otros grupos sociales diferenciados y marginables, han sido, hasta el siglo XVII, parte de un constante ejercicio de bio-poder, es decir, esa serie constante de tecnologías políticas que actúan y trabajan sobre el cuerpo, la salud, las formas de alimentarse, alojarse, residir, relacionarse, mantener unas determinadas condiciones de vida, y, sobre todo, la definición del espacio dedicado a la cotidianidad.

Las estrategias individuales son, desde este punto de vista, procesos de maximización-minimización de dichas tecnologías. Quizás, por todo ello, el verdadero estudio de los gitanos se encuentra por hacer, un estudio que observe cómo han sido reificados, un trabajo que los mire a la luz de cómo han sido construidos.

De este modo, el problema no es tanto la descripción y conocimiento del parentesco, la religión o la salud de los gitanos sino más bien las disciplinas, controles y ejercicios que el poder ha impuesto sobre ellos.

La ingenuidad radica en creer que este proceso es lo que les hace originales, cuando su originalidad es un replanteamiento no de ellos, «que de por sí son diversos, pero sólo diversos», sino del poder, que piensa en los grupos en términos de adscripción marginación. Y, así, después de «etiquetar» a los gitanos como tales se aplican mecanismos policiales de control, normalización y disciplinamiento.

Esta paradoja, entre lo dicho y lo no dicho, es producto directo de un giro con respecto al mundo gitano, que aunque revela mucho de las estructuras mentales del positivismo decimonónico, tiene como principal elemento definitorio lo ocurrido a partir de los años 50 con la aparición, primero, de los centros de investigación gitana (publicitados a través de Etudes Tziganes, Lacio Drom, Monde Gitane o el Newsletter de la Gypsy Lore Society). Segundo, de las asociaciones de carácter gitano (que se popularizan a lo largo de los años 70). Y por último, con la envoltura, el amparo y la conceptualización del llamado Estado del Bienestar. Quizás en Andalucía el proceso ha sido más lento y tardío pero igualmente detectable.

Lo interesante de todo ello es la nueva actitud que el Estado (a través de las Administraciones locales y los órganos de la Junta) ha tomado con respecto a los gitanos y el no menos significativo papel que éstos tienen desde entonces, hasta el punto de que en la actualidad existe un gran consenso entre los estudiosos, los implicados y los colaboradores, en donde lo menos significativo del mundo gitano no es su diferente lenguaje, religión o costumbres, sino su apariencia étnica y el acuerdo general de su dinámica de marginación, enfrentamiento y circunstancialidad.

Esta relación novedosa, dialéctica, dinámica y paradójica entre el Estado y los gitanos, tiene una multiplicidad de niveles y estratos que enmarañan cualquier simplificación del tema; de hecho, la aparición de nuevos actores (trabajadores sociales, asociaciones, instituciones, evangelistas, grupos de presión, colectivos gays, feministas, artesanales…), así como la toma de nuevos papeles por algunos ya existentes, no hace otra cosa que complicar aún más el tema. Hasta el punto en que en los aspectos más emic de su «cultura», el gitano no es más que una suerte de laboratorio donde observar, validar y concretar las viejas preguntas de las ciencias sociales positivistas y funcionalistas, puestas de nuevo en el candelero por los neo-estructuralistas y que dejan de lado los intereses y problemas del grupo gitano para reducirlos a las tendencias (paradigmas) de los investigadores.

Sin embargo, la atención de que ciertas actuaciones racistas contra los gitanos ocurridas en Andalucía de manera continua desde los años 90, han despertado en todos los colectivos implicados, la idea de que las cosas no sólo tienen que ser de otra manera, sino que tienen que empezar a darse otras políticas con respecto a los gitanos. En cualquier caso, el grupo gitano tiene niveles diferentes que han de tenerse en cuenta, donde las negociaciones de la identidad, los recursos y los imaginarios no pueden ser simplificadas.

Es, por lo tanto, el alcance de la implicación política del Estado en el mundo gitano el que ha dado al tema mayor complicación y dispersión.

En última instancia, el cambio definitivo ha sido el reducir la problemática a lo municipal/autonómico y el diálogo a lo nacional, incluso, como ya apuntaran muchas federaciones gitanas, a lo europeo. Bajo este esquema no es raro que muchos científicos sociales busquen en los viejos temas del romanticismo gitano la esencia del grupo y, por extensión, de sus trabajos.

El regreso al parentesco, el folclore o la música gitana ha sido en los últimos años un despertar no sólo en Andalucía, sino también en Aragón o Cataluña. Es obvio que bajo este esquema, la larga sombra del colectivo imaginario contra-gitano, o el sueño de unidad y colectividad pangitana, tienen cuerda para muchos años.

El paralelismo con lo ocurrido cuando se creaban las bases del Estado de bienestar, en los lejanos 60, no podría ser más evidente: la búsqueda de un Estado de derecho no corre a la misma velocidad que los sistemas de identificación social del y con el mercado.

Mientras que los grupos musicales de jóvenes gitanos están en la televisión y las radiofórmulas, los problemas cotidianos de marginación siguen presentes, acuciando aún más, la brecha entre los diferentes grupos gitanos y remarcando que los valores de sensibilidad, incluso los de solidaridad o de tolerancia, se mueven en el espejo cóncavo del mercado, las políticas paraestatales y las asociaciones de patio de vecinos.

Por José Luis Anta.


Fotografías:
José Luis Anta.