Miradas sin respuesta

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La Feria de Abril de Sevilla posee multitud de aspectos que merecen destacarse: su historia, que se amolda a nuevas necesidades, su música alegre y constante, los caballos esbeltos, las casetas en las que reunirse, una gastronomía a deshora, o una economía de gran peso en la ciudad. Cerca de la portada, que abre el paso a miles de personas cada año, se enclavan seis puestos enmarcados por cortinajes, en los que se preparan buñuelos en grandes sartenes humeantes.

Los buñuelos son dulces compuestos de masa de harina que se fríen en abundante aceite. Se consumen en la cultura mediterránea y en diversos países latinoamericanos. Hace siglos, los moriscos ya los preparaban, siendo los gitanos los que adoptaron esta especialidad tras la expulsión de los mismos. En la actualidad continúan elaborándolos.

Esta tradición culinaria nos sirve como nexo de unión entre las familias gitanas que los elaboran y los que acuden a consumirlos. A simple vista, podemos describir esta escena como la de un trabajo duro y agotador para las buñoleras y muy bien pagado para los consumidores.

A medida que el día transcurre, nos percatamos de que no hay ningún tipo de comunicación o trato (salvo el comercial) entre gitanos y no gitanos. Con ello pretendemos subrayar que existe una línea invisible entre «unos y otros»­, en los que podemos vislumbrar actitudes y comportamientos que merecen ser descritos.

Hoy en día, nos parece repetitivo subrayar los prejuicios hacia las personas de etnia gitana; bien es cierto que el racismo sigue existiendo, pero siempre disminuirá a través de la educación, el acercamiento y el conocimiento mutuo. Centrándonos en el recinto ferial, descubrimos que mientras los buñuelos son degustados, las miradas sutiles y curiosas son más de las que podríamos sospechar. Como muestran las imágenes, la curiosidad ante un mundo desconocido e impenetrable es evidente. Siglos de rechazo por parte de una sociedad no gitana, no han conseguido más que reforzar actitudes hostiles en ambos casos, sería un error considerar que el prejuicio hacia «el otro» no causa huella en «ese otro hombre».

Si observamos los rostros retratados, veremos que las mujeres gitanas realizan su tarea con seguridad tras años de experiencia entre peroles; algunas jóvenes, muestran unos rostros hastiados, soportando un calor increíble durante horas. Lo cierto es que algunas de ellas no tienen más opción, ya que no han continuado con sus estudios y este oficio familiar está bien remunerado.

En el caso de las personas no gitanas, algunos rostros despiertan curiosidad, a pesar de la hora intempestiva, como si trataran de entender dónde se halla la diferencia de la que tanto se habla, pero dicha mirada no atisba prejuicio, sino pura indagación.

En este escenario, personas de diversa nacionalidad se acercan a las buñoleras para fotografiarlas, sin pedir permiso para ello. Acostumbradas a ese trasiego constante, las gitanas no levantan su rostro serio y fijo, pareciendo algo molestas.

De repente, descubrimos a otros individuos que muestran miradas de rechazo e indiferencia hacia las familias gitanas. Mientras éstos comen buñuelos, las miran como si remarcaran la diferencia turbadora que aún persiste. Esas miradas son un hecho y se describen por sí mismas, la línea divisoria es evidente entre «unos y otros», existiendo un espectador que visita un escenario circense y enigmático.

Lo triste es que el gitano lo presiente, trabajando en «esa función», pero también bailando, al compás de un flamenco que sigue latiendo desde lo más hondo.

Por Mariola Cobo Cuenca.


Fotografías:
Luismi Zapata (proyectos@luismizapata.com)