Matilde Coral: «los gitanos, una estirpe indomable»

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Nobleza, pulcritud y elegancia son algunos de los matices que podrían definir a Matilde Coral, bailaora nacida en 1935 en el Zurraque trianero, tierra de alfareros.

Resulta difícil describir la pasión de una artista por su vida, tanto en lo personal como en lo profesional. Compartió cuarenta años de matrimonio con el bailaor gitano Rafael El Negro y juntos bailaron sobre los escenarios de medio mundo.

Como bailaora de flamenco ¿qué le ha supuesto a usted trabajar junto a su marido El Negro?

Una vida llena de placer, de gloria y de flamenquería.

¿Qué le ha aportado la cultura gitana a su obra y al flamenco?

Todo, porque si no hubiese gitanería, no habría flamenquería, que es la cualidad de flamenco, y el flamenco es de los gitanos.

¿Podría describirnos qué ha significado para usted vivir en Triana?

Mis primeros años fueron sobre todo flamencos, porque fueron los de después de la guerra, y aquí llegaron sobre todo gitanos huyendo de las circunstancias. Venían de muchos lugares de España, lo mismo venían familias de Aragón, de Extremadura o de Madrid, de todas partes. Esto significaba enriquecernos mutuamente en nuestra cultura, ya que cada cual tiene su forma de hacer, de expresar, de guisar. Esos olores inconfundibles que le dan los gitanos a sus guisos, a su forma de vestir, de peinarse ¡son un mundo!

Para mí fue un mundo e intenté aprender todo lo que pude sin llegar nunca a ser gitana: yo soy no gitana, no me gusta decir eso. Me ha gustado hacer lo posible por realizar mis propios movimientos, mi forma de vestir, pero también estar como están los gitanos.

En definitiva, sin ser gitana he asumido como tengo que plagiar esa forma, sin parecerme a los gitanos bailando, pero teniendo un espíritu dentro de mi cuerpo en el momento de bailar, simplemente su espíritu.

¿Qué añora del pasado?

La falta de mis padres, de mi esposo, de mi hermano El Mimbre y de aquella manera de vivir con hambre, como fuera, pero vivíamos tan agusto. Éramos amigos de nuestros amigos, éramos compañeros, inventábamos los juguetes, inventábamos la forma de divertirnos sin que nos costara nada, se echan muchas cosas de menos, cielo. Era una vida diferente a la que tenemos hoy, y como sigo admirando aquello, todo me parece un poco mal.

¿Cuáles son las ventajas y/o desventajas del presente en el que vivimos?

Muchas, desde el separatismo, el estorbo de las razas, de las etnias, pero ¿por qué?, ¿quién es más que quién? Si Dios lo creó todo y son ustedes tan capillitas, ¿cómo se les ocurre decir que ese no entra dentro de los derechos de Dios hasta echarlo fuera? No, para mí todo está fundido en un crisol maravilloso, un crisol único de donde salieron verdaderas maravillas y ese amor a mis 80 años no me lo va a quitar nadie. Yo sigo admirando, sigo saludando, sigo respetando, es algo que no quiero que se borre hasta el día de mi muerte.

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Antonio Montoya «Farruco» con Matilde Coral y Rafael «El Negro», juntos en el trío «Los Bolecos», 1969.

 

Respecto a la convivencia en la Triana antigua, ¿le resultaba más fácil apoyarse en los demás?

Sí. Aquello era una torre de Babel. No importaba más que la ayuda. No había tiempo para pensar mal. Los primeros herradores, las cadenas de los barcos.., en esta fragua trabajaban los gitanos, aquí en Triana. Eran cigarreros, eran areneros, sacaban la arena del río, que era bastante rico y fértil y llenaban las plataformas para las obras. Hoy todo es sintético, pero los gitanos no lo son. Pienso todo esto porque estuve toda la vida con un gitano bueno, purísimo, dándonos a todos buenos ejemplos, a mis hijos y a mí.

Trataba de que ellos no faltaran a clase y aprobaran siempre. Siempre nos sentábamos a comer a las tres cuando él llegaba; y los domingos nos preparaba junto a su madre un arroz con magro. A los gitanos les encanta comer arroz con magro.

Entre ellos hay escalafones también, como entre nosotros. Hay gitanos de más nivel económico que otros; hay unos con más educación, que se encuentran muy bien asentados y de repente surge un punto de gitano, en su momento, en las fiestas de Navidad. Hay momentos en los que hay que saber callar con ellos, ya que si no sabes callar con ellos, ¡uy!

Respecto a los cambios producidos entre el pasado y el ahora, ¿qué opina sobre la actual crisis de refugiados?

Eso es canallesco. Sería ideal tener millones para hacer una gran casa grande, en un campo grande que los acogiera a todos, a los niños y a todos en general. Está siendo un genocidio, ¿hablamos de Hitler? ¿Acaso no lo tenemos ahora? Pero no solo uno, sino muchos más dictadores en potencia.

¿Qué reivindica usted a la sociedad actual acerca de la tolerancia hacia la población gitana?

Que los admiraran tal y como son, que no se han parado nunca, nunca jamás a estudiar a los gitanos. Los gitanos son nobles por naturaleza, son buenos, quieren a sus hijos, a sus padres, mueren por ellos, se pudren en una cárcel y no son delatores, ¿que roban?¡claro! para comer, como robamos los no gitanos, ¿o los no gitanos no robamos?, porque ahora sí se ha hecho pública tanta corrupción, y el que tenga las manos limpias que las levante, a ver quién las levanta. Eso es lo que yo veo, la intolerancia total.

Y a la inversa, ¿qué reivindica a las personas no gitanas hacia el resto de la sociedad?

En lo mismo, dar ejemplo de lo bueno, pero darlo de verdad. Los gitanos son una estirpe indomable.

Siento pena, esto tiene que cambiar o ellos van a ganar por mayoría, mucho cuidado, por poner color y no denigrar. Las flores salen blancas y también rojas, todos somos iguales, ¿no cree?

¿Qué nos recomendaría a todos para ser más felices?

Ser realmente buenos y sinceros. A mis 80 años a veces siento miedo de salir de mi casa con las cosas tan bellas que existen fuera. Después veo la televisión y veo esas cosas tan fuera de órbita, esos niños en las alambradas o esa mujer poniendo la zancadilla para que el hombre cayera con su hijo en brazos, ¿cómo lo pagará ella? Siendo repudiada por todo el mundo ahora.

He visto países donde los reyes comían y los demás esperaban que se les arrojaran la comida sobrante. Hace décadas, la gente iba al Zaire para traer oro y colmillos de elefante, no importaba quién era gitano, porque lo que los ricos querían era ver de vuelta los baúles llenos. En muchos lugares no hay seguridad porque hay hambre.

Creo que soy el eslabón entre el siglo pasado y éste. Mis hijos han sido educados en las buenas costumbres. Hoy en día la mayor parte de los gitanos se encuentran normalizados, aunque únicamente escuchemos lo negativo.

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Por Mariola Cobo Cuenca.


Fotografías 1 y 3:
Luismi Zapata (proyectos@luismizapata.com)