Insumisas gitanas

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Felipe II condenó a los hombres gitanos a la pena de galeras en 1539. Ésto provocaría el descabezamiento familiar dejando desprotegido al grupo, a la vez que contribuía a convertir definitivamente a las gitanas en vínculos del grupo con la sociedad mayoritaria. Para lograr un estado español unificado, primero se expulsó a las personas judías, luego a las moriscas y por último se intentó acabar con las personas gitanas mediante leyes, pragmáticas, disposiciones reales y el genocidio gitano conocido como la «La Gran Redada de 1749».

En este suceso, si difícil fue el encierro de los hombres, más aún sería el de las mujeres, pues sus protestas causaban mucho más escándalo. El ministro decidió enviar a una parte de las gitanas a la Real Casa de Misericordia de Zaragoza, que en menos de un año acogía a 653 gitanas procedentes de Málaga, más otras cientos de personas que ya albergaba. La situación se tornó explosiva desde el primer día. Las gitanas se fugaban constantemente y mantenían «tratos ilícitos» a través de agujeros que practicaban en las tapias, pero sobre todo, protestaban. Destruyeron la ropa que les dieron, rompieron la vajilla y el mobiliario. Como éstas iban semidesnudas, «las más de ellas en cueros», no podían llevarlas a la capilla a oír misa, ni el vicario les podía explicar el catecismo. Se burlaban de los regidores y los porteros, se burlaban hasta del alcaide.

Sobreviviendo a la España del siglo XVIII, los registros censales permiten conocer el amplio abanico de ocupaciones con las que se ganaban la vida las gitanas; mujeres corredoras de ropas y alhajas, fabricantes de cestos y canastas, lavanderas, costureras, mondongueras, buñoleras, hiladoras, vendedoras de lienzos y otros géneros, comercio ambulante, actividad comercial en productos alimenticios, panadería, chalanería de animales, servicio doméstico, corretaje de joyas e incluso algunas profesionalizaban sus atenciones obstétricas como comadronas.

En este siglo XXI, el retrato de la mujer gitana se enmarca en más sectores y en profesiones muy diversas, como la de estudiante, empresaria, trabajadora social, médica, peluquera, en venta ambulante, diseñadora, artista, profesional del turismo, del trabajo agrícola, maestra, ama de casa, profesora de universidad, abogada, en radio y televisión, etc., teniendo un fuerte empuje hacia la lucha por las causas sociales.

La historia nos muestra cómo la mujer gitana ha ido ejerciendo papeles de gran responsabilidad, demostrando su capacidad, perseverancia y compromiso con entereza y voluntad de transformación, en una sociedad racista y enormemente patriarcal. Si hemos sobrevivido incluso a un intento de Genocidio ha sido por nuestro espíritu de lucha, nuestra resistencia a la opresión y nuestras ganas de vivir. Hoy día resulta esencial resaltar el permanente papel de «Mujer Luchadora» de la mujer gitana, para superar la visión antigitana estereotipada que la sociedad mantiene y que, consciente o inconscientemente, procede del rechazo histórico, aprendida de padres, maestros, amigos, medios de comunicación, y manipulada, consentida e incluso promovida por nuestras administraciones públicas.

La superación de los estereotipos antigitanos y los prejuicios descalificadores incrustados en la sociedad, exige fundamentalmente la implicación del Estado, siendo las personas gitanas las protagonistas en los procesos de decisión, así como un cambio inevitable de la mentalidad de la sociedad y el respeto a las diferencias culturales.

Emilia R. Peña Carrasco (Sevilla, 1978), es gitana, andaluza, maestra y fotógrafa.