Un viaje es, en cierto modo, cualquier experiencia en la vida

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Fotografía: Aitor Lara.

Su viaje empezó cuando solo tenía dos años. Su equipaje, una guitarra de plástico, el son de una canción y dos botitas del número 22, que siempre llevaba consigo porque eran su juguete preferido. No sabía por qué tanto entusiasmo por bailar, cantar, tocar la guitarra, aún no sabía nada, no le había dado tiempo. A pesar de ello, no tardaría mucho en descubrir para qué había venido al mundo.

Era un niño tímido y curioso que había nacido en una familia gitana. Creció oyendo a su padre cantar flamenco mientras regaba las flores en el patio de su casa. Su madre le hacía compás mientras ponía la olla en el fuego. Sus días eran bonitos, llenos de música, de arte y sobre todo, llenos de amor de familia.

Su abuelo era un maestro de vida. Un maestro de flamenco. Conocía la filosofía de su historia y había vivido casi toda su vida por y para su arte. El baile flamenco le había ayudado a sobrevivir. Contaba historias, historias que hacían que ese niño se quedara embelesado oyendo sus aventuras. Contaba que su padre Manuel había sido un gitano republicano que luchó en la Guerra Civil de España y que una vez terminada la guerra, murió en brazos de su madre por un disparo de uno de los contrarios.

Contaba también que su madre Rosario volvió a juntarse con otro hombre para que le ayudase a seguir criándolo a él y sus hermanos, cosa que él con siete años no admitió y se fue de casa. Contaba casi siempre penas y desgracias menos cuando hablaba de flamenco.

Ahí es cuando ese niño embelesado y atento abría aún más sus ojos para poner toda la atención del mundo y quedarse con cada detalle. Contaba que el flamenco le había brindado muchos de los momentos más bonitos de su vida.

«Mani, escúchame su pare. Lo más importante en la vida es recordar y aprender de lo vivido. Luchar por aquello que sueñas sin rendirte. Y pase lo que pase, trata de estar en paz contigo. Sé feliz, sé humilde, y nunca dejes que nadie marque el compás de tu vida. La vida es un como un tren en el que tu decides cuando subir o bajar, en qué tipo de clase, y cuánto pagar por ello».

«Papa, pero si yo lo único que quiero es bailar como tú, cantar como mi padre el Moreno, ¡ah! y tocar la guitarra que también me gusta mucho. Enséñame, quiero saberlo todo».

«Me parece muy bien», decía entre sonrisas, «pero para cantar, tocar o bailar, no solo serán suficiente con lo que yo te enseñe».

«Ah ¿no? ¿Hay más?»

«Claro que sí. Hay mucho más. Lo primero es tener claro que el arte sirve para contar cosas que sientes. ¿Tú qué sientes cuando bailas? ¿Qué quieres contar con tu baile?»

Y fue ahí cuando empezó el verdadero viaje. Ese niño tímido y curioso empezó una aventura. Veía las cosas de otra manera. Viajaba con su familia por todo el mundo conociendo otras culturas, aprendiendo de otras músicas. Todo era un propósito. Todo fue desde entonces, un camino de rumbo fijo hacia el aprendizaje, hacia el descubrimiento de cómo poder contar quién era a través del baile, el cante, la guitarra o cualquier sonido o expresión que le sirviera para contar cosas. Quizás para los demás fuese cualquier cosa, pero para él era lo más importante, sentirse realizado, haber seguido los consejos de su abuelo, de sus padres y de toda la gente que se encontró en el camino para volver a marcar un nuevo destino.

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Fotografía: Ana Iturbe.

Bailó y sigue bailando. Canta y toca la guitarra para ponerle banda sonora a esos momentos del viaje.

A veces para en algunas estaciones, para aprender otros lenguajes culturales y musicales, otras veces prefiere seguir en la misma estación, conservando y apreciando su origen de partida.

En algunas ocasiones siente que ese tren va demasiado rápido y ralentiza la marcha para poder así contemplar la belleza de la naturaleza de las cosas, como decían sus mayores. Ese olor a flores del patio de su casa, ese olor a café que preparaba su padre mientras le enseñaba a distinguir entre los diferentes estilos de la soleá, el brillo en los ojos de su segunda madre Pilar, que se emocionaba al abrazarlo creyendo que su hermano, al que perdió un día, había vuelto a nacer reencarnándose en ese cuerpecito.

En otras ocasiones siente la necesidad de forzar la máquina, pensando que no le dará tiempo a llegar a todos esos corazones a los que desea llegar, y no solo llegar, sino tener el tiempo de quedarse eternamente, haciendo sentir lo que siente el suyo por el amor a una historia, la de su familia, por la nostalgia de los que se encontró e hicieron de él una mejor persona. En agradecimiento a una vida llena de sonidos e imágenes emocionantes. Por el compromiso de defender una etnia nómada, la de los gitanos. Pero sobre todo, por el sueño de volver a ser algún día ese niño que jugaba a bailar por los rincones de una peña flamenca, al aire de un patio lleno de macetas, o del escenario más importante del mundo, sin más deseo que el de recordar y aprender de lo vivido.

En cualquiera de los casos, ese niño que ya es un hombre sigue siendo un niño ilusionado. Sigue queriendo subir a nuevos trenes que le lleven a personas. Sigue queriendo a personas que le llevan a lugares. Sigue recordando lugares que no olvidará gracias a momentos que le ha brindado el flamenco. Sigue, sigue y seguirá luchando por un mundo mejor, aunque en su mano solo esté la ofrenda de un gesto, un sonido, una canción que armonice el corazón para que convenza a la humanidad de que todos somos viajeros necesitados, todos somos de todos, todos somos historia de nuestro país, todos somos un sueño, todos somos música, todos somos flamencos.

Todos somos una familia a la que necesitamos, y que a su vez nos necesita.

Dejemos a los que vienen un mundo lleno de arte, el arte habla de amor, habla de hermandad y es saludable para el alma.

Si todos al mismo tiempo echásemos una mirada atrás, veríamos un niño ilusionado con ganas de viajar, cada uno hacia un lugar distinto, pero todos hacia nosotros.

Contar historias no es lo mismo sin una música de fondo. Ponle música a tu vida. Mi historia canta y baila llamenco.

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Fotografía: Paco Manzano

Por Juan M. Fernández Montoya «Farruquito»