Las gitanas bajo el gobierno de Fernando VI

En este artículo queremos continuar dentro de la microhistoria realizando lo que se denomina un «estudio de caso» para poder establecer conclusiones sobre una realidad histórica más amplia. Así, analizaremos un episodio concreto vivido por la comunidad gitana durante el gobierno del rey Fernando VI en el siglo XVIII.

Málaga y su Alcazaba desde el castillo de Gibralfaro (grabado decimonónico).

Málaga y su Alcazaba desde el castillo de Gibralfaro (grabado decimonónico).

El reinado de Fernando VI (1746-1759) es conocido en la historia de España como una etapa «reformista» dentro de la corriente ilustrada característica del siglo XVIII. En el marco de La Ilustración la dinastía de los Borbones se propuso como objetivo reformar las estructuras del país, lo que implicaba una visión unitaria y centralista de España. Para ello Fernando VI tuvo como hombre fuerte en su gobierno al Marqués de la Ensenada, junto a otros posteriores.

En este sentido, la preocupación de los diferentes ministros ilustrados nombrados por el rey fue conseguir garantizar la paz y estabilidad en la política exterior, para poder llevar a cabo una observación de las estructuras que permitiera hacer reformas internas. Así, la historiografía ha denominado este período el «reformismo pacifista», sin embargo en lo tocante al pueblo gitano es un período histórico carente de pacifismo debido a la persecución de las autoridades. Durante el gobierno del Marqués de la Ensenada se encarceló a una cifra de gitanos que oscila entre 9.000 y 12.000 personas, según las fuentes que se consulten, dentro de un proceso que se conoce como la redada. Para poder apresar a las familias gitanas se realizó una operación conjunta y simultánea en todo el territorio del Reino de España con la participación del ejército el día 30 de julio de 1749.

Este tipo de medida entra dentro de la visión ilustrada del momento. El carácter universalista de La Ilustración hizo que la monarquía pretendiera imponer un nuevo modelo de vida a su pueblo, entendido como un todo unitario en el que no podía existir la diversidad. Una forma de gobernar propia de este período histórico en el que los gobernantes aplicaban el conocido lema todo para el pueblo pero sin el pueblo. A este pensamiento debemos unir un factor demográfico como fue tener el mayor crecimiento poblacional del siglo XVIII, un 15% anual, en el período que va de 1748 a 1769 y coincidente con el reinado de Fernando VI. A ello debemos añadir el proceso de repoblación que Ensenada proyectó con la idea de traer campesinos católicos holandeses, franceses, alemanes, e irlandeses en 1749, mismo año de la redada. Si tenemos en cuenta estos factores, parece oportuno afirmar que se dieron los condicionantes necesarios para poder tomar esta extrema medida contra los gitanos por parte de la Corona para lograr su objetivo.

Las medidas de Ensenada provocaron una terrible situación para los gitanos y las gitanas. Las familias fueron separadas enviando a hombres y mujeres a diferentes presidios con condenas distintas. En el caso que nos ocupa, el de las mujeres gitanas, éstas fueron destinadas a trabajar como hilanderas en las cárceles de manera forzosa para con ello sufragar los enormes gastos que supuso poner en marcha toda la maquinaria de las fuerzas del Estado para esta persecución y encarcelamiento, además del sostenimiento y manutención de ellas mismas y sus niños menores de siete años que fueron encarcelados con ellas.

Estas mujeres fueron sometidas a una dramática realidad como fue ver su familia separada y sus niños viviendo confinados en cárceles sin haber cometido delito alguno, tan solo el de ser gitanos. La magnitud del problema produjo numerosos recursos judiciales por parte de las familias gitanas que han quedado en el Archivo Histórico Nacional y han permitido conocer esta realidad.

El encarcelamiento de la mujer gitana se realizó en diferentes presidios y casas de misericordia a lo largo de la geografía española. De este modo, en las Actas Capitulares de los ayuntamientos aparecen datos sobre los lugares a los que se destinó a las mujeres, siendo Málaga una de las ciudades andaluzas que recogería mujeres y niños procedentes de Ronda, Granada, Antequera o Guadix entre otras poblaciones, hasta superar la cifra de 1000 personas. En Málaga se habilitaron como cárceles de mujeres la Alcazaba, algunas casas de la Calle Ancha de la Merced y la propia Cárcel Real. El desbordamiento de las escasas instalaciones hizo que muchas estuvieran a la intemperie en patios o a las afueras de la ciudad con vigilancia de soldados en la Calle del Arrebolado que fue cercada en sus entradas.

Por ello, finalmente serían trasladadas en septiembre de 1749 a Sevilla. Pero también se destinó un contingente fuera de Andalucía a la Casa de Misericordia de Zaragoza, donde serían enviadas también mujeres gitanas que estaban presas en la Aljafería de dicha ciudad. Para albergarlas se construyó una galería aparte del edificio donde se solía acoger a los pobres con la intención de que no se mezclaran las gitanas con éstos. Así, en el año 1752, con la obra del edificio húmeda y sin terminar por falta de recursos económicos que Ensenada no mandaba, fueron instaladas las primeras mujeres y niños procedentes de la Aljafería zaragozana. Eran 152 personas a las que se unirían poco más tarde 550 mujeres y un número de niños desconocido tras un largo viaje en barco desde Málaga hasta Tortosa.

La vida de estas mujeres en la cárcel fue muy dura a tenor de las cartas que la junta rectora de la misma, llamada la Sitiada, enviaba a Ensenada. En ellas se decía que las gitanas estaban desnudas y descalzas la mayoría de ellas, incluso se menciona que una misión de un jesuita de la época fracasó debido a ello. Por otra parte, las condiciones de hacinamiento y la falta de higiene provocaron además un contagio generalizado de sarna en el verano de 1754.

Ante el mal estado del lugar donde querían encerrarlas muchas mujeres se negaron a entrar en el edificio y otras decidieron arriesgarse a emprender fugas que tuvieron éxito, aunque algunas fueron con el objetivo de ver a sus maridos encerrados en la Aljafería para después volver. Según los escritos de la época las mujeres realizaban agujeros en los muros de adobe del edificio donde estaban recluidas para poder escapar.

A la vista de los datos y en conclusión, la monarquía ilustrada podemos considerarla un sistema de gobierno opresor para la minoría gitana. Y en concreto, es adecuado destacar la actitud de la mujer gitana ante esta situación de abuso puesto que supone un ejemplo en la historia de resistencia femenina ante el sometimiento a prisión sin juicio previo.


Bibliografía:
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Ventajas Dote, Fernando. La minoría gitana en la comarca de Guadix durante el siglo XVIII. Centro de Estudios Pedro Suárez. Boletín 13, 2000.