María Luisa Torcuato

María Luisa y su marido, Cristóbal Maldonado.

María Luisa y su marido, Cristóbal Maldonado.

Soy Maria Luisa Torcuato, tengo 86 años y nací en Motril. Mi padre Jacobo murió con 52 años y mi madre quedó viuda con siete hijos. Él trabajó en una fragua fabricando herramientas y provenía de la familia de los Maya en Granada. Apenas fui a la escuela; cuando salía al recreo las niñas payas me decían «tú no juegas, tú eres gitana y roja». Un día peleé con una niña y me castigaron, pero a la otra chiquilla no. Desde entonces no volví más. Con 9 años comencé a trabajar en la fonda de los Leones, allí limpiaba y servía tapas y cuando sobraba algo, lo llevaba a casa. En esos años en Motril no había agua en las casas y yo la trasladaba en cántaros desde la fuente por una gorda; todo se lo daba a mi madre. En el sótano del bar había sacos de garbanzos, habichuelas, harina, lentejas, garrafas de aceite, etc., y yo metía los puñados en cartuchos de papel de estraza para preparar un puchero. Nunca he robado dinero o ropa, pero comida sí… Cuando hice la comunión con mi hermana, íbamos de negro por la muerte de mi padre.

Paca La Picanta era la mujer del guarda de La Vega de Motril. Tenían una hija, María, que robaba comida de su casa para mí, traía café de cebada tostá. Paca era capataza, ella me puso a desfarfollar el maíz en una habitación de la calle de la Piqueta. A veces comía maíz crudo porque la noche anterior no había cenado. Ademas recogía algodón y me sangraban las manos porque no podía comprar unos guantes. Un día, el marido de Doña Paca, Don Miguel, iba en su caballo, vio mis manos y me compró unos.

A pleno sol aprendí a desgranar el maíz con una lima vieja, colocaba la panocha y lograba hacerlo; además recogía verduras como boniatos, remolachas o coles. Con 11 años fui a servir a un señor que no era señorito, se llamaba Sebastián y se dedicaba al contrabando; yo descargaba con él sacos de harina. Además fregaba platos en la pila de su patio, freía tuétano de vaca y un día, perdió su cartera con 17.000 pesetas y yo la encontré en un pesebre. Se la devolví, y de premio, les pedí harina para que mi madre preparara unas migas.

Estoy orgullosa de ser gitana, lo que hemos hecho ha sido trabajar. Mi hermano Carlos ha estado casi toda su vida exiliado en Rusia. Murió allí. En España se ignoró tanto su vida como su muerte desde las instituciones, pero muchas personas lo admiraron siempre. No me casé, me escapé con mi marido con 17 años, fuimos a la posada del pueblo en la calle de la Moruna, cuando regresamos, fuimos a vivir con mis suegros. Allí dormíamos en en colchones de farfolla amontonados en el suelo.

Cansados de trabajar para tantas personas, decidí abrir una carnicería. Alquilamos casetas de madera en la parte alta del pueblo, en el mercado de San Agustín y por dos pesetas, alquilamos un puesto junto a más gitanos. En esa época estábamos mejor. Con las ganancias que obtuvimos hemos ayudado a nuestros hijos. Yo iba con un carro por la calle, por los cortijos, por la playa para comprar pollos y gallinas; calculaba el peso de ternera, borregos, chotos, cabras cuando las pesas se rompían y también pelaba cien gallinas diariamente. He sufrido mucho, los gitanos me querían y no he tenido nada malo con nadie. Un día mi marido discutió con un payo al que llamaban el Gordo, él se quejó por el olor a tripas que salía de nuestro puesto; muy cerca pasó Pedro, un gitano que al verles discutir, sacó un palo. Yo detuve al gitano para que no pegara a nadie. Antes eran pocos los payos que trabajaban en el mercao. Hoy es al contrario…