Motril

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En un extremo de la llanura se halla Motril.
Pues un famoso lugar, dotado de tierra de extrema fertilidad,
en el que se disfruta sereno ambiente.
Iba al-Jatib (1515-1375).

Motril es una población andaluza situada junto a la costa mediterránea. De ella tenemos referencias musulmanas sobre la existencia de alquerías que se remontan al siglo X. Sus habitantes son más de 61.000, siendo la segunda localidad más poblada de la provincia tras su capital, Granada. Motril es popular por su fructífera vega, los beneficios de la pesca y el cultivo tradicional de la célebre caña de azúcar, actualmente desaparecida en éste y otros muchos países.

Debido a graves problemas económicos provocados por una eterna crisis, que en muchísimas ocasiones parece ser el fundamento de justificaciones institucionales, en la vega se han ido modificando las formas de cultivo tradicional por sistemas de invernadero para conseguir otros productos así como una mayor y veloz comercialización dentro y fuera de España. Algunos de los frutos que se recolectan cada año son lechugas, espinacas, guisantes, col picuda, col china, coliflor, patatas, alcachofas, chirimoyos o aguacates.

Situados en la zona norte, los barrios de La Huerta Carrasco y de San Antonio son lugares donde hace más de treinta años se trasladaron algunas familias humildes que vivían en chabolas. En la actualidad, existen profundos problemas sociales y el desempleo es una realidad más; una realidad que más bien parece vergonzante e ignorada para muchas personas, ya que en pleno siglo XXI la bofetada de marginación y pobreza sigue maltratando a cientos de familias en este municipio; así, encontramos basura abarrotada en plena calle, coches a gran velocidad, riesgo de múltiples infecciones, falta de luminosidad, abandono escolar, tráfico de drogas y un gran número de familias gitanas que llegaron aquí y a las que todo este escenario les afecta, ya que el racismo y la ausencia de una reacción política eficaz contra la desigualdad, es existente y persistente. Como sucede en otras zonas problemáticas, ciertos individuos decidieron buscar alternativas ilegales, veloces y eficaces de ganar dinero, lo que ha provocado algún ingreso en prisión.

Hace más de dos siglos, los gitanos tuvieron una gran limitación en su movilidad, así como prohibiciones a la hora de ejercer decenas de ocupaciones, no obstante, ellos ejercieron oficios considerados muy provechosos para los habitantes de diversas ciudades, así como adecuados para gitanos. Actualmente, muchos de los oficios son descritos con nostalgia por multitud de gitanos ancianos ya que, prácticamente, han desaparecido. En Motril conviven personas que han decidido seguir los pasos de sus padres, abuelos o bisabuelos, y son respetados por ello. A pesar de la espiral de decadencia laboral que sufren multitud de familias, Rafael Romero es un hombre que debe alimentar a los suyos, por ello continúa enseñando su oficio de canastero a sus hijos en un local situado en la Huerta Carrasco; según él «un día puedo faltar y sabrán hacer algo valioso y útil para los demás, pudiendo ganarse la vida de forma honrada». Junto a su mujer e hijos, Rafael recoge las cañas de secano en terrenos cercanos al mar, elaborando numerosos canastos así como utensilios que consideran oportunos; posteriormente, ella los vende a sus vecinos en la plaza de San Agustín; además, él continúa asistiendo a diferentes cursos de formación para no quedarse atrás.

Existen más personas que aún se dedican a trabajos como éste, sin embargo casi han desaparecido debido a que el actual sistema de vida voraz, consumista y competitivo en el que nos hemos sumergido, ha obligado a muchas personas a tomar diferentes alternativas. Cerca del local viven otros que han optado por ejercer actividades ilegales y de este modo, caer velozmente en el tópico de un delincuente gitano que se apartó al barrio marginal porque decidió vivir así. Cabe destacar que la mayoría de las personas que conviven en este barrio no son de etnia gitana y la mayor parte de los que aquí viven lo hacen pacífica y humildemente, a pesar de la gran tasa de paro.

En el mercado de abastos de San Agustín, inaugurado en 1955, trabajan los hermanos Escobedo Torcuato, tercera generación de gitanos que permanecen en este lugar; otros ya lo hicieron dedicándose a la venta de telas, complementos, calzado, cerrajeros, herreros, etc. Como carniceros, Daniel y José Luis trabajan en un puesto y recuerdan los años en que sus compañeros estaban cerca. Ellos perdieron sus empleos y se trasladaron a otros lugares, unos tuvieron suerte y otros no.

Antonio Santiago es afilador, diariamente coloca su mesa repleta de herramientas en la Plaza de San Agustín y concentrado, afila los cuchillos de sus vecinos. Tal y como hemos descrito, él estuvo cerca de otros gitanos que se dedicaban a esta tarea sin que ello fuera algo excepcional. Hoy muchos agradecen encontrarlo ya que su labor es útil y económica, motivos por los que no debería desaparecer. Destacaremos que en los últimos años ha habido un resurgimiento de esta actividad en otras provincias andaluzas.

Un oficio muy recordado históricamente es el de los herreros y herradores, y es que en el siglo XVI y XVII en España se desarrollaron trabajos como la herrería y sus derivados, formándose agrupaciones gitanas dedicadas a esta ardua labor desarrollada en la fragua. A pesar de las desigualdades, los herreros fueron uno de los grupos más respetados ya que elaboraban hábilmente decenas de herramientas con gran utilidad para usos domésticos, agrícolas y armamentísticos. Francisco Torcuato, conocido como Francis, es un motrileño que describe apasionadamente cómo sus antepasados también trabajaron en la fragua. Su familia siempre ha narrado que llegó  en Andalucía en el siglo XVI y acogidos por los nobles de la época, entraron al mando de la caravana capitaneada por el Conde Jacobo (apodo por el cual son conocidos aquí). Con la llegada de las Pragmáticas, se les despojó de sus «privilegios» y los propios nobles les arrebataron sus riquezas ya que éstos se negaron a perder sus identidad como pueblo con una idiosincrasia propia. Hace 50 años el hierro se denominaba dulce o forjado, éste llegaba en rollos y para enderezarlo debía cortarse con martillo y cincel. La familia de los Torcuato ha tratado de canalizar su maestría a través de los años, derivando la técnica hacia la construcción y convirtiéndose en ferrallistas, un oficio duro que necesita de una habilidad peculiar para conformar la estructura de los edificios. Él describe que los no gitanos no mostraron interés por esta profesión ya que durante décadas se consideró propia de personas sin cultura. Francis creó su propia empresa y trabajó 15 años en el ferrallado de hierro, posibilitando empleo a otras personas que organizaron otras empresas. El tiempo ha pasado y las fábricas han sustituido la mano de obra descrita.

Hoy en día aquí topamos con personas gitanas que un día confundieron integración con desintegración cultural. Ellos exponen que los gitanos que viven en la pobreza no los representan como gitanos; así manifiestan su gran rechazo hacia los gitanos de barrios marginales ya que éstos provocarán más prejuicio hacia los gitanos que viven en su normalidad, siendo en este caso dicha normalidad un concepto gris y vacío que supone el olvido y la aculturación. No obstante, en las calles de Motril siguen viviendo personas que tratan de conseguir que la igualdad no se traduzca en olvidar.


 

Texto y fotografías: Mariola Cobo Cuenca.