¡Que vendo en los mercaillos! ¡Que vendo pa los chiquillos!

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Todos los jueves, a las ocho de la mañana, Salvador Navarro, más conocido como Salvi, comienza a montar la estructura de hierro oxidado de su puesto. Después, extiende el toldo de plástico descolorido tras quince años vendiendo bajo un sol abrasador o bajo el frío invierno en el mercadillo de las Tres Mil Viviendas de Sevilla. Para vender sus productos, cada jueves paga 10 euros a los Marianos, una familia que después pagará a los limpiadores de la zona cuando las familias desmonten sus puestos; de ese modo ellos pueden disponer de un espacio para trabajar. Muy cerca de allí, se encuentra el colegio de sus cuatro hijos y su mujer Juana, acaba de llegar tras dejarlos y comenzar a vender juntos.

Hoy disponen de cajas repletas de tomates, grandes lechugas, pimientos brillantes, decenas de naranjas, vistosos plátanos y mucha más variedad de mercancía guardada en su furgoneta. Salvi suele adquirir las verduras en algún polígono cercano y los vende a precios económicos; no son de peor calidad que en otros comercios, sencillamente los vende a sus vecinos y sacan el dinero para que sus hijos coman hoy.

Como sucede con otras familias gitanas en el barrio, los rostros de Salvi y Juana muestran agotamiento; los problemas con los que se topan desde hace años son las dificultades en las que viven; su hogar, un piso en la planta alta de un edificio situado en la conocida zona de Las Vegas, la parte más degradada del barrio y que la policía recorre día y noche tratando de vigilar, detener, controlar e impedir la venta de drogas.

Las hijas de Juana y Salvi, Perla y Carmen, bajan cada tarde a jugar, despreocupadas y sus padres tratan de que la normalidad se establezca en su día a día. Pero no es así. La salud de todos no se mantiene estable, en su cotidianidad no se alimentan variadamente, la higiene del hogar es muy escasa, el descanso no es suficiente para nadie, los dientes de los niños ya parecen descuidados, Juana y su marido ya han perdido algunos con menos de cuarenta años (…) siendo éstas algunas señas que evidencian, tristemente, las grandes carencias de unas personas que han vivido en la pobreza o, más bien, en la supervivencia.

Cada jueves sobre las once de la mañana, las hileras de personas recorren el mercadillo en varias direcciones, sobre todo se aprecian mujeres, de diversas edades, algunas muy jóvenes empujando carritos de bebé. En el jolgorio de la bulla se escuchan voces, risas, cantinelas, canciones aflamencadas que describen amores y traiciones, así como reclamos corraleros que anuncian ofertas atractivas. A simple vista, pareciera que la realidad es mucho más fácil y llevadera, ya que la mayoría de los rostros se aprecian más sonrientes que apenados; sin embargo, si muchos expresaran las circunstancias en las que viven, conoceríamos historias de personas anónimas, diferentes a las que llegan al resto de la ciudad y que suelen estar relacionadas con gitanos delincuentes que han elegido vivir de ese modo. No olvidaremos que las carencias descritas no son propias de la gitaneidad, sino de las consecuencias de vivir en la pobreza.

A la una ya han vendido casi todo el género previsto y ahora ofrecerán a mitad de precio lo que ha sobrado; de repente, Juana grita: «¡Vamos, que tengo a euro las piñas! ¡Aprovéchate niña!», y sus vecinas se acercan veloces para aprovechar la extraordinaria ocasión.

Han pasado diez años tras aquella jornada y como cualquier otro jueves, encontramos a Salvi desmontando su puesto, cabizbajo. Hoy ha logrado obtener lo suficiente para que todos sigan adelante. Sin embargo, su mujer no se encuentra junto a él ya que partir de ahora, será su hija mayor, Perla, quien lo acompañe vendiendo en éste y otros mercados. Ella tiene 17 años y se encarga de cuidar a sus hermanos, su rostro muestra cansancio, pero sus ojos reflejan su evidente juventud. Tristemente, hace poco tiempo, su madre Juana enfermó repentinamente y
desapareció de su lado; ahora Perla acaba de abandonar sus estudios, a pesar de que siempre fue una niña abierta al mundo con una constante sonrisa.

 


Texto: Mariola Cobo Cuenca.
Fotografías: Ricardo Barquín Molero.