Reivindiquemos la igualdad sin despreciar a los demás

Vivimos en un tiempo en el que tenemos la impresión de que hemos logrado alcanzar las aspiraciones que tuvieron nuestros padres y abuelos. La modernidad simboliza el hecho de haber llegado a la cúspide del bien, a los derechos universales, a la democracia hecha realidad. Es bastante cierto que podemos acceder de forma más igualitaria a recibir una educación en muchas provincias españolas.

Cuando las personas han perseguido su igualdad, es evidente que lo hicieron desde lo más recóndito y sincero; por desgracia, en muchos lugares, el miedo y la desconfianza son la base para justificar la desigualdad, el rechazo y la expulsión, existiendo potentes barreras sociales.

La minoría étnica más numerosa y antigua de Europa, la gitana, ha ido dando pasos costosos pero firmes. En España se van alcanzado más derechos que en cualquier otro lugar, pero ello no significa que hayamos llegado a esa meta que en muchos casos no es real, debido a que las personas más pobres son mucho más vulnerables a la hora de reclamar derechos como la igualdad, la educación y la vivienda (aunque la ley promulgue su universalidad).

Las ideas preconcebidas a lo largo de la historia sobre la población gitana transforman la realidad —la de todos—, y en multitud de ocasiones se les responsabiliza de su desigualdad, llegando incluso a que muchos asimilen esas concepciones establecidas durante siglos.

Trabajar para eliminar desigualdades no se traduce en que existen culpables e inocentes, ya que ésto podría suponer la desaparición de la riqueza y de la pluralidad cultural. Los gitanos también luchan por la igualdad en la sociedad y es la meta que todas las personas han perseguido desde tiempos inmemoriales. No la convirtamos en un fin que resuena demasiado, y que más bien pareciera una frase hecha.

Es bastante necesario atender a una cuestión poderosa, aunque sutil y que parte de los instintos más primarios. Cuando las personas hemos luchado por la libertad a toda costa, sin atender a razones, en multitud de ocasiones se han justificado las guerras, la destrucción o la muerte. En este país es innegable que las nuevas generaciones de gitanos y gitanas lograron acceder a una educación formal y digna; este hecho fue un gran avance; sigamos lidiando, sigamos caminando, pero no perdamos el rumbo que pretendíamos seguir y por el que pelearon nuestros abuelos: el rumbo de la bondad, no el del odio.

Convivimos en un tiempo en el que algunos hemos elegido defender las mismas ideas; por tanto gitanos y no gitanos deberíamos reivindicar unidos un derecho que no debería «señalar» a nadie como culpable de su desigualdad y la de sus ancestros.

Perder la dirección es fácil, ya que podríamos caer en abanderar la libertad desde el rencor. Los jóvenes no hemos nacido bajo el yunque del odio, nuestro tiempo sigue teniendo obstáculos que sortear y podríamos tropezar con los mismos o inventar otros nuevos, ya que proclamar la equidad es un ideal al que sólo nos hemos acercado, llegando a ocasionar inquietudes por temor a enfrentarnos a lo desconocido. En lugar de unirnos, para no dialogar llegamos a inventar excusas y acusaciones que culpan a los que decidieron luchar por lo mismo. De ese modo, convertimos la realidad en una espiral.

Nos acercaremos a ese rotundo propósito si no lo justificamos en base a nuestra sangre, a nuestra procedencia o a los fantasmas que el pasado nos impuso. No perdamos el rumbo, persigamos unidos el fin por el que comenzamos a andar: la igualdad entre gitanos y payos.

Editorial del Nº4. Primavera de 2016.
Por Mariola Cobo Cuenca.