Algeciras

 

«Situada en medio de las ciudades del litoral, se yergue con su muralla sobre el mar. Su puerto es el mejor de los puertos… Y su tierra es tierra de agricultura y de ganadería. Cuando el hombre sale de su puerta, encuentra aguas corrientes y huertas feraces. Su río se conoce como Río de la Miel (Wachi l-Asal), así llamado por la dulzura de sus aguas, y sobre él se ve una loma llana en la que hay una cornisa almenada de extrema hermosura que da al río y a la mar, y que se conoce como ‘La Coronada’ (al-Hayibiyya)»
Ibn Said al-Maghribi.

Algeciras está situada en la provincia andaluza de Cádiz y forma parte de una bahía que se abre a las aguas del Estrecho de Gibraltar, enclave privilegiado en el que se entremezclan las aguas del mar Mediterráneo y del océano Atlántico; debido a este accidente natural, en los fondos marinos las corrientes son de gran intensidad, y diversas especies de flora y fauna marinas se asientan y atraviesan este canal natural. La costa de Algeciras se encuentra frente al continente africano y forma parte del Parque Natural de los Alcornocales; los ríos de la Miel, Pícaro y Palmones atraviesan la ciudad hasta el mar.
Su puerto comercial lo convierte en uno de los más activos e importantes de Europa debido al considerable número de rutas para buques de mercancías e inmensos portacontenedores que se trasladan desde rincones de Europa, África, Asia y América; este aspecto es de vital importancia para la economía de la zona, por lo que en la bahía se dibuja un imponente contorno de infraestructuras marítimas que cubren el alto nivel de tránsito diario.
Debido a la cercanía de la costa africana, el trasiego de rostros provenientes de países como Marruecos, Mauritania o Nigeria es habitual; y es que los marroquíes también conforman una ciudad «viva» en sus calles, mercados, bares y colegios, pudiendo apreciarse también a habitantes ingleses, latinoamericanos, chinos, etc., que componen una ciudad multicultural.
Al sur del municipio encontramos el barrio de El Saladillo, un lugar que antiguamente constituía un amplio espacio en el que se situaban casitas bajas. Desde la década de los setenta, este lugar fue creciendo y su expansión urbanística ha sido algo más que caótica, acogiendo a los grupos más vulnerables socialmente y con una economía más precaria; entre ellos se asentaron familias gitanas. Como ha sucedido en otros lugares, sus calles se encuentran más alejadas de espacios céntricos y frecuentados a través de franjas viales de separación, en este caso a través de la antigua carretera de Cádiz y el río de la Miel.

Los gitanos también definen a una ciudad de tonos grises y azulados, con olor a hierbabuena y a especias morunas. En la puerta de su hogar encontramos a los Soto Santiago, una familia que va aumentando con el paso de los años y para la que la vida no es fácil. Su economía cubre las necesidades básicas de un techo, los empleos brillan por su ausencia y su alimentación es elaborada con destreza aunque las provisiones sean escasas. Cuando los ocho hermanos eran niños, reían y correteaban por el parque Miguel Hernández; en una ocasión, unas niñas gritaron a lo lejos: ¡Corred, corred! ¡que vienen los gitanos! Ellos no entendieron aquellas palabras y, sencillamente, como cada tarde, continuaron jugando a la comba, al elástico, a lanzar piedras a una lata o a dar patadas al balón.
Hoy en día, los miembros de esta familia reconocen que no comparten la cultura de sus vecinos marroquíes, y es que siendo muy jóvenes trataron de sobrevivir rivalizando con los que más cerca tuvieron: la población pobre e inmigrante. Verdaderamente la pobreza ha sido un obstáculo que sortear para muchos, pero salir de ella ha sido, en ocasiones, un motivo por el que competir.
Según algunos ancianos, el trato hacia la mujer, la falta de higiene y la carencia de honestidad son particularidades propias de la cultura islámica; sin embargo, resaltaremos que en esta ciudad la gastronomía, los vestidos, la decoración, la música o las fiestas se encuentran más entremezclados entre la cultura gitana y la musulmana de lo que pudiera parecer. Como en un amplio abanico de culturas en el mundo, el poder y la contribución de las mujeres conforman una realidad paralela y un potente motor para las familias. Vecinas gitanas y musulmanas conviven en armonía en la lucha diaria, acompañando a sus hijos, abasteciendo el hogar, alternando empleos o conviviendo en paz junto a sus vecinas, las gitanas.
En la década de los cincuenta se levantó otro barrio, La Piñera, zona que acogió a personas procedentes de diferentes lugares y que carecían de un hogar, aquí también fueron llegando familias gitanas. En estas calles, con el paso del tiempo, tanto los jóvenes gitanos como los no gitanos han crecido tratando de vivir con normalidad, a pesar de los escasos recursos que en ocasiones han provocado la búsqueda de alternativas ilegales y veloces. Asociaciones de vecinos e instituciones sociales van reformando calles y edificios con el paso de los años.
San José Artesano (que cobró forma en la década de los setenta), es una barriada de plazoletas y edificios oscuros donde la ropa tendida se mece con el viento costero. Es aquí donde vive Emilia Santiago junto a su hija Lola. Ellas llevan una vida humilde en un hogar humilde, sin que el respeto a su familia falte nunca; defienden la cultura de su etnia, la gitana, sin que ello implique el rechazo a nadie; lo que desean es que su identidad no desaparezca en una sociedad que, según Emilia, camina veloz y sin rumbo.
El Cerro de la Bajadilla es un lugar reconocido por el popular guitarrista Paco de Lucía. Él pasó los días de su infancia en los rincones de sus calles, un hecho por el que topamos con una de las peñas flamencas con más solera y antigüedad del país, la Sociedad del Cante Grande; sin embargo, la realidad en la que viven sus vecinos se caracteriza por aspectos mucho más delicados que el flamenco, como los vaivenes que provocan la inmigración, la pobreza y la marginación. La ausencia de empleos dignos forma parte de la cotidianidad del vecindario, las personas mayores caminan esquivando aceras partidas o charcos de agua oscura provenientes de los bajantes.

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No obstante el barrio se define ante todo por su lucha, por su gente, por mujeres sobre mecedoras en los zaguanes de sus casas realizando con esmero labores de palangre, el hilo de pesca con el que elaboran las redes para los pescadores que partirán al alba. Son estas mujeres las que definen su barrio y las que lo mantienen vivo, desde dentro. Si olvidamos esto, los barrios sólo serán cemento.
La familia Soto Santiago, de la barriada de El Saladillo, ha tenido una vida en la que los vaivenes han sido la realidad, sin embargo, lo que ha sido constante y abundante es el amor entre ellos, a pesar de la pobreza que cada día ha poblado su mesa. Todo faltó, menos el amor. Ellos han tratado de vivir con dignidad gracias a la madre de la familia, Luisa Santiago, fallecida hace más de una década y que inculcó a sus hijos el cariño que los hace permanecer unidos. El cuidado de los hijos, sobrinos y nietos, el reparto de tareas en el hogar, reuniones de familiares y vecinos alrededor de una candela o buscarse la vida forman parte de la cotidianidad, y es que únicamente dos de los hijos tienen cierta estabilidad laboral. Hace algunos años, Santiago consiguió un empleo como barrendero en La Línea, su hermana Remedios trabaja desde hace años en el comedor de un colegio en el Polígono Sur de Sevilla. El resto de miembros «se ganan la vida» inestable y precariamente aparcando coches, realizando trabajos de albañilería, sirviendo mesas en bares o en la venta ambulante.
A pesar de las crudas circunstancias a las que ellos se han enfrentado, la sonrisa permanece en sus rostros.


Texto: Mariola Cobo Cuenca.

Fotografías: Luis Miguel Zapata.