José Campos Santiago

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Mi nombre es José Campos Santiago y nací en 1946 en Mendoza, Argentina. Tuve estudios primarios y secundarios, y tengo una maravillosa mujer llamada Ana María Núñez que me dió cuatro hijos varones.
En el año 1890, mis antecesores y cientos de gitanos españoles vivieron en muy malas condiciones económicas debido también a la discriminación racial y el desprecio. Ser gitano en esos años era un delito y yo tuve la suerte de ser la primera generación de descendientes de emigrantes. Podría contar miles de relatos, aunque lo más notable es que somos ya cinco generaciones de argentinos con afecto a la patria y a nuestra condición de gitanos, orgullosos de ello y personas de corazón.

Mi padre era de Pizarra, en Málaga y nació en 1885. Él llegó a Argentina junto a mi abuela, proveniente del Palo, en Málaga. Antes de llegar a Buenos Aires pasaron por Montevideo, Uruguay y Brasil.

Los primeros en llegar a estas tierras provenientes y oriundos de Málaga fueron mi abuelo Antón, junto a mi abuela Josefa y sus hermanos Manuel, Juan y Socorro, junto a sus hijos. El tío Cuco vino con su mujer e hijas Micaela, Carmen y Francisca, y mi madre María Josefa junto a su madre Josefa. El origen de mi familia materna era de Turre, en Almería.

José Fernández Santiago, de los Garrines, fue el abuelo de mi madre y llegó desde Granada. Todos eran de la calle Los Negros. El primer nacimiento aquí fue su hija Josefa, en 1898. Todos comenzaron viviendo en conventillos, lo que en España serían los corralones. Conforme transcurría el tiempo, alquilaron casas, y nunca recibieron un trato discriminatorio; si Argentina es el tercer mundo para muchos, para el gitano es el paraíso, podemos ser sin aparentar lo contrario.

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La primera boda fue la de mis padres, Pepe y Dolores, en 1907; tuvieron cuatro hijos, tres varones y una niña. La vida transcurrió sin problemas con los payos, eran aceptados y respetados por sus costumbres. Se dedicaron a la venta ambulante y con el tiempo comenzaron con el oficio de reparar y aislar los techos de las casas. Este trabajo no les fue mal y a veces fue más problemática la convivencia con el gitano que con el payo.

Cuando yo tenía cuatro años mi padre murió, dejando a mi madre conmigo. Tras unos años, se arrimó a ella un gitano capaz de dar ejemplo en humanismo, psicología, gitanismo, respeto, honor y dignidad, convirtiéndose en mi ejemplo a seguir. Mi madre y él tuvieron un hijo al que llevé once años. Nunca noté diferencia en el cariño, jamás lo oí preguntar si hubo alguien antes que él; fue un caballero como los que ya no se encuentran. De mi familia no queda nadie, mi joven hermanico se fue con 55 años, un niño bueno al que su médico no le advirtió de su mal: Dios los colme de gloria.

Demográficamente aquí somos 500 o 600 familias gitanas. Guardamos las costumbres que nos enseñaron en las pedías, en las bodas, en la educación, en el respeto, el honor, la dignidad y el amor hacia la mujer y los hijos, además conservamos buena parte de lo que queda del caló.

Quiero destacar que no tenemos sacaora porque nos parece un sacrilegio afirmar que la honra es para el marido, ya que después llega la juntaora y la honra queda en el dedo de ella; tras eso, cuando se encuentra con su marido, ella no llega pura, eso corresponde al marido, que en la fiesta se parte la camisa.

Hoy trabajamos en ám­­bitos diferentes, en la venta, siendo abogados, profesores de psicología, biología, laboratoristas, etc. Destacaré que hay pequeños grupos de gitanos que se apayan y a veces se quitan a los niños del colegio. Espero dar una pequeña orientación de nuestro origen y de cómo vivimos; seguimos siendo flamencos con buen cante y buen toque, pero con un mal baile… Lo importante es que conservemos nuestros valores como la familia más rancia de España.

Un saludo desde Argentina a todos los calós que leáis esto. Gitano, para lo que se necesite, Sastipen.

Desde otros lugares del Nº5. Otoño de 2016.
Por José Campos Santiago.