La condesa gitana doña Luisa en el Santo Reino de Jaén

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[En este nuevo artículo de microhistoria queremos detenernos en un momento concreto de la historia relacionado con nuestra tierra, como fue la llegada de los gitanos a Andalucía, concretamente a Jaén, en la segunda mitad del siglo XV]

Los gitanos llegaron a la Península Ibérica en la primera mitad del siglo xv procedentes de Francia en su peregrinaje por los reinos cristianos europeos autorizado por el Papado. Antes de llegar a Andalucía recorrerían el Reino de Aragón y más tarde el de Castilla, y su entrada se produciría por el Santo Reino de Jaén gracias al condestable Miguel Lucas de Iranzo. Este personaje perteneciente a la alta nobleza castellana de tiempos del rey Enrique iv poseía tierras en la frontera con el Reino Nazarí de Granada y gracias a él nos ha llegado una crónica denominada Los hechos del Condestable D. Miguel Lucas de Iranzo.

En esta crónica medieval aparece el primer dato histórico que avala la entrada de los gitanos en el año 1462. Así se narra en dicha crónica: «A veinte y dos días del mes de noviembre de 1462 llegan a la dicha ciudad de Jaén, dos condes de la pequeña Egipto, que se llamaban el uno Don Tomás y el otro Don Martín, con hasta cien personas de hombres, mujeres y niños, sus naturales y vasallos… el señor Condestable los recibió muy honorablemente y los mandó aposentar y hacer grandes honras». En la misma también se menciona la llegada de gitanos en 1470 a la ciudad de Andújar de la siguiente manera: «Desde a quince días que vine a la dicha ciudad de Andújar, aportó por ella un caballero, que se llamaba el Conde Jacobo de la Pequeña Egipto, con su mujer la condesa que se llamaba Doña Luisa, y con hasta cincuenta personas, hombres, mujeres y niños… el dicho señor Condestable los mandó recibir y aposentar en la dicha ciudad. Y le hizo mucha honra, haciendo comer al dicho conde y a la condesa, su mujer, todos los días que en la dicha ciudad estuvieron, con él y con la señora condesa su mujer…». Por último, también se nombra otra llegada de la siguiente forma: «Y desde a quince días o poco más llegó a la ciudad de Andújar otro caballero que se llamaba el duque Paulo de la Pequeña Egipto, con cierta compañía de hombres y mujeres. El cual así mismo traía cartas del rey nuestro señor y letras del rey de Francia y otros duques y grandes señores…el dicho señor Condestable hizo mucha honra, según a la dignidad de su título ducal requería».

Sin duda es una prueba irrefutable de la entrada de las tribus de egiptianos en Andalucía, término que ya aclaramos en artículos anteriores de la revista. Sin embargo, lo más interesante de esta narración quizá no sean sólo sus datos. Las crónicas medievales solían ser escritos de carácter histórico, pero que eran encargados por el rey, duque o noble que era protagonista de la misma. Por lo tanto, la búsqueda de la llamada objetividad histórica no era lo que se perseguía y, en consecuencia, incluía adjetivaciones positivas hacia el que la encargaba. En cierto modo, tenían un sentido propagandístico y la crónica del Condestable D. Miguel Lucas es buena prueba de ello, puesto que es una loa permanente a sus buenas acciones, en este caso hacia los gitanos.

No es de extrañar, por tanto, que ese mencionado buen trato hacia los egiptianos respondiese también a determinados intereses del Condestable. En este sentido, debemos detenernos en el contexto histórico, puesto que a finales del siglo xv el interés de Castilla por conquistar Granada y finalizar así la lucha contra los musulmanes en la Península estaba latente. En relación con ello está el hecho de que el Reino de Jaén hacía frontera con el reino de los nazaríes y, en consecuencia, el interés del Condestable por mantener sus tierras mejor pobladas pudo estar detrás de ese buen trato recibido por parte de los gitanos. La repoblación fue un sistema asociado a toda la conquista cristiana de la Península como un método de defensa del territorio y quizá fue la razón por la que este noble tuvo interés en asentar a los gitanos, en tanto que era una población nueva de cristianos que llamaba a sus puertas.

Por otro lado, los títulos de nobleza (condes y duques) que se atribuyen en la crónica a los líderes de las familias gitanas responden a las categorías conceptuales que se usaban en la época medieval para determinar a aquél que tenía a un grupo de personas que dependía de sus decisiones (vasallos). Sin embargo, las categorías que se usaban en Castilla no son las que las propias familias gitanas tenían, ya que los líderes de sus grupos respondían a lazos de parentesco asociados al respeto a la edad. Por tanto, estos términos que el cronista adjudica a los líderes tribales que aparecen en el texto realmente nunca tuvieron un rango social que la sociedad dominante castellana tuviese asumida, puesto que la categoría de noble no implicaba lazo de parentesco alguno con los vasallos.

Sin embargo, en toda esta crónica cabe resaltar la figura de la condesa gitana Doña Luisa, que aparece como esposa del conde Don Jacobo. Resulta llamativo el trato como iguales que según la crónica recibieron ambos en la corte del Condestable durante cinco o seis días que estuvieron en ella. Sin duda, el hecho de dirigir a un grupo familiar numeroso de hasta cincuenta personas les otorgó una posición de privilegio ante Don Miguel Lucas de Iranzo, que no dudó en tratarlos como nobles señores.

El hecho de que aparezca detallado el nombre de una figura femenina como Doña Luisa en todo este proceso histórico nos debe hacer caer en la cuenta del peso que tuvo la mujer gitana en los procesos migratorios que se produjeron en este período de la historia, al tener que establecer relaciones de tipo diplomático en los condados, ducados o reinos por los que pasaban o en los que se asentaban.

En conclusión, el buen trato y la capacidad de entablar un diálogo cortés por parte de esta mujer gitana en las conversaciones de los banquetes a los que fue invitada debieron ser las características a destacar de su figura. Sin duda su papel protagonista en la defensa y protección del grupo humano que dirigía, así como su capacidad de negociación, debieron ser importantes, puesto que consiguieron del Contestable cartas que le garantizaban a su gente un buen acogimiento en todas las ciudades del Santo Reino de Jaén que dependían de este noble, según aparece en la misma crónica.

Bibliografía
Archivo Histórico Provincial de Jaén.
Juan Lovera, Carmen, «Los gitanos y el Santo Reino. Establecimiento de familias gitanas en 1627 en Alcalá la Real», Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, Jaén, 1968.
Martínez Martínez, Manuel, «Los gitanos en el sureste peninsular de los siglos xv y xvi», Boletín del Instituto de Estudios Almerienses, Almería, 1995.
García Pardo, Manuel, Los marginados en el mundo medieval y moderno, Universidad de Almería, 2000 (www.unirioja.es).

Los gitanos y su historia del Nº5. Otoño de 2016.
Por Fernando Jiménez Carpio.