Pintar nuestra identidad con la tinta del respeto

«Nada más intenso que el terror de perder la identidad» Alejandra Pizarnik

Cuando escuchamos las impresiones de cientos de personas acerca de la población gitana, un amplio número de opiniones aluden a que ellos son los que no quieren integrarse, eligieron vivir de ese modo y son diferentes al resto; dichas diferencias no se relacionan con cualidades como la bondad o la honestidad. Para indagar acerca del origen de tales prejuicios, deberíamos remontarnos tiempo atrás, no obstante, no queremos describir de nuevo atrocidades cometidas durante siglos relacionadas con la brujería, las persecuciones o la segregación racial, ¿por qué motivo aún persisten ciertos estereotipos?, ¿por qué se siguen justificando diferencias entre unos y otros?

Tratemos de centrarnos en una cuestión que sigue generando conflicto: todos somos iguales, sin que la pertenencia a la etnia gitana sea motivo para el enfrentamiento, pero concretamente ¿qué supone la igualdad?, ¿ser gitano engloba a todos los gitanos?, ¿por qué motivo surgen debates acerca de buenos y malos? y, finalmente, ¿todos los gitanos viven en las mismas condiciones?

En el pasado siglo, la población gitana mayoritaria no se caracterizaba precisamente por vivir en la abundancia; los prejuicios y la estigmatización de los gitanos estaban más que asentados, pero estas personas trataban de vivir entre los suyos presumiendo de lo suyo, que no era nada más y nada menos que el hecho de aferrarse a su identidad. A pesar de la duras circunstancias que aquellas familias padecieron, un amplio número siguen describiendo con cierto halo de nostalgia ese pasado.

Según la teoría legislativa, la igualdad entre personas supone la «no discriminación en función de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social». En la actualidad, los gitanos que poseen un empleo y no sufren las consecuencias de la pobreza o de la marginación se encuentran integrados en España conviviendo junto a sus vecinos. Esta realidad no debería implicar que las raíces culturales deban desaparecer por haber alcanzado dicha integración conviviendo como otro ciudadano más; la igualdad no debería traducirse en la pérdida de una identidad, de ninguna identidad, porque las diferencias nos enriquecen y colorean las sociedades.

Sin embargo, las personas más vulnerables socialmente suelen ser las más pobres debido a la ausencia de un empleo estable, de una economía familiar sostenible y de una vida más saludable. Esta vulnerabilidad social engloba tanto a payos como a gitanos, sin embargo serán los últimos los que acarrearán con la mayor crítica de los que únicamente muestran atención cuando escuchan el término gitano en letrillas flamencas o en noticias sobre altercados vengativos y sangrientos. Progresar en los ámbitos sociales, culturales y educativos no conlleva para muchos hombres y mujeres renunciar a su identidad, tampoco a la identidad de la etnia gitana, a pesar de haber sido aplastada e ignorada en muchos países. No permitamos que suceda, ya que forma parte de la realidad en la que todos vivimos, la de todos, por mucho que «muchos» traten de ignorarlo. Perder la identidad no supone la pérdida de la esencia cultural en la que hemos crecido, una madre cultural que alimentó nuestra vida, a pesar de los cambios, a pesar del futuro, un futuro feroz vinculado más con la incertidumbre que con la esperanza.

Editorial del Nº5. Otoño de 2016.
Por Mariola Cobo Cuenca.