Aliados del sol y de la paz

luiscortes

De nuestras inquietudes emanaba siempre la búsqueda del sosiego y la quietud de un lugar donde convivir en paz. Mientras nuestro dulce país se veía ahogado por los que nunca buscaron en el derecho a la libertad, una poesía con que adornar su existencia, la estabilidad que da la humanidad y el señorío de respetar.
Cuando llegamos a Andalucía por primera vez, lo hicimos con el alma cargada de ilusiones, de esperanza y sueños por cumplir. Nadie sabía que el abanderado de la unidad española como país en su integridad, fue forjado en yunques por martinetes y soleás. Los Gitanos, participaron en la Reconquista, engañados con promesas de voluntad. Quisieron aportar convivencia, entorno e igualdad, y lo único que encontraron fue incomprensión, galeras y el látigo de casi 300 pragmáticas y leyes anti-gitanas.
La sapiencia de los Gitanos, creó maestranza y arte por doquier, flamenco y pasión por «agitanar» con templanza, a quienes de verdad querían conocer nuestros corazones.
Las espadas del arte en alto y la doma de caballos que protegían con escudos de amor nuestras ansias por refundar este país. La mayoría de las armas empleadas en el frente fueron hechas con la esperanza de vivir tranquilos en una sociedad, que no entendía, que ser de otra cultura no fuera el mejor estandarte para representar a la nobleza, el clero y la burguesía. Nos encontramos un país, que no dejaba vivir a la clase trabajadora. Los agricultores pagaban los impuestos, con su pan, para regocijo y obesidad de los que lucían venas azules, odiaban el sol y la paz. ¡Tan solo le dejaban un poquito para comer!
Los que rechazaban sus propias sombras y hacían de Dios un valor hipotecario y catastral para adueñarse de todo lo que conquistaban en su nombre, creaban leyes para privar de libertad a los pedían justicia para ser libres. Leyes como
«Vagos y maleantes y personas sin entretenimiento alguno» fueron una constante que acrecentaba sus actitudes egocéntricas de poder, renovándose cada quince días al cual peor.
En los pueblos y rincones de la reciente conquistada Al-Ándalus, los Gitanos eran las víctimas propiciatorias de un estado sin sal. Trataron de endulzar con su protesta, un ambiente hostil que no entendía de derechos humanos.
Los Gitanos, se convirtieron en la competencia desleal de un estado que odiaba que los Calós supieran más de caballos, herrajes, fraguas y esquilar. Por entonces existía un ministerio que se encargaba de administrar el motor de la economía del país. Era el que controlaba la gestión y venta de bestias para agricultura y demás ordenanzas sociales. Encontraron en nosotros, el saber, la doma y el cuidado de equinos. Eran veterinarios y los que procuraban un mercado económico sumergido para favorecer un «dinerito» a las familias pudientes de aquella época.
Andalucía notó ese choque cultural y el compromiso de aquellos que podían ser marcados con los hierros al rojo vivo en los costados como si de reses se tratara. Los que se refugiaron cantando tonás en los barracones del puerto de Santa María. Los que sufrían el azogue en las minas de Almadén, cuyos grilletes eran el compás de lágrimas que ya no emanaban de ojos sin vida.
Los presidios de Orán y Melilla fueron creados para llevar a los Gitanos, que eran el estorbo de los que querían justificar a su Dios de conveniencias con misas de absolutismo opresor.
Un país de jotas, se convirtió en país flamenco, y todo surgió en nuestra comunidad andaluza, por los que menos voz tenían, y que ahora representan la libertad con los que cantan por amor a un pueblo.
La verdadera convivencia comenzó con la amistad de la palabra dada como algo sagrado en las ferias de ganado y después celebrando los tratos al compás de una guitarra.
500 años después, el lamento de un pueblo se convirtió en Patrimonio de la Humanidad.

Literatura del Nº6. Invierno de 2017.
Por Luis Cortés (Almería), Escritor en defensa de los derechos humanos e historia cultural gitana.