Desde Mallorca

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Me llamo Vicenta Santiago Díaz y llegué a este mundo un 29 de abril de 1975. Soy hija de Andrés «el Cabezas» y Dolores «la Querubina», siendo la cuarta de cinco hermanos. Yo tenía sólo dos años cuando, junto a mi familia, emigramos de Murcia a Mallorca en busca de un futuro mejor.
En aquellos tiempos, no existía tanta diversidad en la isla como ahora. Estaban los mallorquines y los que ellos llamaban forasteros, refiriéndose a los peninsulares; hoy en día hay gente de todas partes. Ser forastero creaba desconfianza entre muchos mallorquines, si además eras gitano era aún peor. Alquilar una vivienda o encontrar un trabajo resultaba bastante difícil, pero mi familia no encajaba con los estereotipos, no les parecíamos gitanos (…)
Mi madre era una gitana morena clara de ojos verdes aceituna y mi padre un gitano muy elegante, sobre todo cuando hablaba, tenía un vocabulario muy rico y extenso debido a que le gustaba mucho leer. Los cinco hermanos éramos rubillos y de piel clara, así que pasábamos desapercibidos (sin pretenderlo) entre los no gitanos. El no encajar en sus estereotipos nos ayudó a aposentarnos en esa nueva tierra, pero hacía más dura la lucha contra el racista que, de repente, te despreciaba cuando se enteraba de tu condición de gitano, condición que no negábamos. El racista que va disfrazado de tolerancia es el peor racista, hay muchísimos y son fáciles de reconocer en cuanto los escuchas hablar, son esos que dicen «yo no soy racista pero…»
Mis padres me educaron como al resto de mis hermanos, inculcándome valores como el Respeto, el Amor y la Unión hacia todos los miembros de la familia, pero en especial hacia nuestros mayores y hacia los que ya no están. Nuestros muertos ocupan un lugar muy especial en nuestro corazón, son sagrados… Cuando pregunté a mis padres quiénes éramos y de dónde venía nuestro pueblo, me contestaron que había gitanos por todo el mundo, que en un principio éramos nómadas así que éramos de todas partes…, «como el ave no es del nido en el que nace, sino del cielo en el que vuela», qué más da de dónde venimos, lo importante es dónde estamos, me hicieron ver que pertenezco a un pueblo envuelto en misticismo sin patria y sin más bandera que la libertad, así comprendí que el ser gitano es una manera de entender y de vivir la vida, un sentir profundo del alma…
Quise estudiar, mi sueño era estudiar arquitectura, pero cuando terminé los estudios obligatorios, mis padres decidieron que ya sabía bastante, que ya era una mocita y no era bueno que me vieran con payos porque podría ponerse en duda mi honra, honra que no era sólo mía sino también de mi familia, la honra era muy importante y poder demostrarlo lo era mucho más. Se me pedía que me mantuviera recogida y paciente en casa atendiendo a mi padre y hermanos, mientras esperaba la llegada de un buen gitano que me propusiera matrimonio; entonces fue cuando se me impusieron las llamadas «tradiciones gitanas», tradiciones con las que muchos gitanos se miden, sin embargo a mis hermanos no se les imponía ninguna por ser hombres, todas caen sobre la mujer, los hombres sólo tienen que velar porque se cumplan.
No acepté esas costumbres o tradiciones que sentía coartaban mi libertad y no me hacían ni más ni menos gitana, sólo me hacían «menos yo», porque yo soy «orgullosamente gitana» y mi única bandera es la Libertad, y la libertad consiste en atreverse a ser distinta cuando lo distinto no está bien visto, es poder elegir tu camino, tomar tus propias decisiones y hacerte responsable de tus aciertos y de tus errores, en definitiva, consiste en la valentía de atreverte a ser quien eres, le pese a quien le pese y a pesar de todo. Salud y Libertad para todos y para todas

Desde otros lugares del Nº6. Invierno de 2017.
Por Vicenta Santiago Díaz.