Entre la Otredad y la Des-igualdad

otredaddesigualdad“Ania portret 2”, Małgorzata Mirga-Tas, 2014

El término «convivencia»» conlleva (de forma evidente, pero a la vez sutil e implícita) dos conceptos subyacentes: la diferencia y la igualdad. Por un lado, con-vivir significa la existencia de entes o sujetos distintos, separados e identificables (sean individuos o grupos de personas) que están compartiendo el mismo espacio en el mismo tiempo y así, co-existen. Este acto de convivencia puede ser positivo o negativo, sin embargo, se suele asociar la palabra «convivir» con co-estar armonioso, tolerante y pacífico. Por otro lado, el acto de convivir también asume la igualdad como el derecho igualitario entre estos sujetos distintos y separables a compartir espacio. Se basa en el reconocimiento del mismo valor y el respeto mutuo hacia el otro con el cual estamos conviviendo. Entendido así, ¿de qué forma el concepto de «convivencia» es aplicado y entendido en relación al pueblo gitano?

«Convivencia como otredad»

Según Real Academia Española, «convivir» significa la acción de vivir en compañía de otro u otros; el prefijo «con» propone la idea de pluralidad. Por tanto, el concepto de «convivencia» en su seno supone una diferencia, la existencia de otredad, de mundos paralelos, vecinos, pero distintos; y de la necesidad de crear puentes entre estos mundos para poder «convivir».
En plano singular, la convivencia significa la coexistencia de individuos, asumiendo que dos personas son sujetos separados y propios. Sin embargo, el término «convivencia» se utiliza con más frecuencia en relación a la interacción social, colectiva. En este caso, la «convivencia social» significa la coexistencia (física, en el mismo espacio y tiempo) de distintos grupos humanos; un co-estar y co-existir armonioso y pacífico. De hecho, el término «La Convivencia»1 (utilizado con el artículo definido) es un concepto académico que se refiere al periodo de coexistencia armoniosa, respetuosa y pacífica entre los Musulmanes, Cristianos y Judíos en el territorio del al-Andalus, durante el periodo entre la conquista musulmana de la Península Ibérica (siglo VIII) y la Toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492 (y el comienzo de sus Pragmáticas: la expulsión de Judíos en 1492; y las siguientes pragmáticas dirigidas hacia la comunidad musulmana y gitana).
Bajo esta interpretación, «La Convivencia» era una etapa en la historia caracterizada por la tolerancia hacia la diversidad (religiosa y étnica), el respeto mutuo entre las culturas y el con-vivir pacífico; a diferencia de la siguiente etapa histórica marcado por la persecución, asimilación y conversión forzada, expulsiones y la omnipresente Inquisición2.
«La Convivencia», pues, significaba el co-estar armonioso a pesar de la diferencia entre los distintos pueblos que compartían espacio y tiempo.
En relación al pueblo gitano, la palabra «convivencia» implícitamente supone la diferencia entre el mundo gitano y no gitano: la diferencia de estilos de vida, de cultura y de valores. En este sentido, se asume la existencia de dos grupos humanos distintos, separables e identificables (los gitanos y los no gitanos) que son mutuamente opuestos y, a la vez, internamente íntegros, homogéneos. Así, se crea (y re-crea) una frontera étnica y/o cultural que separa «lo gitano» de «lo payo», deificando la diferencia entre ambos y asumiendo una perspectiva esencialista y generalizadora de los colectivos humanos.
Es justamente este proceso de construcción del «Otro» y esta noción de otredad el que se encuentra en el centro de la ideología antigitanista. De hecho, el documento de referencia sobre el antigitanismo publicado recientemente por la llamada Alianza en Contra del Antigitanismo (Alliance Against antigypsyism)3 explica que «la base del antigitanismo es la presunción de la diferencia fundamental entre ellos y nosotros, que nos informa sobre los procesos de construcción del grupo y de designación de identidades fuera del grupo»4.
Este proceso de construcción de otredad gitana en contexto de interacción social da pie a generalizaciones, reforzando el imaginario sobre «lo gitano», muchas veces basado exclusivamente en estereotipos y prejuicios.
Al contrario, la otredad de «lo gitano» muchas veces se traduce en clichés románticos y exóticos, que a pesar de ser «positivos» siguen siendo generalizaciones que refuerzan esta distinción (la existencia de la supuesta diferencia fundamental entre «lo gitano» y «lo payo») Bajo esta interpretación, «la convivencia» entre los gitanos y no gitanos asume la diferencia, pero niega una realidad evidente: la de compartir, intercambiar y mezclar. La historia de «convivencia» entre los gitanos y los no gitanos es también la historia de la influencia e inspiración mutua, sobre todo en lo cultural pero también en otros aspectos de la vida social. Resulta complicado, sobre todo en lugares como Andalucía, hacer una distinción rigurosa de «lo gitano» y «lo payo» ya que el pueblo gitano ha sabido impactar en su entorno mayoritario. Asimismo, en vez de hablar de mundos distintos y paralelos en el contexto de la convivencia, es mejor hablar de los espacios y elementos compartidos, híbridos y mezclados y reconocer la interdependencia entre estos mundos. Además, se debería reconocer las contribuciones que los gitanos han hecho en su entorno a lo largo de la historia (ver al pueblo gitano como parte íntegra de la realidad socio-cultural e histórica de los países donde viven), y a la vez reconocer de qué forma las distintas comunidades gitanas han incorporado elementos de la cultura dominante mayoritaria a su propia cultura.

«Convivencia como igualdad»

A su vez, convivir también debe asumir la igualdad, el derecho igualitario entre sujetos distintos y separables a compartir espacio, reconociendo el mismo valor de estos sujetos y basado en el respeto mutuo hacia el otro con el que estamos conviviendo. En otras palabras, para que la convivencia sea armoniosa, este principio de igualdad y respeto mutuo, incluyendo la igualdad de derechos, es un ingrediente clave y fundamental para alcanzar la justicia social.
Sin embargo, si extendemos esta noción de convivencia hacia el pueblo gitano, será evidente que el principio de igualdad no está plenamente cumplido. Efectivamente, el antigitanismo no solamente asume que existe una cultura distinta, compartida por todos los gitanos y que separa el mundo gitano del mundo payo, pero también impone una cierta jerarquía de estas culturas. «Los gitanos no solamente son diferentes, pero de alguna forma son considerados menos y en consecuencia no son dignos de igualdad de trato. Esta deshumanización de los gitanos actúa como justificación moral y política del hecho de que son habitualmente privados de sus derechos fundamentales y civiles»5. Abundan las evidencias que demuestran las diferentes prácticas y obstáculos que contribuyen a que muchos gitanos se encuentran en la situación de desigualdad.
Sin embargo, la situación de desigualdad no se debe entender solamente en el plano socio-económico.
Efectivamente, en España y en la gran mayoría de los Estados europeos, se tiende a relacionar al pueblo gitano con problemas de índole socio-económico, buscando soluciones a la marginalización, pobreza y exclusión social a las que muchos gitanos se enfrentan cada día.
Las respuestas institucionales a estos problemas normalmente se centran en medidas asistencialistas, basadas en servicios y frecuentemente desde un enfoque paternalista. En España concretamente, muchas de las medidas se basan históricamente en el paradigma de caridad y del trabajo de la Iglesia Católica, legado que se puede detectar en la actualidad. En este sentido, el objetivo principal se centra en «poner fin a la exclusión social y a las desigualdades de la población gitana con respecto al resto de la población»6. El paradigma subyacente, pues, es el de «políticas de redistribución».

otredaddesigualdad02
«Duj Deszu», Krzysztof Gil, 2013

Pero para alcanzar de pleno la justicia social, según Nancy Fraser hacen falta no solamente «políticas de redistribución» sino también «políticas de reconocimiento»7; ambas políticas son mutuamente complementarias y ninguna por sí sola es suficiente. Asimismo, hace falta dotar a los grupos distintos y minoritarios con el mismo valor cultural e identitario que los de la mayoría. En España, los gitanos son beneficiarios de medidas especiales que cuentan con una inversión económica significativa. Sin embargo, y a pesar de esta voluntad de «redistribución», el pueblo gitano sigue sin estar reconocido como una minoría étnica y/o cultural, lo cual les priva de una serie de derechos muy concretos8. Pleno reconocimiento cultural (legal, institucional y oficial) dotará al pueblo gitano con herramientas que permitan cultivar, proteger y promocionar su propia cultura para garantizar su continuidad histórica y desarrollo. Dicho reconocimiento es también un elemento importante para poder transformar la imagen social de los gitanos, repleta de estigmas y generalizaciones falsas, en un discurso propio, equilibrado y heterogéneo como la comunidad gitana misma, y basado en orgullo étnico, un sentimiento de autoestima y valor.
Solamente así lograremos construir sociedades cohesivas e inclusivas, que valoran su diversidad y reconocen su poder enriquecedor. Asimismo, para la convivencia social armoniosa y pacífica, el reconocimiento y la igualdad de diferencia son cada vez más importantes en un mundo que, cada vez más, se vuelve más heterogéneo.
La forma y el trato que recibe el pueblo gitano (la minoría más grande y presente en Europa desde hace siglos) es un indicador fiable de la condición de nuestras sociedades y nuestras democracias.

Mi nombre es Anna Mirga-Kruszel­nicka, soy gitana de Polonia, académica y activista. Aunque mis abuelos gitanos eran analfabetos, sabían inculcar la importancia de la educación a sus diez hijos y de los cuales 3, incluido mi papá, fueron a la universidad como primeros gitanos en Polonia en hacerlo. Entre los primos de mi generación, también somos varios los que fuimos a la universidad. El interés en estudiar me llevó por el mundo: durante mi carrera en Cracovia (Polonia) fui a Barcelona (gracias a la beca Erasmus) donde me quedé durante 6 años estudiando y trabajando en asociaciones gitanas. Luego, fui a América Latina para conocer cómo son los gitanos latinoamericanos (parte de mi investigación doctoral). Desde 2016, soy Doctora en Antropología Social y Cultural por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Actualmente, soy comisaria de la sección «Movimiento Asociativo Gitano» en RomArchive, Archivo Digital de los Roma. Además de mi trabajo académico, soy fundadora, socia y colaboradora en varias asociaciones gitanas en España y Polonia.

1. Por ejemplo: Mann, Vivian B., Glick, Thomas F., Dodds, & Jerrilynn Denise (1992),«Convivencia: Jews, Muslims, and Christians in Medieval Spain». G. Braziller; Menocal, María R. (2002), «The Ornament of the World: how Muslims, Jews, and Christians created a culture of tolerance in medieval Spain», Little, Brown, Boston.

2. Sin embargo, la investigación más reciente se aleja de la idealización del periodo de «La Convivencia», demostrando que «la armonía interlcultural» mitologizada por los historiadores también ha sido marcada por violencia o que simplemente no tiene fundamentación histórica. Por ejemplo: Fernández-Morera, Darío, «The Myth of the Andalusian Paradise»; The Intercollegiate Review, Fall 2006, pp. 23–31; Cohen, Mark R. (1995). «Under Crescent and Cross». Princeton University Press.

3. www.antigypsyism.eu

4. «Antigypsyism, a Reference Paper». Alliance Against Antigypsyism», Version July 2016, página 8. Disponible en: http://antigypsyism.eu/wp-content/uploads/2016/10/Antigypsyism-reference-paper-Layouted-version.pdf

5. Ibid. Página 9.

6. Estrategia Nacional para la Inclusión Social de la Población Gitana 2012-2020. Plan Operativo 2014-2016», página 10.

7. Fraser, Nancy. 1996. «Social Justice in the Age of Identity Politics: Redistribution, Recognition, and Participation» página 5.

8. Por ejemplo, en 1995 España ratificó el Convenio Marco para la Protección de Minorías Nacionales del Consejo de Europa. BOE/A/1998/1369.

Ciencias Sociales y Universidad del Nº6. Invierno de 2017.
Por Anna Mirga-Kruszelnicka