Séfora Vargas

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Séfora Vargas nació en Sevilla. Estudió Derecho en la Universidad de Sevilla, trabaja en Aproideg y ha colaborado con decenas de asociaciones gitanas y organismos promotores del cambio y de la igualdad de la comunidad gitana. Ella es hija de vendedores ambulantes y hace un año se casó con un hombre no gitano.

¿Por qué motivos elegiste estudiar Derecho?

Siempre he sentido que el pueblo gitano se encontraba en una constante situación de desigualdad jurídica, aunque en el Artículo 14 de la Constitución se proclame la igualdad como derecho fundamental, era consciente de que la población gitana vivía alejada de la igualdad real con respecto a la sociedad mayoritaria. Desde niña yo misma viví grandes diferencias, tanto en mi niñez como en el trabajo de mi familia, porque soy hija de vendedores ambulantes.

¿Qué te ha aportado tu trabajo?

Cuando estudias, descubres que lo aprendido en la teoría, en la realidad es algo muy diferente. La rama del trabajo que he elegido es el Derecho Penal. Por ello vemos a violadores, traficantes, pederastas, etc., y cuando tienes que defender a esos señores, toda la historia que te planteas desde niña para alcanzar la igualdad o la justicia, se desvanece… Como abogada no quise lucrarme, sino sentirme realizada haciendo posible la justicia; me di cuenta de que a través del Derecho Penal no podría conseguirlo, porque ejerciéndolo sentía una impotencia terrible. Por ello decidí trabajar en otra rama de mi profesión o cambiar de empleo, algo difícil porque he ejercido el Derecho Civil y Penal. No pude moralmente defender a esas personas y descubrí que algunos de estos horribles casos también los cometía población gitana. Para mí era impensable que algunos de estos delitos fueran cometidos por ellos y me sorprendió tanto, que sentí que iba en contra de mi ética.

Mi abuelo fue uno de los primeros gitanos militares en España y mi bisabuelo fue jefe de policía cuando no existía división entre la nacional y la local. Por su influencia siempre tuve interés, desde el Derecho y desde la Comisaría, poniendo a disposición judicial otra forma de atrapar al malo. Por estas razones, me encuentro opositando para la escala superior del Cuerpo de Policía, tratando de romper con muchos estereotipos que existen entre el policía y el gitano; ya hay más gitanos dedicados a estos empleos y como mujer ¡muchos entenderán lo que me ha costado decidirme!

¿Tus padres te han apoyado en tus decisiones?

Mi madre no estudió y cuidó de sus 5 hermanos con solo 9 años. Fue madre casi siendo una niña y no tuvo la oportunidad que ella me dio: por ella soy quien soy y gracias a Dios, decidió romper con esas costumbres dándome la oportunidad que yo merecía como persona. Su padre permitió estudiar a los varones y no a las mujeres. Destacaré que como mujer de otra época, ella tenía sus ideas acerca de hombres y mujeres y no me hubiera permitido estudiar para policía. Ella se levantaba al alba y nos hacía la comida, yo llevaba a mis hermanos al colegio y por las tardes todos estudiábamos. Yo asumí desde niña que debía ayudar a mi familia porque soy la mayor de 4 hermanos..

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¿Has trabajado con población gitana?

Toda mi vida, porque crecí con la responsabilidad moral de cambiar la realidad y lo que estuviera en mi mano. Hoy me organizo para hablar con la familia de una niña a la que no le permiten estudiar, lo que eso supondrá. La ley debe amparar este tipo de situaciones.

Lideré junto a más personas algunas de las asociaciones más importantes de Europa: fui tesorera en Fakali y vicepresidenta de Amuradi, he colaborado con Secretariado Gitano, el Instituto de la Mujer y con la Consejería de Igualdad. Retrasé unos años mi carrera dándole prioridad al trabajo.

Actualmente trabajo en Aproideg, la única asociación dedicada al colectivo que ejerce el comercio ambulante, no desde la organización del lucro, sino desde la defensa de los derechos fundamentales de todas las personas que trabajan en ese tipo de comercio. Soy hija de vendedores ambulantes, Rosario Martín Cortés y José Manuel Vargas Vargas. Todos nos levantábamos a las 5 de la madrugada, pasando un frío terrible, o un calor que ahogaba a 45 grados bajo un toldo roto; a veces se perdían los niños mientras sus madres vendían en los puestos… En mi infancia los lunes estábamos en Jerez, los martes en Coria, el miércoles en Castilleja de la Cuesta, los jueves eran en San José de la Rinconada o en San Fernando, los viernes en Mazagón, el sábado al Charco de la Pava y los domingos al Parque Alcosa.

¿Qué supone ser una mujer gitana para ti?

Eso no se decide, es mi derecho de sangre. La rama de mi madre se ha dedicado mucho tiempo a la ganadería y la rama de mi padre está muy ligada al mundo artístico: la familia Vargas, los Vargas Fernández con Esperanza Fernández, el Lebrijano, etc.

Fui consciente de los problemas que suponían no encajar con los moldes, defendía a ultranza que era posible ser gitana y tener un lugar en la sociedad. Ha sido la lucha más titánica que he tenido: seguir siendo gitana sin perder mi identidad.

No soy esa gitana que se ha criado como paya y que utiliza la etiqueta del gitanismo para hacerse notar en la realidad.

Mi época estudiantil ha sido ir a los mercadillos, llegar a las 6, ir después a las clases y a las 10 sentarme a estudiar. Lo más difícil fue tratar de ser un referente para las niñas gitanas ya que ellas son nuestro futuro. Me he sacrificado tanto que me encontraba al borde de la cultura gitana y de la paya, hasta llegar un momento en el que el sentimiento de desarraigo era tan fuerte que sabía lo que querías ser, pero estaba perdida, sufriendo las críticas de las dos sociedades: la gitana y la paya.

Sin embargo, la vida es sabia, hace un año me casé con un payo noble y una bellísima persona. No es fácil encajar con los planes y los sueños de alguien. Las mujeres ambiciosas profesionalmente, cuando tenemos a un hombre que no entiende nuestros sueños, nos frenará ¿qué alternativa tenemos?, ¿y si somos gitanas?

Mi abuelo era de Fregenal de la Sierra, José Cortés Saavedra, el gitano rico, porque en época de Franco, cuando había persecuciones hacia la población gitana y paya, mi abuelo gozaba de una posición social muy distinguida y la Guardia Civil se cuadraba. Mi abuela recibió clases particulares en su hogar y gracias a aquellos episodios he evolucionado como mujer. No empezó conmigo, pero los seguí a todos.

Pienso que cada uno debemos aprovechar lo que cada cultura nos ha dado y en la que hemos nacido, sin embargo debemos desechar lo que no nos permite crecer como seres humanos y abrirnos al mundo, es decir, lo tóxico. Lo que nos limite, deberíamos alejarlo de nuestra vida. No tengamos miedo porque solo así seremos libres.

Creo que en la actualidad han emergido ciertos extremismos, me gusta el equilibrio y la igualdad, todos los valores que limiten esas cuestiones limitarán mi ética, no me importa si se apellidan gitanos o se apellidan payos.

En tu opinión ¿qué logros y problemáticas consideras que existen en el asociacionismo gitano en España?

Rivalidad, envidia y poco compañerismo. Nunca debería suceder entre mujeres. Los logros son el avance que algunas mujeres han conseguido debido al acceso al mundo educativo y laboral. Muchos de los proyectos que se hacen a nivel laboral, quiero entender que se consiguen.

No me importa contar lo que me ha sucedido y cómo he avanzado porque así también se puede ayudar a otras personas que tienen una vida más anónima y limitada, como me sucedió. Una vez, unas chicas payas que dejaron sus estudios conocieron mi historia y me confesaron que eso las animó a retomarlos ¿no es positivo? Este tipo de anécdotas ha despertado cierto recelo entre los movimientos activistas.

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¿Qué problemas consideras que existen aún en la población gitana en España?

El problema es el empobrecimiento que tiene la población gitana. Hasta hace unos años cuando nuestros abuelos se dedicaban al trato o a la ganadería, vinieron los grandes cambios con nuevas alternativas de transportes, digamos que el lugar de los gitanos quedó descolgado, hubo un tiempo de gran precariedad porque no sabían qué nuevos oficios realizar. Muchos murieron debido a alternativas ilegales y cientos de personas fueron encarceladas ¿quién no conoce a alguien? Los de más abajo fueron apresados como los malos.

Etimológicamente el término «trabajar» en romanó no existe, existe «hacer tareas», porque durante décadas hemos sido artistas, artesanos de la plata, del cobre, de la cerámica ¡en Triana!, del mimbre, etc., para venderlos después en plazas o en casas. Si echamos la vista atrás, descubriremos que la venta ambulante es la antecesora del comercio establecido.

En San Fernando hasta hace poco, no tenían instalaciones de luz para montar el puestecillo de noche, así no sabías cuál eran las líneas divisorias de la parcela y si utilizabas la luz para alumbrar, te multaban con dos mil euros. Ha habido años de políticas hostigadoras para los comerciantes, si lo unimos a la poca formación recibida, imaginemos. Esto sucede a una población que mínimamente lleva un retraso social de 50 años con respecto a la población mayoritaria. Muchos gitanos en este país se han acomodado no dándole importancia a la educación formal; cuando no nos permitían estudiar, era más que lógico que nos ganáramos la vida de cualquier manera, sin embargo, si tenemos la oportunidad de recibir una educación formal ¿por qué muchos no acuden? Si es por factores relacionados con la exclusión será mucho más difícil porque deben sobrevivir antes que nada, y si no acuden por desinterés o por no sentirse identificados con esa educación, es lamentable.

Cuántos gitanos no han querido estudiar y miles de personas, gitanas o no, que sí lo hicieron abandonaron este país.

¿Alguna vez has sufrido discrimina­ción?

Sí, dos veces. Una hace 12 años en un banco, cuando fui a una entrevista. El director me dijo que un gitano que trabajara en la banca iba en contra de la ética. Me dirigí a hablar con el director general, lo amonestaron y él pidió disculpas. Mi familia sacó nuestros ahorros del banco.

La segunda vez fue en clase de Derecho, donde una alumna perdió los papeles en una discusión cuando supo que yo era gitana. Ella describió el caso de una gitanilla que había sido procesada por hurtos menores en un supermercado. Enfocó el caso desde un prisma tan racista que no tuve más remedio que interrumpirla, pidiéndole al profesor que no admitiera los insultos en una clase de Derecho. Ella me acusó de avergonzarle como mujer. Yo la denuncié. Archivaron mi caso. El profesor nunca debió permitirlo.

¿Consideras que el hombre gitano debería cambiar costumbres o comportamientos con respecto a la mujer gi­tana?

Sí, cualquier hombre debe superar la barrera del machismo. No solo los hombres, sino las mujeres que piensan como hombres. Hay mujeres machistas y nosotras somos las promotoras del cambio porque somos principalmente las que educamos a los hijos. Si transferimos el machismo a nuestros hijos, ellos continuarán perpetuándolo.

Esto provoca una lucha interna entre el hombre y la mujer que muchas mujeres no están dispuestas a padecer, ya que supone sublevarse o ponerse en contra de su marido, de la abuela o de los tíos. Muchos hombres gitanos deben respetar, pero no prohibir.

Es tan difícil aunar la línea de ser gitana, entre el respeto de tu idiosincracia como mujer gitana. Si retrasamos el casamiento y la maternidad ya es posible aunar muchas cosas. Si te pides pronto, te casas pronto y eres madre pronto ¿no hay más futuro? Introduciremos el valor de la educación como eje fundamental de la vida y de la igualdad. Debemos adaptarnos sin perder la esencia; la esencia de la cultura gitana es la unidad, la solidaridad, el valor de la palabra dada, nuestra voluntad de hierro en ser quienes somos, nuestro arte, el respeto hacia los ancianos o la capacidad artística.

Desecharemos lo que molesta a cualquier sociedad: la desigualdad, el machismo o el racismo. Hay gitanos racistas hacia el que no es como él, ciertas gitanas con roete creen que son más gitanas que las que no lo llevan o que han elegido estudiar. Yo he elegido mi futuro y soy gitana.

Entrevista del Nº6. Invierno de 2017.
Por Mariola Cobo Cuenca.