Triana, puente y aparte

triana01

Triana siempre ha sido un paraíso en la tierra para la gitanería. Allí me crie yo. De padre gitano y madre gachí, he tenido la suerte de heredar, como yo digo, «lo bueno de las dos partes». Igual que mi barrio está unido a Sevilla por un puente mítico, mis herencias también son inseparables. Desde pequeña sentí que no había conflictos, y entre familiares y amistades, los gitanos y los gachós se han entremezclado con naturalidad.
Pero dicen que el pez no sabe que está en el agua hasta que sale fuera de ella. A mí me pasó más o menos lo mismo cuando crecí, y eso me confundía. Quizás por eso estudié Psicología.
Cuando nacemos se impregna en nosotros «el miedo original». Al separarnos de la paz y la calidez del vientre de nuestra madre, se produce un trauma que arrastramos toda la vida en nuestro ser, una especie de inseguridad existencial, como esos sueño que a veces se tienen en el que apareces sin ropa o en pijama en medio de la calle…
Desde ese momento en que venimos al mundo nos enseñan a defendernos con una identidad. Volcamos una gran cantidad de nuestra energía vital en sentir seguridad, protegiéndonos con un ego social, que es como un disfraz, una carta de presentación que sirve para contarle al mundo quiénes somos. Y entonces comenzamos a diferenciarnos. Tú eres hombre, porque yo soy mujer, tú mayor porque yo joven, gente blanca frente a gente negra, extranjeras y autóctonas, gitanos y payos y así un sinfín de etiquetas, que si bien nos ayudan a relacionarnos, también nos condenan a la esclavitud de soportar nuestro personaje en esta obra de teatro. Pero lo peor ocurre después, cuando esas diferencias se convierten en jerarquías. Y lo nuevo es mejor que lo viejo, lo masculino mejor que lo femenino y ser blanco mejor que ser negro. Así es nuestra historia… la de una eterna dualidad enfrentada que domina el planeta.
Con el miedo como base se construye esta torre que apila grupos sociales unos por encima de otros. Y en contra de la gravedad, se corona una cima que abandera la supremacía del más miedoso. Fuera de mi «micromundo trianero», el Pueblo Gitano ha servido como peldaño para los que han querido trepar a la parte más alta. Y para ello han hecho falta siglos de pisotear una cultura que se ha dibujado como la menos deseable de esta sociedad. La historia ha intentado borrar o criminalizar al pueblo gitano, ya sea a nivel legislativo, mediático, político, científico o urbanístico. Los gitanos y las gitanas han escrito capítulos marcados por el dolor, la persecución y la ira, manifiestos en hechos tan graves como el Samudaripen (Holocausto Gitano en Europa durante la Segunda Guerra Mundial). Miradas por encima del hombro, desprecio y rechazo hacia un pueblo milenario. Temor y recelo desde el mundo gitano. Un panorama de desconfianza y distancia entre ambas partes alimentado por un sin sentido aún pendiente de salvar.
Terminar con tanta diferencia y jerarquía requiere de un paso imprescindible. Para poner en pie de igualdad a la identidad paya y a la gitana hay que colocar a esta última en el lugar que le corresponde. Tumbemos la torre, y así podremos usarla como puente para unir las dos orillas. Personas no gitanas, ya están empujando con fuerza, siendo conscientes de que su posición no está por encima, sino al lado del resto, y que caminan con los y las gitanas, respetándose mutuamente, compartiendo aprendizajes y vidas. Este cambio necesita de un baño de humildad, al ceder el lugar privilegiado y reconocer la gitaneidad como una riqueza y un legado tan importante como cualquier otro. Ojalá veamos pronto esta dignificación y reconocimiento en los libros de textos (donde todavía no aparecen referencias a la cultura gitana), en las universidades, en la política, en la legislación, en la televisión… Ese reconocimiento pasa porque se incluya la diversidad gitana como una cultura más, dejando de estar invisible en el cajón de la exclusión. Y que además ese reconocimiento sea digno, real y en positivo.
Para esto hay que perder el miedo, renunciar a la superioridad, al desconocimiento cebado de realities de tres al cuarto, y acercarse a conocer a un pueblo que, si hablamos de enfrentamientos, presume de ser el único de no haber tomado parte en ninguna guerra del mundo.
A nadie se le ocurre ya hoy, cuestionar las acciones de reconocimiento a favor de las Mujeres. Normativas por la igualdad en empresas, uso del lenguaje de género, luchas contra la violencia machista, el sexismo en la publicidad o los micromachismos. Un sinfín de acciones que van directas a compensar la desigualdad que las mujeres han vivido históricamente, invisibles en la política, en la ciencia o en el arte, y limitadas al espacio doméstico en un status inferior al hombre. Luchar contra el machismo y el patriarcado, y promocionar a las mujeres socialmente son las dos herramientas principales de las luchas de género. La primera de carácter ideológico removiendo consciencias, la segunda de carácter práctico abriendo espacios y favoreciendo la participación de las mujeres en la sociedad con el fin de alcanzar un mundo con menos opresión y violencia, más sano y equilibrado.
Los dos mismos caminos hemos tomado los gitanos y las gitanas. Primero, nuestra reivindicación ideológica, la lucha contra el Antigitanismo. El odio y la desconfianza hacia lo gitano, que se materializa en discursos racistas, deben terminar de una manera contundente. Y segundo, acciones que compensen las desigualdades históricas, abordadas con medidas directas y específicas de promoción social de las personas gitanas, que no busquen la caridad sino la justicia, con voz en primera persona para ellas, siendo protagonistas de sus vidas y no actores y actrices en un segundo plano de la película. Todo esto requiere valentía, bajar de la torre a quienes se subieron alto, y mirar de frente, con afecto y madurez a quienes quedaron abajo.
Y tal como las luchas de género no son responsabilidad única de las mujeres, la lucha contra el Antigitanismo, el racismo o cualquier otro discurso de odio, tampoco es tarea exclusiva de las personas gitanas. FAKALI, la Federación de Asociaciones de Mujeres Gitanas, donde soy activista desde hace ya 13 años, ha mostrado como la lucha contra el Antigitanismo es una lucha compartida. Y es que la aportación que este pueblo ha hecho a la personalidad de nuestra tierra es innegable. Favorecer su reconocimiento y hacer justicia contra la desigualdad y la discriminación de los y las gitanas, es poner en valor también la identidad de esta tierra andaluza, mestiza donde las haya.
Entonces, y solo entonces, se construirá, como en mi barrio, un puente que se apoye en el respeto, el encuentro y el enriquecimiento de las culturas. Mientras esto no ocurra, estaremos firmando un falso acuerdo de paz que le dice al pueblo gitano que olvide su calvario y su dolor, y aprenda a vivir sin rencor, con la llaga medio abierta y sin curas ni vendajes. Heridas que por el contrario, van sanando cuando vemos crecer un mundo que nos conoce, nos nombra, nos comprende y nos mira, a los ojos, sin miedo.

Por María Filigrana García, psicóloga y activista en FAKALI

Reivindicar desde la paz del Nº6. Invierno de 2017.