Desde Madrid

Y el mar menos viajero que mi raza. José Heredia Maya

Apelaban a mi sangre y yo a mi experiencia.
Nociones generales sobre la construcción consanguínea del “comportamiento gitano”
Rafael Buhigas Jiménez

En la compleja tarea de construir y revelar conocimiento existen algunos miedos recónditos. Dichos temores nacen, entre otras cosas, ante la supuesta pérdida de rumbo en la “manera correcta” de investigar. Ante esto, debemos preguntarnos, ¿quizás el dilema no es otro que el hecho mismo de que todo esto suponga un problema? ¿Por qué ha de suponer un apuro que se gesten, ante un mismo caso, numerosas y simultáneas contradicciones? Muy posiblemente porque la incapacidad de resolverlas evidencia la limitación epistemológica de las corrientes defendidas como acertadas. Esta reflexión es primordial para iluminar la caverna en que se encuentra escondida la certera crítica —más por lógica que por enrevesada— que puede contraponerse a la afirmación de que el comportamiento viene determinado por la sangre. Antes de formularla, debemos contextualizar históricamente esta última asunción, cuyo objetivo fundamental ha sido y es el de reforzar la brecha entre sujetos —quienes comparten un mismo mundo distribuido de forma diferente en que la subalternidad es un menester vital de los grupos dominantes para asegurar dicho reparto en su beneficio, en este caso gitanos y no gitanos—.
Desde la Grecia antigua, con la relación establecida por Teofrasto entre la teoría humoral y el carácter de las personas, hasta los estudios eugenésicos contemporáneos, cuajó la concepción de explicar el comportamiento humano a partir de los rasgos biológicos que atravesaban su naturaleza. La premisa de que una enfermedad podía ser revertida o paliada trajo innegables avances que permitieron a la humanidad tomar la delantera en su carrera por la supervivencia. No obstante, el lado oscuro de este mismo paradigma alcanzó su cénit cuando —por diversas variables que merecerían una disección particular— se consideró a ciertos grupos como una plaga. Tal es el caso de la España medieval en que el gitano era considerado un demonio que traía consigo la agonía agraria. Como tal, contagiaba dolencias sociales allá por donde transitaba debido a un modo de vida que, supuestamente, llevaba en los genes. Esta es una representación que se encuentra presente en todo ciclo histórico y, por increíble que parezca, perdura de forma sutil en nuestra sociedad actual.
La imagen del “otro” sobre la que se sustenta la marginación y el exterminio es un fenómeno, por tanto, que precede a los tiempos medievales y modernos. En estos últimos residen algunos de los ejemplos más relevantes. Asimismo, con el comienzo y desarrollo de la Ilustración se manifestó un gran interés por el orden que acabó proyectándose hacia el ser humano. De esta forma, la obsesión por clasificar acompañó decisivamente la gestión colonial ejercida por las potencias europeas sobre unas nuevas tierras que convirtieron en posesiones —en las que la distinción estaba a la orden del día desde el momento mismo del descubrimiento y del colapso entre dos formas distintas de entender el mundo—.
Los diseños nacionalistas posteriores acabaron por reforzar todo ello, hasta convertir la diferencia en un agudo problema de cohesión entre quienes no podían ser iguales por mucho que se intentara. En el caso gitano español, dicha percepción se venía arrastrando desde los siglos inmediatos a la primera pragmática emitida por los Reyes Católicos. Siendo todavía hoy, como decíamos, un problema imbuido de políticas de discriminación positiva que, paradójicamente, fomentan de manera indirecta la separación. En relación a esto último, finalizada la Segunda Guerra Mundial y con las independencias coloniales, la gestación de los derechos universales y otros beneficios más allá del ámbito legislativo llevaron a los individuos a abrazar una renovada identidad social marcada por el dolor y la intención de cambio. Esto devino en medidas de conciliación y reparo hacia diferentes sectores de la sociedad con los que se esperaba estrechar lazos de perdón.
Esta renovada identidad se dibujó con especial atención respecto a las atrocidades perpetradas en esas décadas del siglo XX, principal pero no exclusivamente por el Régimen nazi. Si bien, como hemos sugerido, esa situación es un producto histórico que tiene antecedentes, en muchos casos, semejantes o peores que los mostrados en las desmesuradas imágenes de personas guardando turno para encontrar la muerte en un campo de concentración. Una fila en la que también había gitanos. Sin embargo, el Porrajmos o Samudaripen, como obra particular, es todavía hoy una realidad invisible en muchos aspectos de la propia historiografía que relata la política general de exterminio promulgada por Adolf Hitler. Esto debería despuntar el interrogante de por qué un dolor tan reciente que nace del rechazo hacia la brutalidad no se extiende a los gitanos, quienes durante el breve recorrido histórico que hemos señalado hubieron de sufrir una sistemática práctica de persecución, expulsión y masacre —ya fuera a través de grandes hitos como las redadas o más estrechamente en la vida cotidiana—. Así pues, esa renovada identidad social no es lo que se pretendía y, como sucediera con la extensión inicial del derecho, la inclusión total no es más que una quimera.
Con el fin del nazismo, el sesgo racial que había permanecido anclado en los discursos de todo tipo acabó por alcanzar su bancarrota. Esto quiere decir que las políticas de siglos anteriores, como los intentos de borrar el “rastro sanguíneo gitano” por medio del mestizaje y una exogamia forzosa, habían sido una fatal imprecisión. El código genético alberga una gran carga fenotípica de la persona. No obstante, no determina su comportamiento en los amplios y radicales términos propuestos desde la ingeniería enfocada a su modificación. De esta forma, los carnets antropométricos o la dactiloscopia no son métodos de clasificación conductuales válidos. Es decir, no es la sangre misma sino la valoración que se hace de ella lo que modela la identidad del individuo, un ser social forjado al calor del aprendizaje en comunidad. Así pues, la etnia es la categoría correcta con la que referirse a la dinámica vital en sociedad de un grupo, al haber identificado que aquella es una construcción social que se deriva de las experiencias sistematizadas por los diferentes individuos, gitanos o no —con mayor peso, por supuesto, de la mayoría social no gitana y su cultura dominante—, que reconocen en el grupo observado una serie de patrones que facultan su identificación. He aquí la clave crítica a la teoría consanguínea del comportamiento.
Por todo ello, la condición de nómada no viene marcada genéticamente sino porque el desplazamiento se torna como necesario para sobrevivir, normalmente mediante la obtención de sustento o la evasión de reprimendas. Agotes, gitanos y mercheros españoles compartían el nomadismo, como también lo hacen los travellers en Gran Bretaña e Irlanda. Suponiendo que se pudiera establecer un cálculo preciso sobre su procedencia genética, todos estos grupos difieren consanguíneamente. Si bien, registran un mismo modo de vida con la adopción del nomadismo y otras estrategias culturales. No existe una sangre nómada, proclive al delito o a la superchería. En un lenguaje mucho más sencillo, somos los que somos por la vida que llevamos. De la misma forma, no puede atribuirse una predisposición étnica a ciertos modos culturales, en tanto que cada grupo alberga diferentes patrones de identificación fragmentando la realidad en múltiples materialidades. Si bien, esto último, cierra una etapa de la discusión para abrir otra todavía más compleja ante el reto de definir qué y quiénes son esos gitanos, cuya sangre ha marcado una historia que todavía está por contar.

Fuente gráfica: Josef Koudelka | Serie “Cikáni” (1961-1967).

Desde otros lugares del Nº7. Primavera de 2017.
Por Rafael Buhigas Jiménez.