Unión Romaní

Dibujo de una niña gitana en la Comisión Europea, noviembre de 2016

No es fácil hablar de algo que te toca tanto de una manera objetiva. No lo es porque de una forma involuntaria uno tiende a poner sus sentimientos en cada opinión que manifiesta, incluso a veces por encima de lo racional.
Soy Rafael, un afortunado joven gitano de Sevilla. Y, efectivamente, digo lo de afortunado porque sin duda eso ha marcado mi vida desde el día en que nací. Además, soy afortunado por haber tenido algo que tristemente no mucha gente tiene, algo que es tan arbitrario y tan complicado de conseguir que alcanzarlo es un logro: una OPORTUNIDAD. Me he criado en una familia humilde como tantas otras de vendedores ambulantes, que no contaba con otros medios que su trabajo y esfuerzo diario para poder subsistir en el día a día y poco a poco poder ir ganando un poco más de calidad de vida. He crecido en el conocido barrio de las tres mil viviendas de Sevilla. Y es en este punto donde me gustaría destacar lo importante que es para una persona el entorno en donde nace y crece y su influencia en el futuro de cada uno/a de nosotros/as. Por desgracia, somos una amplia generación de gitanos/as los que hemos tenido que crecer en este tipo de barrios o guetos.
El nexo común en todos estos barrios es el estilo de vida, de oportunidades y, sobre todo, de falta de expectativas que “convive” en todos ellos, convirtiéndose en un vecino omnipresente que, de un modo muy silencioso pero imposible de evitar, ha conseguido imponer su ley sobre nosotros (¡con lo que somos los calés para que alguien nos mande!) y adormecernos en un estado de desesperanza, y a la vez aceptación, de que nuestro destino está marcado por el hecho de ser gitanos/as. El resto de la sociedad asocia este tipo de viviendas a delincuencia y marginalización, y aunque he de decir que no estoy para nada de acuerdo con esas etiquetas, desde aquí sí que reconozco que a veces nuestra propia falta de iniciativa de luchar por nosotros mismos hace que los demás se crean con el poder suficiente de definirnos y encasillarnos. La culpa es nuestra, por permitirlo. La culpa es nuestra por llegar a creerlos.
En mi experiencia personal y profesional he tenido la ocasión de conocer de cerca varios de estos barrios y las personas que habitan en ellos. Profesionalmente estoy ligado al trabajo del asociacionismo gitano desde hace varios años, trabajando y conociendo entidades, grandes y pequeñas, tanto en España como a nivel europeo en Bruselas, donde últimamente trato de encontrar alguna inspiración que me revele qué podemos hacer para cambiar esta tendencia y espiral en la que nos encontramos los gitanos, no solo de España, sino de Europa entera. Sin embargo, he de decir que hasta el día de hoy no la he hallado, ninguno de ellos da en la clave. He leído infinidad de informes de instituciones especializadas en estos asuntos, que analizan la realidad gitana en diferentes países de Europa, con datos muy exactos y concretos sobre lo que pasa con nosotros y el por qué, pero en ninguno de ellos se da una solución capaz de cambiar nuestra realidad. Y he llegado a la conclusión de que nuestro propio presente y, sobre todo, nuestros futuros solo pueden ser decididos por nosotros mismos. Somos así. Es nuestra naturaleza anárquica, de la cual estoy muy orgulloso, que nos impide creer que la solución a nuestros problemas vendrá dada por un estudio de los gachós. Y creo que en esto tenemos razón: somos nosotros quienes tenemos que liderar el cambio, tendiendo puentes hacia quienes nos apoyen, pero sin cederles los espacios que nos corresponden.
Y es en ese preciso papel en el que, desde mi modesta opinión, a las entidades nos toca dar un paso al frente. En el trabajo que se realiza a diario, hacemos frente a situaciones complicadas de diversa índole, porque es la realidad con la que conviven un gran número de gitanos/as en nuestro país. La persona que acude a nosotros, sea por la razón que sea, lo hace porque tiene un problema, necesita ayuda para resolverlo y, acudiendo a una entidad gitana, se siente más respaldada y confiada en que podemos (entre ambas partes) darle la vuelta a los problemas y resolverlos o, cuanto menos, intentarlo. Esa creo que es una de nuestras principales fortalezas, conocemos muy de primera mano el problema de las personas ya que a veces nosotros, también los sufrimos y, por tanto, puedo decir con rotundidad que nos encontramos muy cerca de la gente. Sin embargo, sí que creo que esta labor que llevamos a cabo en el día a día, nos ha hecho ir conformándonos con una función más de apaga-fuegos que de generadores de esperanzas, ilusiones u oportunidades.

Svetlana: El cristo de los gitanos, perteneciente a Un libro de cuentos gitanos en www.elcultural.com/noticias/letras/El-realismo-magico-cale/1496

Sé que esta idea que expreso puede ser difícil de entender, pero voy a intentar de explicarme con la mayor sinceridad posible. Es necesario que las entidades que trabajan para la comunidad gitana tengan este rol, por supuesto que lo es, porque es una necesidad que nuestra gente tiene y no podemos dejar de cumplir con la que es nuestra obligación y, hasta cierto punto, nuestra razón de existir: buscar la plena integración (palabra peligrosa según de que boca sea pronunciada). Sin embargo, sí que creo que desde las entidades en general debemos de empezar a trabajar de una manera más intensa un aspecto muy relevante, al menos para mí, como es el de pasar a un papel más activo, reivindicativo y sobre todo de puesta en valor de nosotros mismos y lo que somos.
Cuando digo activo, quiero referirme a que no podemos pretender ser solo “recibidores y solucionadores de situaciones complicadas”, es decir, debemos de procurar ser, ante todo, creadores de otras acciones que redunden en aspectos positivos. No debemos de continuar con una línea de desilusión/apatía ni dejarnos llevar por el pesimismo en el ambiente; a veces, somos nosotros mismos quienes no vemos más que lo que tenemos delante cuando deberíamos de ver el horizonte. Un horizonte en el que deberíamos realizar una reflexión sobre cómo o en qué posición nos gustaría ver a nuestra gente. Debemos de ser más ambiciosos en cuanto a la idealización de nuestra propia existencia. Para mí es algo muy triste y desalentador cuando, en ocasiones, he oído a un chaval decir que él no tiene ninguna esperanza o inquietud sobre su futuro. Es como si desde pequeños ya conocieran cuál es el guion de sus vidas y lo aceptaran, sin más. Creo que esa percepción, bastante extendida y que diría que es la clave de nuestra situación actual, es lo que debemos cambiar y, para ello, necesitamos desempeñar un rol más activo, motivador y creador de ilusiones realizables que muestre a nuestra gente que existen otras posibilidades para nosotros. No debemos creernos el estigma que otros se han encargado de imponernos.
Por otra parte, creo que debemos de adoptar un rol más reivindicativo. Debemos de ser más luchadores y más feroces que nunca ante los ataques prejuiciosos que, día a día, sigue recibiendo el Pueblo Gitano. No debemos hacer oídos sordos cuando la sociedad, las administraciones o nuestro vecino pongan en tela de juicio nuestra forma de ser o cuando directamente ataquen a nuestra cultura por medio de sus palabras prejuiciosas. El papel reivindicativo lo elevo hasta el contexto político, en donde apenas tenemos incidencia alguna y es como si fuésemos un ente invisible al que nadie tiene en cuenta. Solo se acercan a nosotros cuando es año de elecciones, y ahí saben que somos un número de ciudadanos importante en numerosas ciudades y municipios de España. Tenemos que estar mucho más presentes en la agenda política y en el ejercicio político en sí mismo, de forma que desarrollemos legislaciones que, por una vez, sean capaces de terminar con nuestros datos de analfabetismo, infravivienda, desempleo, baja calidad y esperanza de vida y, por supuesto, participación política. Si nosotros no nos decidimos a participar de una manera directa en ese proceso, ya sea como entidad o como individuos, no estaremos reclamando de forma clara a los actores políticos o a la sociedad que tenemos la firme voluntad de que cambie esta situación. Nosotros debemos de ser los primeros interesados y quienes estemos al frente de este trabajo: los gitanos y las gitanas. Pero, para ello, lo primero que debemos hacer es creer que somos capaces de hacerlo y así llegaremos a ser lo que queramos ser, sin límite alguno y siempre unidos, como un pueblo, como hermanos.
Es por ello que me gustaría terminar esta opinión personal compartiendo el mensaje de fraternidad con el que Mercedes Sosa, cargada de nostalgia, describe muy bien una realidad muy similar a la que vivimos nosotros, los gitanos:

Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar
En el valle, la montaña,
En la pampa y en el mar
Cada cual con sus trabajos
Con sus sueños cada cual
Con la esperanza delante
Con los recuerdos detrás
Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar.

Y así seguimos andando
Curtidos de soledad
Nos perdemos por el mundo
Nos volvemos a encontrar.
Y así nos reconocemos
Por el lejano mirar
Por las coplas que mordemos
Semillas de inmensidad.
Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar
Y una hermana muy hermosa
Que se llama libertad

Asociacionismo del Nº7. Primavera de 2017.
Por Rafael Saavedra Rodríguez.