Amor de madre

Crecer desde niña en un barrio marginal no es algo deseado, no, no lo es. Sobrevivir en él sin que problemas como, por ejemplo, la droga pase desapercibida, no es posible, y aunque deseemos ignorarla, a veces cayó en ella un vecino o un hermano tuyo, para morir por sobredosis o para vivir de ella vendiéndola a escondidas. Es mi verdad y la de otras muchas familias gitanas, pero ¿por qué?

Debido a vivir una vida apartada de los barrios más tranquilos y a que nadie te animó a ir al colegio, vas creciendo en un hogar junto a tus hermanos, pero repleto de amor, pero cómo es posible que haya amor en un barrio pobre con tantos problemas? Pues por la lucha de las mujeres. En mi caso por el amor de mi madre, porque debido a ella fuimos capaces de mantenernos unidos. Eso no significa que las penas no nos invadieran cuando personas importantes se nos fueron un día por las calles, perdidos, por culpa de la droga y no regresaran a casa nunca más… No los olvidaremos nunca y los llevaremos en el alma: de ahí no se escaparán nunca.

Pero sin nuestra madre más de uno nos hubiéramos perdido en mi familia; de su falda andábamos siempre, jugando, riendo y disfrutando como los niños hacen, gracias a ella recordamos esa infancia felices y dichosos, aunque estuviéramos rodeados de miseria, problemas e incertidumbre. Esa era la realidad y no lo sabíamos porque ella lo evitaba con su amor inmenso, así nos protegía y así nos lo enseñaba para darlo en un futuro a los que nos rodearan a nosotros. El amor en la infancia es una fuente de fuerza y seguridad para crecer, porque conseguirá que nos enfrentemos a la realidad con la que nos encontremos y la que construyamos con nuestras manos. Si nos encontramos en un hogar situado en calles encharcadas, con alcantarillas rotas y olor a excrementos, ese amor será fundamental para tratar de salir de ellas: no lo duden…

Pero el amor no es lo único ¿por qué? Porque los hijos no permanecen para siempre en el hogar, y al crecer, se inicia otro camino…, y esas madres no los acompañarán debido a que también hay más hijos pequeños a los que cuidar. Las niñas estábamos más resguardadas, pero los hijos varones tuvieron más rienda para salir a ese mundo salvaje y peligroso: el gueto, el de las calles enfangadas por la miseria. Es en ese entorno donde aquellos jóvenes descubrieron que no sabían leer y donde una tarde vieron que podían ganar algo de dinero si vendían hachís o cocaína, llevando algunos billetes a casa y después, si llegaban a rejuntarse con alguna parienta, podían traer comida a sus casas. Es ahí donde las madres perdían el rastro de esos hijos a los que tanto amaban pero que, sin embargo, ya no podían proteger de enfermedades, riesgos y peligrosidad.

Lo peor llegó cuando un día aquellos hijos desubicados consumieron un poco de droga, tentados por el gran tiempo libre y la falta de un empleo “legal” al que no accederían por ignorarlo y por ser gitanos. Desgraciadamente, alguno de esos hijos fue encontrado en el barrio, recostado en un soportal oscuro, dos calles más allá del hogar, en el que tanto amor recibió y que no logró salvarle.

Muchas de aquellas madres siguen viviendo, con edades entre los 50 y 60 años, siendo potentes barreras de protección incluso para los nietos y, ¿ahora qué? Que los hijos han trabajado vendiendo productos por las calles, andando de un lado a otro, o en puestos de ropa y verduras en los mercadillos ¡basta ya! de tanto describirlo lo repetimos …

Lo que cambiaremos las mujeres que crecimos en aquel hogar repleto de amor, será que nuestros hijos e hijas irán a un colegio para recibir una alternativa y no perderse en una calle miserable ¡pueden hacerlo! ¡saben hacerlo! y no perderán nuestra identidad Ellas han aprendido a amar como nosotras le hemos enseñado porque el amor es el mismo, el de años atrás, el de siempre.

Editorial del Nº8. Otoño de 2017.

Por Remedios Soto Santiago