Las mujeres gitanas andaluzas del siglo XIX: El estereotipo romántico.

Fotografía: Julio Romero de Torres, Gitana de la naranja.

En nuestro nuevo artículo de Amarí nos centramos en una etapa aún no tratada en nuestra línea de trabajo. El objetivo es acercarnos a la realidad de la mujer gitana de la etapa decimonónica e intentar analizar la verdad histórica y el mito.

En el siglo XIX surgió un movimiento cultural y artístico denominado romanticismo que ha marcado la idea que se tiene de la mujer gitana andaluza, e incluso en cierto modo la ha mitificado. Este movimiento, que se basaba en una visión subjetiva de la realidad en la que primaba la originalidad y lo que hace único al ser humano, era tendente a una nostalgia del paraíso perdido que encontró en Andalucía un lugar idílico.

Por otra parte dentro de dicho movimiento existía un peso importante de lo instintivo y sentimental frente a lo racional, de tal manera que la valoración del arte de la danza de las mujeres gitanas supuso un foco de atracción muy fuerte para los pensadores del romanticismo. Éste fue un modelo de pensamiento idealista en el que se valoraba lo diferente, de ahí el interés que suscitó la cultura gitana y por ende la mujer gitana. En ella se proyectaron valores positivos de rebeldía y libertad frente a la sociedad dominante regida por los valores homogeneizadores de la Ilustración y la Revolución Francesa precedentes, que eran fuertemente criticados por los intelectuales del romanticismo.

Se puede afirmar que el romanticismo vio un modelo de vida, el gitano, que proyectaba su ideal diferenciador al igual que destacaban la vida del medievo frente al clasicismo por existir en lo medieval mayor cantidad de matices y singularidades que en la época antigua. Sin embargo, esta visión debemos ponerla en cuestión, puesto que gestó un estereotipo romántico que ha perdurado hasta nuestros días respecto a la mujer gitana. En este sentido cabe preguntarse ¿hasta qué punto la mujer gitana podía vivir esos valores de libertad que pregonaba el romanticismo en una sociedad marcada por el estricto control del grupo familiar y un marcado carácter androcentrista?

Las ideas que tenemos de la mujer gitana en la etapa decimonónica responden a los escritos que viajeros románticos ingleses, franceses o italianos han dejado a través de una visión sesgada. El referente que tenemos se le debe a escritores ingleses como George Borrow, George Eliot y John Carr, franceses como Théophile Gautier, Alexandre Dumas y Prosper Merimée, e italianos como Luigi Servistori, Elena Mario y Edmondo de Amicis entre muchos otros. Estos viajeros carecían de un análisis de la realidad basado en variables de observación propios de la sociología o la antropología y por lo tanto se guiaban por las experiencias sentimentales y pasionales que vivían en dichos viajes con las personas que conocían. Por tanto, la imagen que tenemos de la mujer gitana de entonces debemos ponerla en cuarentena, ya que responde a un relato realizado por un burgués que acudía al extranjero con el objetivo de volver a su país para demostrar las maravillas de un viaje a lo diferente.

Estos libros de viaje eran leídos en sus países de origen, lo que provocaba un interés en el lector burgués de la época. Éste, al intentar de nuevo repetir el mismo itinerario que el anterior viajero, anhelaba encontrar y vivir las mismas experiencias que el escritor al que había leído. Así, en muchos casos el viaje y su posterior libro terminaba reproduciendo la visión de los primeros viajeros y perpetuaba de este modo la imagen que se había generado en las primeras descripciones sobre la mujer gitana.

Fotografía: Julio Romero de Torres, Alegrías, 1917.

Estos autores definían a la mujer gitana realizando un artificio con la mujer andaluza popular, de tal manera que según ellos existió una asunción de los referentes gitanos por parte de la sociedad no gitana en una suerte de interculturalidad nunca vista antes. Aunque, más bien, los viajeros simplemente identificaban sólo lo folclórico con lo que definía la cultura de un grupo humano, y por lo tanto, obviaban todo lo demás en su definición de la realidad gitana y andaluza.

En sus descripciones de la mujer gitana se le asignaba valores positivos en relación a su excepcional belleza, que se destacaba como natural y salvaje, y del mismo modo sus bailes se señalaban como una exhibición de la pasión y la sensualidad. Sin embargo, estos estereotipos de la mujer gitana andaluza no eran más que la proyección de un varón de la burguesía que se acercaba a conocer a la mujer gitana con una gran carga de prejuicios de raza, clase y género. En esta línea, baste recordar lo que escribe John Carr al referirse a las mujeres gitanas de Cádiz de las que destacaba la indecente voluptuosidad con la que bailaban fandangos. En esta frase la adjetivación peyorativa de género es evidente. Además, este estereotipo ha llegado hasta hoy día incluso en el cine de Disney, cuyo exponente lo tenemos en la imagen del personaje “Esmeralda”, la mujer gitana que danza en “El Jorobado de Notre Dame” y cuya sensualidad parece ser fuente de todos los males del resto de personajes.

Sin duda, ante los ojos de un inglés de la Inglaterra del siglo XIX donde el pudor de la mujer era y tenía que ser extremo, la mujer gitana andaluza representaba un valor de libertad al menos aparentemente y en comparación con el concepto anglosajón y burgués. Sin embargo, caemos en el peligro de olvidar que en el contexto moral de la España católica del mismo siglo, la imagen de las gitanas era precisamente criticada por la sociedad dominante por salirse de lo que era “adecuado” o “correcto” para la mujer.

Otro viajero, en este caso italiano, Edmondo de Amici, que llegó a Andalucía en 1872 escribió un relato donde destaca la cortesía andaluza, y al referirse a una mujer gitana que le echó la buenaventura destaca su juventud y belleza.  De nuevo, se incide en el mismo aspecto de la mujer gitana que hemos señalado en líneas anteriores.

Este realce que se hace de la belleza de la mujer gitana llega a ser asumido por la propia literatura española en el mismo siglo que venimos analizando. Así, nos encontramos que en la obra  “El sí de las niñas” escrita por el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín se dice: Es muy gitana y muy mona, mucho. Esta afirmación nos indica hasta qué punto esta visión en la que se valora la belleza de la mujer gitana empieza a imponerse también entre la literatura española y andaluza.

Esta asunción del estereotipo romántico que venimos analizando, al llegar el siglo XX se convertirá en un foco de atracción que se aprovechó como negocio, de tal forma que el turismo cultural asociado al mismo, ha producido que dicha imagen se convierta en fuente de ingresos clave en la economía andaluza. Este hecho podemos afirmar que hace reproducir y perpetuar unas características de la mujer gitana del siglo XIX que, al menos, si se pretende tener rigor histórico, debemos poner en cuestión, ya que se sigue proyectando una visión distorsionada de la realidad en base a la mirada subjetiva de viajeros y escritores de literatura.

En conclusión, el cuestionamiento que cabe hacerse es, hasta qué punto esta visión de la mujer gitana del siglo XIX construida desde fuera y que ha perdurado hasta nuestros días, ha sido asumida como un rasgo de identidad en la Andalucía actual.

Bibliografía

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