Sobre el libro “Las tres rosas” de Antonio Rodríguez Torres

Fotografía: Antonio Rodríguez Torres

Cuenta la leyenda, que el chibé y la chimutra, se enamoraron. Un sentimiento imposible, destinado al fracaso y con el único consuelo de susurrarse cuánto se necesitaban. Era tal la pasión que se procesaban, que los dioses del universo se apiadaron de los amantes concediéndoles una noche.

Fruto de esa pasión, nació una raza forjada con el temperamento de su pare, el sol, y la belleza y el misterio de su mare, la luna.

Joaquina, mi bisabuela, hija de la raza calé, vivió regida por el amor incondicional hacia los suyos y las leyes de su pueblo. Gitana canastera y andarríos, se crio bajo la mirada atenta de las estrellas y envuelta en el aroma del azahar y las candelas, fue una mujer que sobrevivió al horror de la guerra.

De sus entrañas, nació mi abuela Fuli, pilar fundamental de la familia. Una gitana que por amor, se enfrentó a los prejuicios de la época, apostando por lo que su corazón le dictaba. Mujer, hija, madre y esposa fiel, que jamás dudó de sus decisiones.

Una luchadora incondicional, que soportó la pérdida prematura de sus hijos, que le hizo tambalear todo su mundo. Pero, aun así, jamás cayó.

Lala, mi mare, cuenta mi abuela que era su mayor reliquia. Una hermosa mujer esculpida con suma delicadeza, de piel bañada por los mismos rayos del sol, mirada profunda y una hermosa melena azabache que bailaba al son de sus movimientos.

De mare gitana y pare gachó, ha sabido inculcarnos a sus hijos, los principios de dos razas opuestas desde sus orígenes. Una historia, su vida, que ha seguido los mismos patrones de sus antecesoras.

Las tres rosas calé, es más que una simple novela, es un homenaje que he querido hacer a estas tres mujeres de mi familia, que tanto amor me han inculcado. Una historia amasada desde el cariño y cuya información, he retenido tanto en mi mente, como en mi corazón desde que era niño.

Tres lecciones de vida que me han enseñado, que no todo es de color de rosa, ni risas y fiestas. El camino está lleno de obstáculos que debemos sortear e incluso pueden llegar a destruirte. Pero como el ave Fénix, debemos resurgir de nuestras cenizas y seguir con nuestra vida, por muy doloroso que pueda llegar a ser.

Una historia de lucha, incomprensión y amor que he intentado reflejar en estas líneas y que gracias a ello, me ha convertido en la persona que soy.

Aún, cuando cierro los ojos, viene a mi memoria, la nana que de generación en generación, nos han cantado las mujeres de mi familia:

 

Mi niña es muy chuiquitita, ¿quién le ha pegao?

Mi niña es muy chuiquitita ¿quién le ha pegao?

Que tiene los ojillos de haber llorao.

Ea, ea, ea.

Ea, ea ea, el que no se embarca no se marea.

 

Aquí os muestro un párrafo de mi libro,

(…) Despeinada por los bruscos zarandeos, gemía desesperada y lloraba tantas lágrimas como mis ojos me permitían. Quería explicarle que nada de eso había ocurrido, que nuestro amor era puro y verdadero, pero tenía un nudo en la garganta que me impedía musitar un sonido inteligible. Mi mare me liberó de sus garras y empezó a andar de un lado a otro de la habitación; jamás la había visto en ese estado, ni siquiera cuando mi hermana Chata se escapó con el Joaquín. Estaba enloquecida y sus calumnias y manotazos eran cada vez más fuertes y dolorosos, seguramente se la oía en todo el vecindario. De repente un toc- toc en la puerta la detuvo en seco. El corazón me dio un vuelco y me puse aún más nerviosa, pues sabía quién llamaba. Tu bisabuela se peinó los cabellos y se alisó el vestido, tomó aire y abrió, sonrojada por el sofoco. La madera se deslizó hacia adentro y descubrió a un mozo apuesto y seguro de sí.

Desde las Artes del Nº8. Otoño de 2017.

Por Antonio Rodríguez Torres