Desde Veracruz, México

Por derecho

Mi nombre es Mariana Viveros Ventura, tengo 30 años, nací en la ciudad de Xalapa, Veracruz, México.

Soy egresada de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana y a la fecha trabajo como correctora de estilo y redactora, sin embargo, lo que me trajo hasta aquí, hasta estas líneas, es el flamenco, mi amor platónico, por decirlo de alguna manera, al que le he dedicado de una u otra forma más de diez años de mi vida.

Fotografía: Mariana Viveros Ventura

Mucha gente me pregunta por qué quise aprender a bailar flamenco, y, la verdad, es algo que no puedo responder. Al menos no tan fácilmente. Quisiera contestarles que fue porque alguna bisabuela me lo heredó o que mi madre me llevó desde  pequeña a clases de verano. Pero no. La realidad es que a los quince años escuché una rumba cualquiera y algo se activó: cerraba los ojos y me imaginaba usando un vestido de flamenca color negro, lleno de grandes volantes, bailando con ardor al compás de la música. Un buen día, después de mi ensoñación, abrí los ojos y me prometí hacerla realidad. Esa es la verdadera razón. Así empezó todo. Quiero creer, entonces, que el flamenco me eligió por alguna mística razón…, y yo acepté acudir al llamado.

Fue hasta los 18 que tuve las primeras lecciones más o menos en forma, sin embargo, me sometieron al tormento de enseñarme figuras e intentos de zapateados complicados sin una base de compás sólida; nuestros ensayos eran con pistas, no había guitarrista y no sabíamos hacer palmas. Es el precio que se paga por aprender en una ciudad completamente lejana a la cultura del flamenco.

A pesar de todo, la curiosidad por ver más allá de lo local fue creciendo en mí y empezaron mis pesquisas musicales y culturales en torno al flamenco. ¿Qué había además de las rumbas y las sevillanas? ¿Por qué las faldas llevan escarolas? El universo gitano  se dibujaba ante mis ojos. Se dio entonces mi encuentro con Camarón de la Isla y su alucinante voz, tan shockeante, tan intensa, un trallazo de angustia, amor y nostalgia; y con el baile de los Farrucos. Un sendero se abrió para mí, un sendero cuyo primer trazo se hizo en la lejana India, según leí en los primeros libros que compré sobre cultura gitana. De inmediato me sentí parte de ese linaje, para muchos misterioso, para otros, peligroso.

Hablar de gitanos en México es complicado, porque, pese a que hay un cierto número de romaníes, prevalece la imagen fantasiosa del gitano errante y se piensa en ellos como personajes de cuentos o películas. Pero, curiosamente, sí hay una comunidad gitana cerca del lugar donde vivo, a unos cuarenta y cinco minutos, en un pequeño poblado llamado Rinconada. Hubo una importante llegada de gitanos a México en el siglo XX; entraron por el Puerto de Veracruz y se asentaron al sur del estado. Son llamados (muy coloquialmente) “húngaros”, sean o no de Hungría, aunque parece ser que provienen de Rumanía. Hasta hace unos diez años vivían en carpas instaladas en un gran descampado cerca de las vías del tren. Cada día iban a Xalapa a trabajar. Era fácil identificarlos: las mujeres son altas y robustas, morenas, de cabello muy negro, con largas faldas; se paraban afuera de un supermercado del centro e intentaban abordar a la gente, “mano… mano… ¿le leo la mano?”  Cuando alguien se portaba grosero se miraban entre ellas y soltaban una sonora carcajada, seguida de una frase en idioma desconocido (¿romaní?).

Los hombres se dedican mayormente al comercio y al campo. Con el paso de los años adquirieron casas como el resto de los habitantes. Tengo entendido que la convivencia es buena, pacífica. Acá no se habla en términos de “integración”, la gente simplemente cohabita, hace su vida diaria sin pensar en las diferencias del vecino. No existen tópicos de discriminación hacia la comunidad romaní, aunque probablemente la mayoría de los mexicanos no es consciente de esos hechos o de las condiciones de marginación  en las que aún viven muchos en Europa y en países de Sudamérica, como Brasil o Chile.

Cuando supe que el flamenco tiene un sustrato gitano, me abracé aún más a él, trataba de imprimirle a mi incipiente baile ese algo ancestral, tan en medio de la vida y la muerte, quizá en un intento de rescatarme, de al menos naufragar dignamente.

La única vez que tuve la magnífica oportunidad de compartir el escenario con verdaderos gitanos flamencos fue hace dos años con el cante de Aarón “Cigarra” Santiago, y el toque de Ramón “Rela” González; noche de mucho arte e inspiración entre tientos, tangos y soleares. Voz y guitarra extraordinarias, quizá la mejor función de mi carrera.

Hay quienes dicen que para que  el duende exista se debe llevar una pena por dentro, y creo que es verdad. Por lo menos se tiene que alcanzar el paroxismo de cualquier emoción. Pero la pena, ciertamente, se recrudece una vez que convives con el flamenco, más aún cuando proviene de él mismo, porque, aunque mi camino en el baile pareció enderezarse con el paso del tiempo, me topé por primera vez con el monstruo de la frustración: pocos foros, pocos músicos, poco compromiso; mucha envidia profesional, mucha falsedad, mucho “villamelonismo”. Tuertos en país de ciegos.

La última vez que bailé en un escenario fue en julio de 2016, con un calor tan abrumador como la desazón que sentía. Esa tarde renuncié al baile como quien renuncia a un amor para conservar su mejor recuerdo, para no terminar aborreciendo lo que  se ha adorado.

El flamenco me mueve aunque no lo baile; me hace vibrar aunque he cortado con escucharlo cada día y a todas horas, y me creo plenamente lo que muchos me dicen: “Mariana, tú pareces gitana”. Para serlo de verdad he de marcharme de la tierra que no produce frutos, recorrer caminos y cruzar mares hasta llegar a la ciudad que siempre he soñado, donde sé que nací alguna vez, cuando aún había sultanes (tal vez allá recupere mi danza.)

Para ser gitano, uno de corazón, se ha debe vivir como se debe bailar: por derecho