José Vargas: El Rubio

“El Rubio” así han llamado a mi abuelo desde que nació. Hijo de José Vargas Martín y Matilde Ramírez Torres; hermano de Amalio, Mercedes, José, Antonio y Fernando, siendo este último su hermano mellizo. Ejemplar discordia genética siendo Fernando “El Moreno”, apodado así desde la cuna, y mi abuelo, que, con piel clara como el algodón, rubio como las candelas y ojos azules cielo, fue apodado así, “El Rubio”

Mi abuelo era el gitano por antonomasia. Coqueto a rabiar, arreglado hasta para ir a por el pan, que aun a día de hoy sigue siendo una guasa de mi madre y mía hablar sobre la cantidad de perfume que el usaba. Además, tenía una capacidad comunicativa digna de locutor de radio que junto a su profesión de toda la vida, vendedor de repuestos para automóviles, conseguía venderle cubitos de hielo a los esquimales.

Y así sus hijos y yo; su nieto.

Igual en herencia gitana que cualquiera de mis primos; pero, al contrario que ellos, llevo toda mi vida explicando que sí, que se puede ser gitano y rubio.

La última vez que tuve que hacerlo fue en un campamento social, donde fomentamos a través de juegos la inclusión y la multiculturalidad. Imaginad si para mí fue un placer esto, que orgulloso iba a explicar mi procedencia romaní a 30 niños de edades comprendidas entre los 4 y 12 años…

En uno de los juegos se les pidió que explicaran como sería para ellos físicamente una persona de etnia gitana. Entended la inocencia de los niños en el momento de describir como seríamos para ellos.

“Con el pelo negro y barba larga” dijo uno, “con un sombrero y un bastón” o “con un diente y de oro” fueron algunas de las explicaciones que me dieron. Fue inevitable reír hasta llorar con alguno de sus razonamientos.

Al final del juego, se les pidió que se taparan los ojos para que, cuando volvieran a abrirlos, pudieran ver a un gitano delante de ellos.

Y así fue. Me encontraron a mí.

 

– ¿Quién profe? ¿Dónde está el gitano? Preguntaron cuando no vieron a ningún desconocido.

– Chicos soy yo, yo soy gitano. – Les dije rompiendo por completo sus esquemas, reflejándose en sus caras la más sincera sorpresa. Aún en shock alguno me dijo que no, que no podía ser que yo fuera gitano.

– ¡Eres mi profe! Y además eres muy blanco y tienes los ojos muy azules y el pelo rubio.

 

Y en este instante cambió algo para mí. De pasar media vida explicando a adultos que es posible ser gitano con tez clara y ojos azules, a hacer lo mismo, pero con niños.

Los gitanos llevamos aproximadamente cinco siglos en España; siendo de procedencia nómada y habiendo recorrido medio mundo, e incluso en muchos momentos perseguidos, desarrollamos la capacidad de integrarnos entre diversas culturas sin perder nunca la nuestra si no, por el contrario, añadiendo saber a nuestras raíces.

¿Qué cómo reconocería yo a algún romá?

Hace un tiempo, vi en la tele a “Farruco”, el bailaor. Dijo textualmente que a nosotros se nos puede reconocer a la hora de bailar, que se nos nota en la forma de levantar la cara, de estirar los brazos y hasta de mover una ceja. Y así lo veo yo también, no solo con el baile, sino con todo. A la hora de expresarnos con las manos, de levantar las cejas al gesticular, de mirar al atender, de respetar a nuestros mayores y amar tan fuerte a nuestra familia. Como también al explicar al mundo que sí, que existimos siendo rubios y claritos de piel. Que estamos en medio mundo y que los habrá hasta pelirrojos.

Uno de mis tíos abuelos nada más nacer, me llamó “camarón” y no porque llorase muy fuerte ni “entonao” sino porque nací muy rosa y “encogío” …, como un camarón de Chipiona.

Ahora, por herencia de mi familia, luzco el legado de mi abuelo y he pasado a ser “el rubio chico”. Nadie sabe cuánto representa esto para mí; tener mi esencia propia sin dejar ni un día de mi vida de ser orgulloso: el nieto de mi abuelo. A mi parecer la seña más característica de mi sangre es la capacidad de, aun manteniéndonos entre costumbres muy arraigadas, no haber parado de aprender y adoptar formas distintas. Somos capaces de evolucionar, igual que el resto de comunidades y culturas. Viviendo en cualquier barrio, ciudad y país.

Uno de los niños de aquel campamento es hijo de un vecino de toda la vida de mis abuelos. Al contarle su hijo lo que pasó en el campamento, él, su padre le respondió que no, que nosotros (hablando por mi familia) no somos gitanos.
Inocente el crío, me dijo lo que su padre le había dicho al día siguiente en el aula. Mi asombro fue enorme al entender lo fácilmente que entienden los niños y lo que nos cuesta a los mayores. Cuando su padre volvió a recogerlo, no pude evitar dirigirme a este señor para decirle que sí, que es verdad; mis abuelos, madre y tíos han sido muy rubios siempre. Han trabajado toda la vida, estudiado y, es cierto, no tenemos un diente de oro.

Pero somos gitanos.

Quizás para algunas personas sea necesario llevar un emblema en las chaquetas o un cartel en la puerta de nuestra casa que avise de qué viven gitanos. O claro, no somos de negro pelo y tez “acanelá”.

O puede que sea cierto. Puede ser que el mundo piense que, como somos gitanos tenemos que vivir o comportarnos de un modo determinado. Pero lo cierto es que no.

La verdad es que andamos por más de medio mundo.

En mi caso vivo en Camas, un precioso pueblo de Sevilla habitado por unas 28.000 personas entre hombres y mujeres, y no existe un censo local en el que se diferencien personas gitanas porque realmente, la diferencia no se encuentre en la coloración del pelo, ni en el tono de su piel. Porque quizás el color de sus ojos no le hagan ser de un modo determinado, simplemente puedas encontrar diferencia en su corazón.

 

Y aquí me encuentro yo, muy rubio y muy gitano.

Fragmentos de vida del Nº9. Invierno de 2018.
Por José Vargas