Lo que nos inculcaron sobre la Diferencia.

¿Qué significado tiene ser diferente? Los seres humanos siempre hemos querido llegar a serlo sin vacilaciones… Y si todos queremos serlo ¿por qué motivos no respetamos al que hemos apartado de nosotros por considerarlo como el diferente?

Y de ahí viene la contradicción, yo soy único, mi pueblo es único, vosotros no sois como yo y por ello te alejaré lo que pueda de mí y de los míos.

Sucede entre todos nosotros, el que da el paso hacia la empatía firme hace un esfuerzo sobrehumano, porque ello supone salir de nosotros mismos para meternos en la piel de otro y sinceramente, no es algo que veamos constantemente. El instinto de un yo feroz nos hace movernos como máquinas automatizadas en torno a nosotros mismos, que nos lleva a pensar “yo soy únicamente yo y la realidad supone la visión que yo tengo sobre ella”

El aplastamiento de otras formas culturales ha producido más temor y enfrentamiento, y debería ser completamente lo contrario: enriquecimiento y diálogo. Y en miles de casos, lo triste es que estas dos palabras se han convertido en una teoría bonita de cartel.

Señalando a todos los pueblos jamás podremos dialogar de una manera sincera si creemos en la exclusividad de nuestra palabra, sin oír a un otro (que construimos en base a nuestros intereses) al que consideramos de una escala inferior o al que odiamos por razones que nos introdujeron desde niños: aceptémoslo de una vez. Todos.

Una perspectiva de los que consideramos diferentes es una cima enorme, pero es muy importante tener la certeza de que podemos acercarnos lo máximo posible, es decir “podemos permitirnos ser diferentes, y tu riqueza me enriquece para ser lo que soy”. Si así fuera cuánto podríamos aportarnos… ¿Es posible conseguirlo?

Tras las grandes tragedias que las culturas dominantes han ocasionado en la historia, los emblemas y los tópicos sobre la igualdad, en muchas ocasiones nos han alejado más, ya que han sido demasiado utilizados en la teoría, pero excesivamente escasos en la práctica.

Si recapacitáramos un instante, el hecho de sentir tal diferencia en nuestras carnes no es más que un beneficio hacia nosotros mismos, ya que las personas nos sentimos abrumadas si quién nos mira lo hace sin “el grueso cristal del prejuicio”. Pero ¿por qué nos cuesta tanto y en tantas direcciones? Presumimos de lo nuestro, de nuestra capacidad, de nuestros valores y para describirnos, en infinidad de ocasiones lo hacemos comparándonos con ese otro que no aceptamos.

Las teorías más simplistas anuncian que la igualdad puede hacerse realidad y que el racismo puede combatirse con medidas ya inventadas, ¿hay alguna que no hayamos sacado del cajón?

La solución no es divulgar una sola de esas medidas y conseguir la meta, sino la unión de muchas que se inculcan desde la niñez en el hogar y en el aula. Si nacemos en un lugar donde la raza, el prejuicio y la inferioridad sean escuchados con asiduidad, no nos quepa duda de la mirada que tendremos hacia los otros que se construyen en base al miedo. Es bastante fácil entenderlo ¿a quién le extraña? A todos puede sucedernos si tu familia lo retrata así.

Pero para mantener la esperanza, detengámonos en casos que han alterado la cruda realidad… Existen familias gitanas que han vivido el racismo en sus carnes y podrían definirse como excepciones admirables, ya que después, han sido capaces de acercarse a ese otro al que consideraron diferente, cambiando la perspectiva anterior entre ambos. De este modo, cuando esto ha sucedido, la realidad se ha vuelto inesperada, híbrida y extraordinaria.

 

Editorial del Nº9. Invierno de 2018.