Aurora Serrano Serrano

Desde las páginas de esta ventana a la vida de las mujeres gitanas, me desnudo sin esconderme tras ningún cristal para contaros mi historia y la de muchas mujeres que durante su vida han sufrido violencia de género o lo que es lo mismo, un maltrato psíquico, sexual, económico, social por la persona que amas y que crees es todo para ti, el príncipe azul que te amará eternamente.

Mi nombre es Aurora Serrano Serrano, soy una mujer gitana, Graduada en Igualdad de Género y Master en Derechos Humanos por la Universidad Autónoma de Madrid.

Nací en el seno de una familia gitana de la capital de España, mi padre, un gitano excepcional al cual le debo lo que soy porque, aunque en su momento no vieron la necesidad de que siguiera estudiando, con doce años y debido a la presión de sus hermanos mayores (ya que él era el más pequeño) decidió junto a mi madre que no era necesario que siguiera mi educación reglada con la edad de doce años y sin tan siquiera graduado escolar, mi futuro sería  aprender a llevar una casa y hacer “cosas de mujeres”,  yo que jugaba al fútbol como guardameta y tenía una perra que se llamaba Dinki de raza mastín, que pesaba más de noventa kilos y que iba conmigo a todos los sitios; esta situación hizo que fuera una niña muy libre e independiente, con ese enorme animal protegiéndome a ver quién se acercaba a mí. Yo, una muchacha que cuyo sueño era ser cirujana, dejé los estudios, pero no las ganas de aprender, me hice de círculo de lectores con apenas catorce años utilizando el DNI de mi hermana mayor, siempre había pintado desde que tengo uso de razón, así que comencé a leer todas las biografías de Salvador Dalí y de su mano conocí el surrealismo, la Generación del 27 y sus profesores, la Generación del 98… Estudié peluquería, ante y napa mientras pintaba cuadros al óleo en mi casa.

Las ansias de aventura, la temeridad que me caracteriza, el no sentirme realizada, el sueño del amor romántico que nace de lo más profundo del patriarcado, fue el caldo de cultivo que hizo que me enamorara de un payo que no conocía de nada. Un día debajo de mi casa comencé a hablar con él, simplemente porque tenía un perro que cojeaba, yo que leía todo lo que caía en mis manos, me prometió que me iba a prestar un libro, así fue como conocí a mi maltratador. Comencé a salir con él a escondidas durante un mes y medio, enamorada del amor romántico y como una inocente adolescente gitana, una noche después de una gran discusión con mi familia decidí que al día siguiente me iría de casa con mi amor. Así lo hice, mi familia por la ofensa de que una niña moza de 19 años se había ido de casa y con un payo, dejó de hablarme, por lo que estaba sola en manos de un maltratador. Pronto empezaron los menosprecios, los insultos, los enfados sin sentido, los empujones.

Cómo alguien como yo, que amaba a su padre, había dejado su casa y se encontraba inmersa en este infierno. A los seis meses de aislamiento, menosprecio y doblegación, me dio la primera bofetada y fue en público. No podéis ni imaginaros la vergüenza que sentí yo por el guantazo que él me propinó simplemente por reírme, algo que no le gustó, estábamos rodeados de su familia, pero nadie le regañó, a mí me consolaron y nada más. Al día siguiente yo no sabía qué hacer, estuve toda la noche llorando, me acordaba de mi familia, pero cómo decirles lo que me estaba pasando, si yo no sabía realmente qué era esto que estaba viviendo, yo le amaba y él a mí también. Por la mañana me pidió perdón de rodillas, lloraba desconsoladamente y me decía que no volvería a pasar, que era el amor de su vida y que si lo dejaba se quitaría la vida. Sin darme cuenta ya estaba sumergida en el ciclo de la violencia de género. Pronto cambiamos de casa por lo que mi aislamiento se incrementó, no me dejaba hablar con mis amigas, no le gustaba ir a ver a mis padres, le molestaba que hablara con cualquiera, entré en una profunda depresión que me produjo una bulimia nerviosa, me quedé con cuarenta kilos, me había quitado la ilusión por vivir. Pronto las broncas eran más continuas, los tortazos se convirtieron en palizas cada vez más fuertes y continuas en el tiempo. Nadie de mi entorno sabía lo que pasaba excepto los vecinos, cosa que yo no sabía. Este tormento duró cerca de cuatro años, la última vez que me puso las manos encima me tenía acorralada y me estaba estrangulando, mis pies no estaban en el suelo, me había elevado hacia arriba sujetándome por el cuello, justo antes de que perdiera el sentido llamaron los vecinos y las vecinas a la puerta con gran estruendo por lo que me soltó. Al día siguiente destrozada me fui al trabajo, dios hizo que me encontrara con mi amiga Susi, se dio cuenta de que algo pasaba y me preguntó, yo no lo podía negar ya que tenía el cuello amoratado. Fue la primera vez que hablé del infierno en el que vivía, gracias a mis amigas que me arroparon, me acompañaron e incluso una de ellas, Tere, me llevó a su casa y estuve viviendo con ella y su familia hasta que conseguí ingresar en una residencia de mujeres maltratadas. Por todo esto conseguí salir del infierno del terrorismo doméstico. Si mi amiga no me hubiera encontrado esa tarde por casualidad, mi maltratador en algún momento no muy lejano me habría matado.

Cuando dentro del seno de una familia gitana se produce violencia de género, no se permite. Para el pueblo gitano el respeto es su seña de identidad y si maltratas a tu mujer no eres un buen gitano. Cuando se da un caso de malos tratos, los y las gitanas de respeto intervienen haciendo que cese esa situación, bien mediando con la pareja para que esto no se vuelva a repetir o disolviendo pacíficamente la relación. Si yo hubiere estado protegida por el paraguas de mi comunidad no hubiera sido tan largo mi infierno.

Si te quiere no te pega, nunca aguantes, déjalo. Sin darte cuenta puedes entrar en el círculo de la violencia de género que te hace caer en un síndrome de Estocolmo doméstico, que significa esto, un vínculo interpersonal de protección que se construye entre las mujeres víctimas de maltrato y sus maltratadores, encuadrado en un ambiente traumático que hace que los estímulos estén reducidos, mediante la inducción en la mujer maltratada a un modelo mental que la lleva a entrar en un estado de desorientación, pérdida de referentes, estrés e incluso depresión. La fase desencadenante del “síndrome de Estocolmo doméstico” ocurre con las primeras palizas, destroza el espacio de seguridad de la relación amorosa, que deriva en perdida de referentes, desorientación, estrés y depresión. Los esquemas cognitivos se desordenan debido al trauma sufrido, por lo que son las víctimas en algunos casos las que se auto inculpan y entran en un estado de desamparo y resistencia pasiva. En la fase de afrontamiento, la maltratada asume el modelo mental del maltratador, buscando la manera de proteger su integridad psicológica, proyecta la situación violenta que sufre por su pareja, culpando de esta situación a agentes externos. Debido a esto, es por lo que las mujeres sufren en silencio la violencia de género durante años, e incluso son muchas las que defienden a sus maltratadores, como si la conducta agresiva, fuera el producto del exterior y de un entorno que los empujara a ser violentos.

La violencia de género nace de la desigualdad entre el hombre y la mujer, para terminar con esta lacra social hay que enseñar que todos y todas somos iguales. Tenemos que denunciar el etnocentrismo del patriarcado que no quiere perder sus privilegios y mediante la desigualdad, social, laboral, sexual…, se hace fuerte para no perder sus mayorazgos. Basta ya de terrorismo doméstico.

Mujeres del Nº10. Primavera de 2018.
Por Aurora Serrano Serrano