Desde Brasilia

Me llamo Veruska, tengo 27 años, de madre gitana y padre brasileño tengo un lugar entre dos mundos. Nací en Brasil y vivo en España desde 2016. Soy psicóloga, cartomante y sigo buscando tornarme terapeuta integrando esas dos profesiones frente a otros conocimientos. Tengo dos hermanos que actualmente viven en Uruguay y mis padres siguen en Brasil y en Argentina.

Fue en Brasilia donde viví gran parte de mi vida. Vine a España en 2016 y tras un año de ilegalidad volví a estudiar una especialización terapéutica llamada “Constelaciones Familiares”. Mi padre es brasileño, nacido en el norte de Brasil, una región donde prevalecen las raíces africanas e indígenas, él vino de una familia muy pobre con 19 hermanos con los cuales teníamos poquísimo contacto. Mi madre es una mujer gitana cuyo camino, tras muchos sucesos, terminó llevándola a alejarse de su familia porque crecimos sin tener prácticamente ningún contacto con nuestra familia, yo y mis dos hermanos. Es una sensación inexplicable, la de extrañar a alguien que jamás conocimos…

En Brasil la cuestión que se crea alrededor de la imagen de los gitanos es un poco distinta de lo que pasa en Europa, con toda la mezcla y riqueza cultural que existe en el muy extenso territorio brasileño los estereotipos son bastante más sutiles, y los prejuicios visibles tras algunas cortinas de seda. Se romantiza la figura gitana, retratada por veces como un pueblo maldecido, que perdió el derecho al poder por abusar de él, y otras veces mezclada a un aire de arte, sensualidad y libertad, con poderes sobrenaturales, siendo común encontrar en estos lugares personas que se dicen gitanas, gitanas de alma o aun que alguna gitana le acompaña espiritualmente.

Asimismo, los gitanos en situación de vulnerabilidad son los que más clareza tienen del prejuicio y de la violencia, algunos todavía semi-nómadas, enfrentan un doble prejuicio e invisibilidad. Viviendo en lugares sin saneamiento básico, discriminados en las instituciones de salud, educación y seguridad,  enfrentan la irónica situación de ser considerados menos gitanos por los otros  grupos gitanos, sobre todo los ricos, que suelen creerlos culpables  por la permanencia de la mala imagen del  pueblo ante las sociedades  y a la vez de los payos, que no les reconoce la identidad gitana porque les falta el exotismo romántico que  esperan encontrar (aunque todos los conocidos estereotipos negativos también actúan sobre ese imaginario). Los demás en general ocultan esta identidad, no son percibidos como gente no normal pero tampoco se les atribuye la gitanidad por la cara o los apellidos, causan desconfianza, pero no se sabe por qué, quizás porque tengan que negar su identidad en las relaciones con el otro, por tener negada la aparición en los espacios públicos.

Oculté esta identidad por gran parte de mi vida mientras se aplaudía a esos gitanos de fantasía. Siempre escuché que era una persona “exótica”, “rara”, sin que hubiera en mi mente cualquier justificativa para aquello. Me intentaba ocultar, me hice por años una persona muy callada, como que cargando en las espaldas todo lo que debería estar adornando mi vida. Mi madre se encargó de transmitir a mí y a mis hermanos todo lo que pudo de su cultura y su crianza. Es una condición de identidad constantemente limítrofe ya que la cultura no puede ser transmitida por una única persona. Fue una transmisión de símbolos, carácter, historias, canciones…, para vivirlo puerta adentro pero muy pocas veces puerta afuera.

Cuando tenía ocho años, jugando con amigas con una baraja normal, decidí que iríamos a jugar a echar las cartas. Sin que percibiera que los adultos de la casa empezaron a ponerse alrededor nuestro, yo empecé a jugar a echarles las cartas. Al volver a casa lo conté a mi madre, dijo que no debería volver a hacerlo hasta que tuviera mi propia baraja. Con 14 años la tuve y desde entonces fui construyendo mi relación con ellas, echándolas solamente en mi círculo íntimo. A los 21 años hice un viaje decisivo con mi madre, fuimos a donde estaba nuestra familia. Conocerlos fue un desafío, ver la real distancia que había entre nosotros, que yo hablaba otro idioma y percibía que nuestra presencia causaba separaciones, habían pasado diez años desde la última vez que vieran a mi madre y su abuela ha forzado a parte de ellos a recibirnos. El ambiente era bastante tenso a principio, con muy poco dialogo, pasaba gran parte del día a solas mientras mi madre trataba de tantas conversaciones que esperaron años para ocurrir… Poco a poco las cosas fueron cambiando. Al final de los meses me fui bajo mucho amor, abrazos apretados e invitaciones a quedarme. ¡Descubrí mi familia!

Al volver me sentía más fuerte y dejé de ocultar mi identidad. Cuando se tocaba el tema pasé a manifestarme y abrí mi trabajo con las cartas a la esfera pública. Trabajé mucho tiempo con la baraja gitana, encontré otras personas no gitanas que hacían lo mismo y que más de una vez intentaron explicarme cómo eran las costumbres gitanas para echar las cartas y cómo una gitana bailaba. Era de risas…

En la universidad tenía una atracción natural por todo lo que tocara el tema de los ancestrales, me metía en actividades relacionadas con la danza y la música, como arte y como forma de asociar el trabajo terapéutico a la expresión corporal. Eso me distanciaba de los tópicos culturales básicos que compartían y me puso una vez más en el lugar de bicho raro. Responder a preguntas como “¿cómo vas a hacer cuando seas psicóloga? No puedes seguir con eso de “las cartas” o “deberías vestirte de otra manera, no suena profesional”, “o quieres tener arte o quieres ser psicóloga” era algo común, una serie de negaciones a mi historia.

De todas maneras, fue el trabajo con las cartas lo que me aportó el dinero para venirme a España. Me gradué necesitando expansión, encontrar estructura interna para hacer la unión entre aquello que quiero hacer como trabajo y lo que considero importante sobre mí. El trabajo con las Constelaciones me llevó a experiencias profundas con mis raíces, con la historia de mi familia, aportando mucho más de lo que me esperaba. Veo con eso una posibilidad de unificar mi trabajo con las cartas a una practica terapéutica, una vía de afirmación de quien soy, aportando aquello que realmente puedo ofrecer en lugar de querer encajarme en un papel en lo que jamás cabré… Esta busca incesante por encajarme finalmente va viendo la luz de un camino autentico.

Desde que llegué a estas tierras he visto como es claro el prejuicio, como la negativa es mucho más intensa y como es innegable lo sangriento que es el proceso de segregación y falsa integración del pueblo gitano. Por primera vez experimenté el paquete completo de la xenofobia. Reconocí los privilegios que tengo al ocupar este lugar hibrido, donde puedo sostener mi identidad gitana y al mismo tiempo no ser percibida así cuando conviene, como es fácil traer la fuerza de estas raíces desde un lugar individual y lo complejas que se pueden tornar las cosas cuando la reivindicación pasa a ser colectiva. Una experiencia decisiva en este sentido fue acompañar el Congreso de Feminismo Romaní, cuando empecé a las colectividades y pude ver a estas mujeres desarrollando su trabajo con su potente voz para llegar a una representatividad gitana empoderada que pueda generar verdaderos cambios sociales. Mi madre fue para mí la intensa voz de la colectividad, recayendo sobre ella tantas cosas que solo ahora empiezo a comprender… La identidad gitana es colectiva.

Desde otros lugares del Nº10. Primavera de 2018.
Por Veruska Castello Branco.