La tía María (por Ana Segovia Montoya)

Por todas esas gitanas que han sido fundamentales en la construcción del acervo cultural español y que no han sido reconocidas

María tiene los ojos verdes, arrugas que simbolizan una lucha incansable, 82 años y una larga melena negra también, tres hijos, y toda una vida de batallas ganadas siempre con una sonrisa. María se quedó viuda pronto, pero eso no la hizo venirse abajo, ha dedicado todo lo que ha sido y todo lo que es a los suyos, a nosotros/as y todavía no hemos podido decirle cuánto la queremos y la admiramos, mi tía María es uno de los estandartes de nuestra casa, es la más mayor de todos y ya sabéis lo que eso supone en las casas gitanas.

Tita María se ha ganado a pulso el cariño de su gente, y es conocida en San Roque (Cádiz) como María “Frasquito”, Frasco era mi bisabuelo, su padre…

Cuando era una niña, mi bisabuela María se puso malita, y ella… que apenas era una “media mocita” se hizo cargo de su hermana pequeña, Paqui, mi abuela y además se encargaba de la casa, de su padre y de sus hermanos ya mayores, María creció en una casa gitana, gitana y pobre… pero cuánta fuerza tenía María, la misma que a día de hoy sigue demostrando.

Era tan bella mi tía María que un día el pintor linense Cruz Herrera quiso hacerle un retrato, en el que la gente pudiera observar la belleza de las mujeres gitanas y es que mi tía es muy gitana y muy de San Roque…

Al ofrecimiento del artista María no quiso pensarlo eso sí, iría cubierta… con su mantón de manila o con algo porque de “ninguna manera estaba dispuesta a sugerir, mostrar o enseñar nada que pudiera ofender a su padre Frasco”. María se escapaba de su casa cada tarde e iba a casa del pintor, que la esperaba con su mujer para pintarla, allí sólo le quiso hacer una reivindicación “Usted el escote me lo cubre”, y así fue, con una mantilla que era propiedad de estos señores le simularon una blusa de encaje que podía o no dejar a la imaginación, pero ella estaba “tapaita”, hubo consenso en la negociación.

Como muchos artistas hace 70 años, buscaba con sus retratos lo exótico, lo folklórico y también lo bello, una belleza que constantemente estos artistas encontraban en mujeres gitanas, como tantos otros pintores y escritores del siglo XIX que venían de sus extranjeros países a plasmar a través de estereotipos banales, incompletos y dañinos la realidad de una España que se encontraba a años luz de otros países de la vieja Europa, algunos más cuestionables que otros sí, pero al final este cuadro fue magia… porque aquí decidía una gitana, que sigue con una pena grande, porque aunque le hizo feliz ser la protagonista de este cuadro y hacerlo como ella quiso, el cuadro no llevó nunca su nombre.

En las obras de Cruz Herrera, las pinturas costumbristas muestran siempre lo exótico de la belleza de las gitanas y también de las musulmanas, sus ropas cómodas y sobre todo miradas de mujeres que como mi tía María, desafiaban a quien fuera necesario para conseguir sus metas, pero esto no suele contarse de nuestras antepasadas, así que lo cuento yo;  ella quiso su cuadro, ella hacía sus tareas en casa y cada tarde a escondidas de su familia se iba a casa de Cruz Herrera, y junto a su mujer él la pintaba. Cuando el cuadro estuvo acabado se lo llevó a su padre… y le dijo “Opá, esa soy yo”.  Ante la noble respuesta de un padre que lo que pudo decir fue “bueno, estás muy decente”, María solo pudo congratularse consigo misma, “tengo mi retrato y a mi pare le gusta”.

No hace falta que diga que en aquella época el precio que se pagaba en los pueblos por ciertas cosas era muy caro, y no era un impuesto que sólo pagaban las gitanas como esta sociedad quiere hacernos creer… ser musa de un artista en un pueblo como San Roque tenía que estar muy bien justificado. La estructura patriarcal que pesaba encima de las mujeres en aquella época, al igual que nos pesa ahora, siempre estaba por encima de los deseos individuales de cualquier mujer, fuera o no gitana, pero siempre hay puntas de lanza, siempre hay pioneras y creo que ella lo fue y lo es, aunque nunca se lo haya dicho.

Cuando nos cuenta la historia, la cuenta siempre así, “Cruz Herrera quería pintarme porque yo era una gitana muy graciosa”, pero no sólo era graciosa… Mi tía María es belleza pura, es gitanidad y sobre todo es fuerza e ímpetu. Tenía quince años cuando le ofrecieron hacerle el retrato, aunque el gachó no quiso ponerle su nombre, y ella se quedó con esa pena, hoy en día el retrato que aquí puede verse, está expuesto en el museo Cruz Herrera que está localizado en la Línea de la Concepción y fue cartel de la feria de La Línea en 1974.

Mi tía María ha sido musa, trasgresora y valiente, quizá sin darse cuenta, porque con quince años se plantó delante del pintor y le dijo “tú me vas a pintar, pero como yo quiera”, en aquel momento ella tomaba la decisión de lo que quería mostrar o no de su cuerpo, y de si quería o no ser musa aunque fuera por unos pocos meses y desafiando los convencionalismos y las normas establecidas sobre lo que podía o no hacer una mujer joven.

Pero su pintura será eterna, somos una familia grande y no vamos a dejar que la historia de “Tita María caiga en el olvido” porque es otra aportación cultural que el pueblo gitano le ha hecho a este país y que como en la mayoría de ocasiones, ni siquiera llevaba su nombre, o bien no se reconocía que la mujer que lo protagonizaba era una gitana, yo me pregunto por qué, aunque si pensamos un poco está bastante claro. Sin embargo, al debate de la apropiación cultural, el no reconocimiento de las aportaciones que hemos hecho durante siglos al acervo cultural de este país y otras tantas cosas me sumaré otro día porque hoy la protagonista es ella.

Mi tía fue dueña de sus decisiones hace ya más de 70 años, porque aquí no había servilismo, ni sometimiento, aquí había carácter, capacidad de decisión y por qué no decirlo, mucha belleza, una belleza de esa que irremediablemente los pintores tenían que buscar en caras gitanas… porque no la encontraban en ningún otro sitio.

Tita María te quiero, te queremos cada uno de tus hijos/a tus nietos/a y tus sobrinos y sobrinas… tenemos un espejo en el que mirarnos.

Gracias por tanto.