Al mal humor, ¿estrategias nuevas?

Verano, periodo estival y un servidor en medio de un paraje natural que invita al descanso y a la calma. Hago uso de mi teléfono móvil y accedo a mi perfil como usuario de una de las redes sociales más utilizadas por los y las simpatizantes de esta nueva manera de comunicación e información que llamamos internet. Con cierta parsimonia, voy leyendo todas y cada una de las actualizaciones hasta encontrarme con “la publicación”, aquella que tiene vinculado un video de youtube que ya lleva, hasta ese momento, varios miles de visualizaciones, con una entrada que muestra un texto de indignación y de rabia y que acaba con varios emoticonos que fácilmente te ayudan a entender que lo que está compartiendo la usuaria, no es algo de su especial agrado. Intrigado pulso en el link que me lleva al recurso, y tras dos minutos y doce segundos de visionado, mi expresión cambia y mi ceño se frunce inexorablemente. Comienzo a ordenar mis ideas y mi cerebro va en quinta y a 200 km/h.

Como activista, inicio un proceso de reivindicación y lucha aprovechando todos mis recursos y comienzo un seguimiento del desarrollo de los posteriores acontecimientos que por horas iban sucediendo. En medio de la tormenta emanaban ciertos discursos que van dejando al descubierto que en materia de odio y discriminación poco o nada se ha avanzado. Van argumentando actuaciones desde el humor y la libertad de expresión.

Pero, ¿qué uso se está haciendo del humor? El humor, entre otras muchas cosas, se entiende como una virtud.  Cuando alguien usa el humor, o como se dice en mi tierra tiene “age”, lo valoramos sobremanera y es una atracción constante que nos embelesa, no obstante hay que delimitar bien qué es.

Traigo al recuerdo la muy estudiada teoría aristotélica de la virtud, identificando ésta con el hábito de actuar en el justo término medio entre dos actitudes extremas. Es por ello por lo que cuando hablamos de humor es importante tener esta concepción bien interiorizada porque en el momento en el que ese humor no está en el sitio en el que debe estar, se desplaza hacia una de los dos extremos entre los que se sitúa, hablando en este caso de la ridiculización y por ende, haciendo daño.

Viendo la calidad del protagonista no cabe esperar otra cosa, porque el miedo a no caer en el otro extremo; entiéndase el tedio, lo lleva a hacer uso del estereotipo como base de un monólogo. Una vez más deja entrever que cuando la mediocridad impera en tu manera de hacer las cosas resulta muy difícil usar el humor de manera inteligente.

Sí señoras y señores; el humor tiene otros fines que no son precisamente el de ridiculizar a un determinado colectivo, pero para ello hay que tener determinadas competencias y una cierta agudeza intelectual que verifica cuando se tiene talento de verdad.

¿Y por qué digo esto? Porque no hay nada más fácil que tirar de un estereotipo rancio y obsoleto para lanzar un mensaje muy desafortunado y provocar la risa de un público que al carcajear, deja claro que no forma parte del colectivo atacado y que se salva de la mención…, pero amigos y amigas mías, con discursos así, todo es cuestión de tiempo.

No es algo tan difícil, y en el otro lado del charco, muchos y muchas profesionales usan el humor para sensibilizar sobre lacras como la discriminación que siguen asolando al mundo, porque el humor es necesario y es útil, pero por supuesto el buen humor. El humor, usado de esta otra manera más efectiva y filantrópica, debiera convertirse en tendencia en todos los rincones del mundo.

La libertad de expresión y los derechos humanos son, un principio y una condición respectivamente, que deben ir en la misma dirección porque si van en direcciones contrarias irremediablemente chocan y se autodestruyen, porque no olvidemos, que la libertad de expresión acaba donde empiezan los derechos. Con mayor énfasis si hablamos de derechos que no están siendo garantizados para determinados colectivos, y en este caso, para la comunidad gitana.

 

                                                                                                                                                             Fernando Morión

Es curioso cómo las propias gitanas y gitanos nos hemos convertido en lanzadera para convertir lo desconocido en mediático, cómo algo que a priori pasaría totalmente desapercibido resulta ser objeto de interés en el mismo instante en el que añades la palabra gitano y sobre todo, es más curioso todavía, el uso tan gratuito de esto, que ya se ha convertido en recurso por parte de oportunistas, para llegar a conseguir aquello que más ansían, la fama y el reconocimiento.

Toda esta instrumentalización y el contexto en el que se desenvuelve me hacen plantearme otra cuestión;  resulta deleznable como cada vez que la propia comunidad gitana ponemos en el debate público, desde una reivindicación histórica,  que algo nos daña, que no está bien hecho, que es perjudicial, que nos estigmatiza, que se nos invisibiliza, o que no nos representa, de manera automática nace una empatía de una gran parte de la ciudadanía, en ocasiones hasta empalagosa, hacia justamente aquello que los gitanos y gitanas hemos señalado como motivo de nuestra reivindicación convirtiendo al atacante en atacado y posteriormente en “producto de calidad”.

Quita el sueño pensar que después de unos argumentos sólidos y una más que justificada lucha, encumbren a aquellos y aquellas que flaco favor nos hacen y que ayudan a perpetuar esa imagen tan denostada que ya se tiene y que seguimos sufriendo la comunidad gitana.

Entonces recapacito y pienso; además de combatir y denunciar el antigitanismo, ¿debemos iniciar inteligentemente una nueva línea de actuación yendo contra los nuestros y nuestras que sí son referentes?, ¿tendremos que señalar como mala praxis a músicos gitanos, actrices gitanas, cantaoras gitanas…en definitiva, profesionales gitanos y gitanas que sí son reflejo de nuestra historia y cultura y que muestran una verdadera imagen, real y diversa de la comunidad gitana? Lo mismo resulta ser una buena estrategia y conseguimos que se les dé ese reconocimiento y esos espacios a los que les cuesta el doble de trabajo llegar.

Fernando Morión Fernández