Las revolucionarias de la Generación X

En los últimos años, muy probablemente haya aumentado el número de gitanas universitarias, sobre todo si lo comparamos con las décadas anteriores. No obstante, las estadísticas son bastante desalentadoras. Según Damonti y Arza (1), solo de 2 a 10 gitanos de cada 1000 llegan a la universidad, mientras que en las filas del resto de la población esta cifra sube a 280 de cada 1000.

Mi nombre es Maribel Bermúdez Palacios, tengo 23 años y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Para mí son completamente un misterio esos otros 8 gitanos universitarios. Nunca he hablado con ninguno, y ya es raro, porque si de algún lugar tiene que haber gitanos universitarios, tiene que ser de Madrid, que para algo es la capital y se supone que los núcleos de población urbanos están más integrados.

No obstante, es normal que en pleno siglo XXI las comunidades avancen y el número de estudiantes universitarios crezca, no solo de gitanos sino también de payos. Por otro lado, un ambiente familiar que anime y tenga proyecciones de futuro sobre sus propios hijos facilitará que el entorno sea más agradable para el alumno en cuestión. Si encasillamos a nuestros hijos como simples gitanos que no sirven para nada, acabarán creyéndoselo. Este tipo de consejos deberían de haberlos dicho a grito limpio en la sociedad gitana española de finales del siglo pasado y comienzos de éste. Y es que son los gitanos universitarios de esa época los que realmente me interesan, sin ofender a los que se fueron -y van- quedando por el largo camino estudiantil.

Podríamos decir que los que consiguen llegar a los niveles obligatorios tienen su mérito; los que consiguen superar los post-obligatorios se merecen una mención especial. Pero los universitarios… Los universitarios valen su peso en oro: se merecen una matrícula.

Aunque no es necesario halagar en extremo a una panda de culturetas gitanos. A mi juicio, los que realmente se merecen esa matrícula son los estudiantes gitanos de aquellas generaciones anteriores a la mía que lograron hacerse un hueco en las élites académicas. Especialmente, las mujeres.
Hagamos un poco de memoria y volvamos a la época de la llamada Generación X (1960-1979). Para los años 80, las del 60 tenían 20 primaveras. Era una época de pleno cambio social, con Felipe González a punto de llegar a su primera candidatura. La Movida Madrileña realmente comenzaba a hacer ruido en medio de los locales de La latina y Malasaña, y la gente comenzaba a reivindicar sus derechos. Todo esto, claro está, fue posible gracias a la maravillosa muerte de lo retrógrado, la opresión y la falta de miras, protagonizada por el generalísimo de los ejércitos, el mismísimo Francisco Franco.

Look típico de la Movida Madrileña

Los cambios se vieron acelerados a partir de su muerte, y las perspectivas de la sociedad cambiaban a pasos agigantados, básicamente porque la situación de atraso y pobreza, así como de marginalismo e inmovilismo social, hacían que ésta no se sostuviera por sí misma. Por cierto, un dato importante: toda la sociedad avanzaba excepto una parte de ella: los gitanos.

En este contexto, entenderás, querido lector, que la mentalidad de un joven siempre va un paso por delante de la de sus padres, es decir, de la generación anterior; y muy seguramente entenderás, también, que el cambio de mentalidad existente en la juventud española del momento no era diferente para los jóvenes gitanos. Las ansias de libertad de toda una generación abrieron los ojos a un Gobierno que no sabía cómo gestionar tanto cambio. Los jóvenes se hicieron rebeldes. Por esto los movimientos artísticos son el reflejo de los movimientos sociales que sucumben una sociedad. De esta manera, todo lo reprimido durante tantos años de censura previa explotó en forma de pelos cardados y sobras de ojos extendidas hasta el infinito. Como decía Salvador Allende: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

Entenderás, a estas alturas que, a un gitano de un payo, fisiológicamente, hay pocas cosas que los diferencien; todos tenemos dos pulmones, un bazo, dos ojos, un estómago, cuatro extremidades y un corazón. Esto implica tener sentimientos parecidos. Yendo al grano: muchos gitanos también se unieron a la ola de la rebeldía y, por suerte, o por desgracia, decidieron ir más allá que sus padres y ser unos jóvenes revolucionarios. Dentro de esta oleada de punkis, muchos decidieron tomar las riendas de su vida, luchar por sus sueños, conseguir sus metas profesionales…

Aburrido ¿verdad? Un discurso muy utilizado en el siglo XXI, pero nada que ver con el significado de finales del siglo anterior. La sociedad en su totalidad era racista y cerrada en todos los ámbitos, pues arrastraba consigo muchos clichés y pensamientos arcaicos acerca de la moda, lo que está bien o es decente y lo que no lo es, las drogas haciendo su entrada estelar en la vida de tantos españoles a causa de su ignorancia, la sexualidad y los estereotipos: la mujer a la cocina, ese es maricón, no vistas como una puta, plánchame una camisa, dónde vas a trabajar… Interminable.

Pues imagínate una joven gitana.

Imagínate venir de una cultura original, con su belleza intrínseca, con su ideal de mujer bella alcanzado con mayor esplendor en la época románica, con una mentalidad bastante cerrada e intransigente acerca del cambio o posible apertura social y, no menos importante, con unas costumbres cerradas y un negacionismo a perder las mujeres de la familia, símbolo de decencia y honradez. Porque querido amigo, estos términos, la honradez y la decencia, solo se miden en las mujeres. Ningún gitano en su sano juicio dice: mi casa es decente porque todos mis hijos se han casado. Solo se dice: mi casa es decente porque todas mis hijas han salido de blanco. En la actualidad, no obstante, este concepto de honradez se ha ido difuminando con el tiempo, y aunque sigue doliendo bastante que las mujeres de la familia no se casen, la tolerancia en estos ámbitos está aumentando progresivamente. En la época de Felipe González, escaparse, -ya no estoy diciendo casarse con un payo-, era motivo de destierro, deshonra y vergüenza (2). En la actualidad ya nadie pierde a una hija porque se haya enamorado, enamorado de quien sea, sea lo que sea.

Pero no nos vayamos por las ramas. Imaginaos esa conversación, muy bien traída por Lina Morgan, de: Mamá,quiero ser artista.

¡EL COLMO! Nadie, en su sano juicio, -retrógrado, claro está-, querría que sus hijas se vieran inmersas en el qué dirán de la gente por querer ser abogada, médico, ingeniera, secretaria… ya no te digo artista, que estallarían. Y sí, hemos llegado a otro punto clave de todas aquellas cosas que todavía impiden avanzar a la sociedad gitana hacia un futuro más realista y plausible, o hacia algo peor, otra revolución. Y estamos hablando de nuestro queridísimo amigo EL QUÉ COÑO DIRÁN.

En la actualidad, todavía están extendidos estos maravillosos clichés gipsys que vienen a decir que por saber más eres menos gitano, que estudiando no vas a conseguir nada, puesto que solo te queda planchar y parir, y que estudiando tienes más posibilidades de conocer a un payo, enamorarte -o no- de él, y deshonrar a tu familia. Analizaré cada una de estos temores colectivos por separado:

1- Nadie deja de ser algo por tener la cabeza llena de conocimientos y no de tonterías.

Como dice Karl Popper, “la verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de rehusarse a adquirirlos”. Las personas que estudiamos, gitanas o payas, simplemente tenemos un prisma de mayor complejidad en nuestras cabezas, y las posibilidades de analizar dicho prisma son infinitamente posibles. Dicho de otra manera: examinamos la realidad desde otro punto de vista más complejo. Si un gitano, en 2018, piensa que existen algunos movimientos que no tienen cabida y los considera retrógrados, siendo su apertura mental al mundo actual un pequeño rayito de luz que se cuela por sus pupilas, imagínate un universitario, que tiene una ventana panorámica en la frente.

Jóvenes universitarios en un Campus.

2- Si se estudiase más y consiguiésemos derribar estereotipos y miedos al progreso académico, estudiaríamos durante un periodo más o menos grande de nuestra vida, más o menos costoso, pero el beneficio conseguido sería mucho mayor. Un esfuerzo durante unos años hará que cobres más en un futuro próximo trabajando menos. Es mucho más productivo estar cuatro años estudiando una ingeniería, que toda una vida haciendo camas. Si consigues trabajar de algo que realmente te guste, habiendo superado tus estudios postobligatorios, tendrás la oportunidad de dedicarte más tiempo a ti misma y poder encargar a otras personas que frieguen, con el consiguiente aumento de tu felicidad inmediata.

3- Si te quieres liar con un payo, no hace falta que estudies para eso. Piensa que tan solo somos, aproximadamente, un millón de gitanos en España de los 44 millones que pueblan este vasto territorio al que llamamos España. La mayoría de tus vecinos serán payos, el panadero de tu barrio probablemente también lo sea y las influencers a las que sigues, también lo son. Solo tendrías que ligarte a tu vecino del quinto o al panadero de tu barrio. Chicas, no hace falta ir a la Universidad para ligar.

Pero bien está dicho cuando se dice que somos el resultado de lo que otros lucharon en su momento. Casualmente, opino que las madres que se ven en situación de apoyar -o no- a sus hijas a ser algo más en la vida forman parte de esas revolucionarias, aunque frustradas, por no haber iniciado ellas mismas la revolución de sus vidas.

Como mujer, me fijo más en el sector femenino de la población gitana porque es más interesante. De todas formas, si en los años 80 eras hombre y querías estudiar, te darían un poco por loco, pero no te desterrarían. Es el privilegio de haber nacido hombre en una sociedad patriarcal.
Y como esto de nacer hombre o mujer no se elige, los deseos y sueños de las personas son inherentes a ellos, independientemente del sexo que sean. Por esta razón, esas pocas revolucionarias que se animaron merecen hoy nuestra felicitación y respeto. No solo las que estudiaron, sino todas aquellas que no decidieron ir a la universidad pero que tomaron la decisión de hacer algo más con sus vidas, siendo actrices, cantantes, bailarinas, etc. De ellas solo nos queda aprender.

Tampoco pretendo, con este artículo, criticar o atacar las costumbres de nuestra sociedad. Las costumbres son buenas: contribuyen a la riqueza cultural de un país, enriqueciéndolo y haciéndolo original y diferente al resto. La banalidad en un país solo genera sistemas rutinarios acerca de lo que está bien y lo que está mal. La originalidad favorece, sin embargo, la libertad de expresión y la tolerancia entre iguales. Nuestra cultura es bonita e interesante. Lo que sí creo que deben de tener en cuenta las generaciones actuales es que la opinión del resto es solo eso: opinión.
Como bien decía Hipócrates: “La madre del conocimiento es la ciencia, la opinión genera ignorancia”. Hay que tener una mentalidad abierta y entender que las palabras se las lleva el viento. No significan nada, no deben condicionarte a no hacer tu propia revolución, sin perder, claro está, la consciencia de quién eres.

Por Maribel Bermúdez Palacios

1. Damonti & Arza, 2014

2. (Podemos referirnos a mantener relaciones sexuales con tu pareja antes de contraer matrimonio y al simple hecho de escaparse de casa para hacer lo que realmente desees)