Maksim

Mi nombre es Maksim y el lugar que tuvo suerte de ver mi nacimiento fue una pequeña ciudad llamada Blagovéshchensk, perteneciente a un país que ya no existe llamado la Unión Soviética y que se encuentra a 300 metros de Asia. La frontera entre esos dos países es el río Amur, al que los chinos llaman “el Dragón negro”. De pequeño le tenía miedo al río, por su fuerza y sus movimientos impredecibles, pero mi padre me explicó cómo dejar de temerlo: “el dragón es un animal poderoso y respetuoso, si empiezas a tener miedo, lo sentirá y entonces te atrapará con sus garras y te llevará hasta el fondo. Sin embargo, si le muestres tu valentía y le ofreces tu amistad, él te dejará subir a su espalda, entonces, disfruta de vuestro viaje juntos y cuando acabe, él mismo te llevará hacia la orilla sano y salvo”.

La familia de mi abuela por parte de mi madre era de la zona de los Balcanes y eran gitanos mezclados. Justo después de la Segunda Guerra Mundial mi bisabuelo se fue en búsqueda de una nueva vida para mantener a los seis hijos y su mujer. Recorrió toda la Unión Soviética llegando a una ciudad costera, que entonces tenía mucha potencia económica debido a la pesca, llamada Vladivostok. Al poco tiempo, envió un telegrama a mi bisabuela diciendo que dejara todo, cogiera a los hijos e iba a tener una nueva vida en aquella ciudad. Durante el trayecto no tenían dinero y las pocas provisiones que tenían acabaron enseguida. El viaje era de más de 9.000 km que iban a recorrer en tren. Al cabo de unos días casi no comían y en una de las paradas, la hermana de mi abuela, que tenía 3 años, se acercó a un vagón de transporte de mercancías aparcado en una de las vías y empezó a chupar una sustancia blanca que salía del vagón. Cuando mi bisabuela se dio cuenta se lo quitó de la boca enseguida. Esa sustancia resultó ser sal y era un vagón entero. Llenaron todo lo que podían con la sal: los bolsillos, los trapos, cacharros que llevaban y así lo iban vendiendo o cambiando por comida. Gracias a este incidente pudieron sobrevivir.

En Vladivostok mi abuela conoció a mi abuelo y allí nació mi madre. A mí cuando me ven, me dicen “tú de gitano tienes poco” y yo suelo contestar, “es porque no habéis visto la familia de mi abuela”.
Mi padre era de Blagovéshchensk pero durante su mili fue destinado a Vladivostok, donde conoció a mi madre.

En Rusia la cultura gitana está desde hace muchos siglos muy integrada a nivel del alma, por eso casi todos los poetas, compositores, escritores y artistas rusos siempre han tenido ese toque de profundizar, la búsqueda artística. Desde pequeño, las canciones románticas que cantaba el hermano de mi abuela acompañándose con la guitarra, me marcaron para siempre. En mi etapa juvenil empecé a sentir cierta atracción por la rima y los versos, que derivó al amor por la poesía.

El primer choque cultural que tuve fue en Corea del Sur, cuando me establecí en una ciudad llamada Ulsan. El choque no en el sentido negativo, sino al encontrarme fuera de mi zona de confort, nuevo idioma, nueva cultura, nuevas amistades, etc. Y con todo esto tenía que sobrevivir día a día. Me encantaba esa experiencia de descubrir cada día algo nuevo jamás conocido por mí hasta entonces. Conocí a muchas personas que me hicieron ver muchas cosas desde las distintas perspectivas. Desafortunadamente, las fronteras frenan bastante la unión y la integración cultural. Y pasé allí 4 años sobreviviendo ilegalmente, lo que frenó mucho mis opciones y oportunidades del desarrollo propio y la integración en aquella sociedad. Todo esto me impulsaba a juntarme más con la diáspora rusa (ilegal). Allí había personas de todas las razas: gitanos, payos, asiáticos, árabes, etc., pero todos se unían por la misma nacionalidad. Es lo que los juntaba entre ellos y a la vez lo que los separaba del sitio en el que se encontraban en aquel momento. Fue cuando conocí a mi “maestro de la vida” y una de las personas más importantes que hubo en ella, Nakipun Valeriy. Un ruso-coreano (es decir, físicamente era coreano, pero nació y creció en Rusia) que tenía el alma artística pasando por encima de los valores económicos, buscando la alimentación para su espíritu. Era un artista en todos los aspectos. Cuando la mayoría estaba buscando un buen trabajo para ganar más dinero y ahorrar, él hacía justo lo contrario. Gastaba en obtener conocimiento, visitar lugares (los pocos que se podía debido a la situación ilegal). Después de haber pasado unos años de manera ilegal comprendí que legalizarse es igual de complicado que ser un astronauta, y decidí cambiar de rumbo. Elegí España, que me llamaba la atención desde hace muchos años, principalmente la guitarra y la cultura flamenca.

La idea era estudiar en la universidad, pero sin el idioma era muy difícil, además había que tener mucho dinero para demostrar que sería capaz de vivir en España sin tener que trabajar. Entonces, encontré un curso de español en una escuela de idiomas y prácticamente en las primeras 7 semanas gasté todos los ahorros en el alojamiento y las clases. Era necesario tenerlo todo reservado y pagado para obtener el visado. Tenía una ingenua idea de aprender el idioma, quería encontrar trabajo y prolongar el visado. ¡Fracaso absoluto! Resultó que este tipo de visado no se podía prolongar y legalmente tenía que regresar al país de origen. Entonces, me quedé de manera ilegal, otra vez.

Antes de venir a España me hacía grandes ilusiones, que me iba a casar con una bailaora y juntos podríamos crear un espectáculo, yo tocando la guitarra y ella bailando. En cierto modo llegué a cumplir ese sueño y hace unos años realicé un trabajo conjunto con la bailaora Andrea Jiménez.

A lo largo de los 12 años que llevo en España tuve la oportunidad de conocer artistas de diferentes áreas y aprender nuevas formas de expresión creativa, aunque la falta de permiso de residencia no jugaba a mi favor y acabé en un centro de acogida en Camas, Sevilla, donde tuvieron vida mis primeros poemas en español. El relacionarme con personas en situaciones complicadas me ayudó a comprender que el nivel económico no es lo que influye en la estabilidad emocional, sino las oportunidades que aparecen en la vida y las posibilidades de aprovecharlas.

Como resultado de un esfuerzo mental y físico, además de la constante búsqueda me ayudaron a encontrar la posibilidad de salir de allí. Al poco tiempo conocí a una chica italiana de la que me enamoré. Ella me propuso la posibilidad de casarnos ya que éramos pareja y vivíamos juntos. Un año entero tardamos en obtener la información, recoger los papeles necesarios, presentarlos en la extranjería y por fin obtener mi NIE. Parecía que podría comenzar una vida común y dedicar más tiempo al arte.

Hace unos meses me escribió un contacto que conocí el verano pasado en Sevilla, él era un profesor de un centro cultural de Filadelfia, EEUU. Me dijo que le gustaban mis trabajos y después de habérselo comentado a sus compañeros me quieren invitar a su centro para dar conciertos con los gastos pagados. La noticia me alivió un poco, pero de repente volví a la realidad. Si salgo de España me deportan de toda la EU y a EEUU tampoco me dejaran entrar teniendo en cuenta mi historial de emigrante ilegal. Al cabo de unos días me contactó una empresa española a la que conocí también el verano pasado diciéndome que les gustaría ayudarme a legalizar mi situación. Por lo tanto, me fui a Figueras y resultó que por ciertos motivos fiscales no pueden contratarme y acabé en la calle. El último dinero que me quedaba lo gasté en el tren a Girona. Allí dormí un par de noches en la calle y luego descubrí un albergue municipal donde me encuentro actualmente.