Los gitanos en el Nuevo Mundo durante la segunda mitad el siglo XVI.

En nuestro nuevo artículo de Amarí retomamos la temática del primer número que editó la revista: Los egiptianos en las Américas. En concreto, pretendemos analizar lo ocurrido en la segunda mitad del siglo XVI en los virreinatos del Perú y Nueva España.

En nuestro primer artículo, citábamos un episodio singular en el que cuatro gitanos pasaron a las Indias occidentales en el tercer viaje de Colón, entre ellos dos mujeres: Catalina de Egipto y María de Egipto. El indulto otorgado el 22 de junio de 1497 y al que se acogieron ambas mujeres tenía por objeto poder poblar la isla La Española en los inicios del proceso de conquista en el Caribe. 

Este hecho lo nombrábamos como un embarque legal que sería una excepción al proceso que se siguió con los gitanos, los cuales, en tanto que “castellanos nuevos” no se les permitiría jamás poder pasar a tierras indianas. A lo largo del siglo XVI con las nuevas normativas que se dictaron en la Península bajo gobierno de Carlos I, y más tarde, Felipe II, la llegada a estas nuevas tierras se consideraría siempre ilegal.

En este sentido, el nuevo artículo que presentamos es un estudio basado en fuentes de archivo procedentes de las secciones de México, Indiferente General, Panamá y Quito, ubicadas en el Archivo de Indias.

En 1568 tenemos constancia por una Real Cédula enviada al Presidente y oidores de la Audiencia de Tierra Firme que se ordenó que se informasen de los portugueses y gitanos que residían en aquella tierra y se expulsase a los que no tuvieran licencia real y que no se les permitiera quedarse bajo ningún concepto. Este episodio todavía refleja una etapa inicial en la que podía haber excepciones de permisos legales y la medida que se impone es la expulsión.

Sin embargo, la praxis de la aplicación de las leyes que discriminaban a los gitanos para el paso a las Indias occidentales se basaba en la devolución de las personas a la Península. Así, hemos encontrado varias referencias que evidencian este hecho, por ejemplo en una carta escrita el 29 de mayo de 1581 por el Virrey de Nueva España Lorenzo Suárez de Mendoza, Conde de La Coruña y dirigida al rey. En su informe da fe de haber recibido un despacho para que si hubieren pasado algunos gitanos a estas partes los envíe a esos Reinos. El mismo Virrey, en otra carta posterior escrita el 9 de abril de 1582 informa que en cuanto al haber hecho relación a Su Majestad de que a esta tierra habían pasado gitanos. Hasta ahora no se sabe que haya pasado a ella ninguno, aunque me he informado de ello de las partes donde pudiera saberse.

Ambos informes prueban las directrices que la Corona dio a sus virreyes y gobernadores. A continuación, exponemos otros hechos de otros espacios de América que evidencian que fue una práctica que se puso en marcha a lo largo y ancho del Imperio Hispánico. De este modo, existe una Real Cédula dirigida al Virrey del Perú y Presidente de la Audiencia de Lima, Martín Enríquez, que fue escrita el 11 de febrero de 1581. El mandato real le advertía del paso de gitanos a las Indias y estipulaba que los buscase y enviase de nuevo a la Península. En este documento consta una nota marginal (escrita al margen), por la que sabemos que se envió a todas las Audiencias y Gobernadores de las Indias.

Estas órdenes que se dictaron también quedaron patentes en una carta de los oidores de Quito escrita el 30 de marzo de 1587. En ella se informaba de seis gitanos que pasaron y se enviaron a la justicia para que los mandasen a galeras. Esto no es de extrañar si tenemos en cuenta que Carlos I en las Cortes de Toledo de 1525, y las de Madrid de 1528 y 1534, decidió endurecer las penas contra los gitanos añadiendo la condena a galeras para los varones de entre 20 y 50 años durante seis años.  

Imagen tomada de PARES (Portal de archivos españoles). AGI, México, 20, n 69, f.18.

Este mismo episodio se refleja en una carta escrita el 25 de febrero de 1587 por Francisco de Anuncibay, oidor de Quito. En ella se dice: En lo que toca a la cédula de gitanos aquí han llegado hasta seis u ocho en dos cuadrillas casados… se ha cumplido la cédula de Vuestra Majestad, los unos se embarcaron en Guayaquil, y los otros por el nuevo Reino los volvimos. También han venido unos hombres sospechosos fuesen galeotes y hemos hecho volver al nuevo Reino.

Si interpretamos ambas fuentes, nos encontramos ante dos o tres mujeres gitanas con sus respectivos maridos que fueron devueltas a la Península, bien por Guayaquil o por el reino de Nueva Granada, ya que los separaron. Estas dos o tres mujeres son el único ejemplo que podemos sumar a los de Catalina de Egipto y María de Egipto. Es una pena que debido a los avatares de la historia no podamos saber sus nombres, ni qué fue de ellas tras ese embarque. Quizá el hecho de que estas mujeres acompañaran a sus maridos, los libró de la sospecha de que fuesen galeotes.

En este sentido, las condenas a galeras fueron la práctica común de la Corona Hispánica en el siglo XVI debido a la necesidad de una armada que iba en aumento por la política de conquista que se había iniciado. Las numerosas guerras de ultramar mantenidas, primero por Carlos I, y, después por Felipe II, convirtieron esta decisión en algo geoestratégico. Resulta evidente, que los gitanos galeotes al llegar a tierras indianas aprovechaban para poder escapar. Y en su caso, la condena era de nuevo volver a galeras y no se les retornaba a la Península, con el objeto de favorecer la necesidad de fuerza de trabajo. Por tanto, estas devoluciones a galeras respondían a una política deliberada de explotación humana, en este caso, gitana.

Por otra parte, ya no se hace referencia expresa en las fuentes al hecho de tener licencia o no tenerla, por lo que podemos deducir que las excepciones para otorgar las licencias a los gitanos ya no se producían, aunque estos fuesen “castellanos nuevos”, tal como ocurría en el inicio del descubrimiento de América. En el momento en que hubo suficiente población para cubrir la demanda de nuevos pobladores para los territorios que se iban conquistando se prescindió de los gitanos. 

Por tanto, la Real Cédula que se había enviado en 1581 y que afirmaba que se les devolvieran a todos a los Reinos, fue clave para determinar el futuro de los gitanos y gitanas en el Nuevo Mundo. Ya nunca más se permitiría su paso y se dejarían sentadas las bases de un mecanismo de discriminación similar al que se siguió con los judeoconversos y los moriscos. La política de homogeneización que siguieron los monarcas de la dinastía de los Austrias en la Península Ibérica se extendió a los territorios de las Indias occidentales que estaban bajo dominio de la Corona Hispánica.

En conclusión, resulta evidente por los archivos consultados, que en la segunda mitad del siglo XVI esta Real Cédula marcó un antes, y un después, en la historia del pueblo gitano en América. Por ello, debemos sumarla a las indignas pragmáticas y sanciones que se dictaron contra los gitanos a lo largo de la historia por el simple hecho de serlo.


Bibliografía:

– Archivos consultados –

AGI, México, 20. N.68.

AGI, México, 20. N.89.

AGI, Indiferente General, 427, L.30, F. 326R-326V.

AGI, Panamá, 236, L.10, F. 113V-114R.

AGI, Quito, 8, R.21, N.59.

AGI, Quito, 8, R.21, N.56.