“Claveles Rojos: Amor, Flamenco y Sangre”

Me conocen por Daniel de Vargas, lo de Vargas viene por el apellido artístico de mi abuela, mi madre, Anabel “La Garipola» me parió un veintiséis de mayo del noventa y siete en los madriles, rodeada de gitanas, alboroto y nervios, (sí, es que las gitanicas cuando paren las salas de espera se llenan, otra forma de resistencia, la unión). “La Garipola” era una gitana prima de mi bisabuelo que sufría maltrato por parte de su marido y ella le devolvía el maltrato multiplicado por tres, se defendía de él y de cualquier persona que intentara herirla y se convirtió en capitana y dueña de su vida, mirar si tendría reaño la gitana, que murió casi con cien años.

Carmen Vargas junto a su papa Pedro Jiménez “El Pili” 

Guaripola es la joven que lidera los desfiles de una banda militar en algunos países de América Latina y de ahí guaripola/garipola y así se quedó, así que podéis imaginaros la clase de mujer que es mi madre y la clase de valores que me ha podido transmitir. 

Soy activista por los derechos del pueblo gitano, (o por lo menos lo intento) un poco hippy, flamenco hasta la médula y no, no me gusta la palabra Integración. 

Dany De Vargas

Desde que era pequeño siempre me sentí “diferente” a el resto de niños y niñas, y digo diferente en el buen sentido, me fijaba en cosas que los demás no veían, percibía sensaciones que el resto no sentía y tenía en cuenta cosas que las personas simplemente obviaban, hablo de eso que siento yo como “lo gitano» la mentalidad oriental y milenaria que tenía el pueblo romaní que incluso hoy día muchos gitanos y gitanas han perdido, ya sabemos que a causa de las leyes antigitanas promulgadas en nuestras fronteras y también fuera de ellas y los intentos constantes de Integración y exterminación por parte de las sociedades mayoritarias, hablo de “lo gitano” como algo más profundo que un simple deje o una tradición, hablo de la sensibilidad a la hora de sentir, de la empatía, de lo sagrados que son los niños y el respeto a los mayores, de sentir la melodía de una canción y un amor inmenso a la música, dar gracias por el sol, por el río, sentirte el ser más afortunado viendo el atardecer desde el mar o encontrar belleza en una hoja seca que cae marchita en el mes de octubre, valores y sentimientos humanos que las personas romaníes intentamos no perder y hacer de ello un sello identitario, “ser humano y estar humanizado” esa mentalidad son nuestras ancestras más lejanas que nos transmiten la verdadera realidad, lo que te hace recordar de dónde vienes y a dónde vas, qué es lo que quieres y porqué, estas emociones y sensaciones siempre me juegan malas pasadas a la hora de sociabilizarme con el resto de personas, pues no todo el mundo posee la capacidad de percibir y de adaptarse a un mundo totalmente contrario al cual estamos rodeados actualmente, o por lo menos intentarlo, pues todos, a veces y sin quererlo somos objetos y marionetas del sistema y por tanto, sistémicos.

Por ello y por todo esto como me gusta explorar y percibir sensaciones fuera del mundo que nos rodea, me gusta crear y por ello creé un proyecto de vida que espero que me acompañe durante muchísimo tiempo. Arrancó aproximadamente hace menos de un año cuando decidí escribir la infancia y la vida artística de mi abuela fuente de inspiración desde mi apegada y tierna niñez, hasta mi actual alborotada y responsable juventud.

El proyecto se llama “Claveles rojos” y para mí es una vía de escape para abordar todos esos recuerdos que rondan en mi cabeza y creo que son necesarios que aquellas personas con sensibilidad y alma las conozcan, también se cuestionan temas como el antigitanismo en España y en Europa, historias gitanas y la capacidad que tiene el flamenco como arma de resistencia y la utilización de nuestro arte para crear activismo, así pues, la primera parte es un libro el cual, lleva por título el nombre de mi abuela, “Carmen”, está en plena fase de edición, en él escribo desde su nacimiento en una chabola en el barrio de Tetuán de Madrid, pasando por su primera actuación en el tablao Villa Rosa, seguido de todas las anécdotas y curiosidades artísticas a lo largo de su vida; poetisa flamenca, bailaora, modelo de pintores y escultores y creadora de sus propias poesías, hasta la propia Lola Flores fue su espectadora y llegó a decirla “hija, si recitas mejor que yo, no se te pué de aguantar, me has hecho llorar”, creo que es una historia que sin duda alimenta el alma, que te hace ver una realidad no muy lejana con una situación totalmente distinta a la actual, el rechazo, la pobreza, el hambre, pero también la felicidad, porque los bohemios sabemos que no es más rico el que más  tiene sino el que menos necesita, pasar de ser una niña gitana de chabola, a ser una mujer gitana artista y con autonomía para mantener a los tuyos, una historia que comienza a principios del siglo XX en los cafés cantantes y tabernas madrileñas de la mano de mi bisabuelo, Pedro Jiménez “El Pili», un gitanito muy fino, fino pero pobre, nada más y nada menos que del madrileño barrio de Chamberí, hijo de Carmen Borja y Diego Jiménez, emigrantes en Madrid y naturales de “Castilla la Vieja”, cuando este gitano soltaba un quejío,a mí se me venía a la cabeza la frase que dijo un día la tía Anica “La Piriñaca», “Cuando canto, la boca me sabe a sangre,y es que eso es el flamenco, sangre.

Dany junto a su abuela Carmen Vargas

Llegó a grabar discos en París y en New York, que forman además parte de la antología internacional del cante flamenco y forman parte de la colección de discos de la biblioteca nacional de Francia, trabajó en el ballet de la famosa bailaora Pilar López y en la compañía de Antonio y Rosario, compartió escena con Sabicas, entre otros muchos grandes de la época, fue figura en tablaos como Villa-Rosa, Arco de Cuchilleros y Corral de la Morería.

Mi bisabuela en cambio no entendía de escenarios, focos y vinos y no sería por familia de artistas y tronío, Felipa Vargas, era una gitana blancota y con los ojos pardos y guardaba en su alma todo el amor del mundo para los suyos, cantaba pa’ morir por jaleos y bulerías, hija de emigrantes sevillanos en Barcelona, mi tatarabuelo se llamaba Juan Vargas Amaya y murió muy joven a causa de una enfermedad que desconocemos, mi tatarabuela Antonia Flores Patrac emigró embarazada a Cataluña donde nació Felipa criándose en el barrio del Somorrostro con una jovencísima Carmen Amaya, además, prima de ella, mi abuela hoy día la recuerda y llora, llora como lloraré yo algún día, porque la abuela Felipa era de aquellos seres de luz que se quedan en la memoria pa’ los restos.

Ana Isabel Jiménez “La Garipola»

Y a los seres de luz, hay que honrarlos y recordarlos para la eternidad…, amor, flamenco y sangre.

Para seguir más de cerca todo el contenido que forma parte del proyecto, podéis seguirlo desde su pagina web Clavelesrojos.com, desde el Instagram @clavelesrojos.c y el Facebook, claveles rojos.

Fotografías de Claudia Ruíz, con un proyecto llamado «Adocamele».