Gitanos en Castellar

Castellar es un pueblo de la provincia de Jaén situado en medio de un espeso mar de olivares. Actualmente, en la calle Reina Sofía —antes Guadalquivir—, conviven cinco familias de etnia gitana, junto a los demás vecinos. Otras cinco familias pertenecientes a esta etnia se reparten por la zona de las escuelas (instituto Colegiata de Santiago y colegio Román Crespo Hoyo), así como en el ruinoso barrio del Polvorín, a las afueras del municipio. El Polvorín se encuentra en una hondonada fértil donde hace décadas, jugaban los niños despreocupadamente —no imaginemos un barrio decadente parecido al de las grandes ciudades—; aquí vivieron las personas más humildes de la zona, antes del derribo de algunas de sus casas y su traslado paulatino a otras zonas del pueblo.

Los primeros gitanos llegaron hace más de cincuenta años a Castellar, en su mayoría provenientes de Villacarrillo, y durante este tiempo, las familias han ido aumentando hasta llegar al centenar. En el día a día todo transcurre con normalidad, muchos de los habitantes de este pueblo olivarero se levantan al alba para trabajar en una planta extractora de aceite de orujo, empleando también mucha de mano de obra, temporera o fija, en la recogida de la aceituna; asimismo trabajan en un cocedero de pescados y mariscos, en el envasado de aceites, en obradores de confitería, venta de embutidos y chacinas, materiales de construcción, así como en confecciones, hostelería, etc. De este modo van sacando adelante a las más de cuatro mil personas que viven en Castellar.

En primavera, verano y otoño, algunas gitanas tocan tímidamente las puertas de las casas para vender a sus vecinos verduras frescas del tiempo. En ese instante, alguien suele inquietarse al asomar la cabeza hacia la puerta y reconocer a la gitana, ya que los incidentes transcurridos en agosto de 2014 no han hecho más que reforzar el miedo y las diferencias entre gitanos y no gitanos, generalizando la inquietud y culpando a la mayoría de gitanos de sembrar el temor.

Es más que evidente que reírse de un menor con problemas de retraso es un acto de crueldad, pero si lo hace un individuo gitano, el hecho se convertirá en algo más que reprobable, tal y como sucedió; ya que el eco de este incidente se esparció velozmente y la cólera ha calado más hondamente que la mera rutina en paz. Este acontecimiento no es sino uno más a la cola de otros que han sucedido pocos años antes en Castellar.

Tras el suceso, el prejuicio se fue asentando de nuevo para que la mayoría de la sociedad se regocijara en él, con el fin de justificar actos de racismo, como los que finalmente llevaron a quemar la casa del gitano implicado y de su familia. A partir de ahí comenzamos a escuchar que la mecha de los problemas es encendida siempre por la población gitana —ya sean mujeres, hombres o niños—, y la pobreza existe casi siempre entre los mismos, estén o no implicados en los acontecimientos.

Desde estas líneas destacaremos que la gran mayoría de los gitanos, por encima de todo, no buscan que el dedo les señale siempre como los auténticos culpables, como esperpentos y como gandules. Todos queremos vivir en la normalidad y confundirnos entre la mayoría de la sociedad, en una rutina próspera, organizada y en paz, para poder alimentar a nuestros hijos.

En este y otros contextos, las mujeres poseen un papel fundamental, porque en medio de tanto desconcierto, tratan de mantener la calma para que en los hogares no falte el sustento y el fuego en la lumbre. Si dependiera de ellas, nunca hubieran existido las grandes trifulcas que hemos ido construyendo entre todos durante varios siglos.

Las gitanas se adecuan a cualquier imprevisto entre los suyos, tanto es así, que cuando una madre muere, otras mujeres (jóvenes o longevas) se encargan de amparar al resto de miembros (cónyuges, abuelos, nietos, sobrinos, etc). Por estos motivos las vemos en las puertas de las casas atiborradas de chiquillos que corren por los patios, por lo que cuidarlos o controlarlos es un hecho complicado, ya que la delincuencia es una salida que ellos prefieren escoger. Esto les conduce a ingresar en cárceles o a contagiarse de graves enfermedades sin tratar, por eso los vemos constantemente en estas calles denigrados físicamente, o muriendo demasiado jóvenes, tanto las madres como sus hijos.

En diciembre, durante la recogida de la aceituna, muchas personas decentes e implicadas en sacar adelante a los suyos, achacan a las familias gitanas de no esforzarse por sumarse a dicha tarea, ni a ninguna otra, por lo que los culpan de la no integración.

Existen líneas invisibles y sólidas que retrasan una convivencia en armonía con los romá, y que se han ido constituyendo desde el siglo XV en España. En Jaén, también han existido serios problemas de integración pero no han sido tan numerosos y constantes como el estruendo que han provocado durante años; siempre se señala con el dedo a estos grupos minoritarios. En todos los conflictos se han engendrado temores ambiguos, buscando ciegamente a los culpables, alentando al prejuicio y a la dificultad para no resaltar las semejanzas, pero sí las desigualdades entre un ellos y un nosotros.

¿Qué causas son las que buscamos generalmente para diferenciar a los gitanos de una mayoría tangible?, ¿existen más diferencias que semejanzas en este lugar repleto de gente digna? Al acusarlos de propiciar los enfrentamientos, se les resalta como culpables a secas, librando así del conflicto a la población mayoritaria abatida de escuchar las mismas monsergas.

Algunas familias gitanas se trasladan desde otros pueblos a Castellar, donde montan puestos ambulantes en los mercadillos un día a la semana, pero los que viven en el pueblo no trabajan en el mismo; quizá han asimilado inconscientemente —debido al estruendo de las revueltas—, su no implicación en ningún tipo de trabajo. Es frecuente que muchos gitanos asuman este hecho por temor a ser recriminados o inculpados —sin causa—, allá donde vayan, hasta el punto de que ni siquiera se lo planteen. Sin embargo, muchos acuden a obtener ayudas para continuar subsistiendo junto a los suyos; aunque las ayudas nunca enriquecen, nos hacen sobrevivir con lo necesario para seguir adelante como seres inertes.

El hecho de quedarse en los mercados de venta ambulante, es visto casi como único recurso para subsistir. No es extraño que los niños no tengan estímulos para continuar asistiendo a clase, ya que al ver a sus padres vendiendo trapos, prefieren optar a seguir sus pasos; si en el pueblo además no venden en el mercado, ¿cuáles son las alternativas? Muchos de esos niños van viendo pasar los días sin novedad, jugando en las puertas de sus casas en la calle Reina Sofía, creciendo bajo la sombra de la exclusión, aprendiendo a ser temidos por actos que no han cometido, y que si los cometieran, les perseguirán como una lacra de la que no podrán desligarse.

Los estereotipos nos salpican a todos, a la etnia gitana más salvajemente, pero esos mismos estereotipos también pueden provocar y provocan, tal y como sucede en muchos lugares, una muerte social que los arrincona y los excluye mediante el rechazo generalizado. La marginación y la desesperación por subsistir, no son elegidas por voluntad o por vocación.

Por Mariola Cobo Cuenca.