Gitanos de Aznalcázar

A orillas del río Guadiamar nos encontramos con Aznalcázar, un pequeño pueblo enclavado en terrenos fértiles a sesenta metros sobre el nivel del mar. En la época romana su nombre fue Olontigi  y el actual procede del término árabe Hazn-Al-Kazar, «fortaleza del alcázar». Gran parte de sus habitantes se dedican temporalmente a la agricultura, especialmente al olivar.

En la década de los años 50, algunas personas de etnia gitana se trasladaron a este municipio y actualmente, residen siete familias en la calle Buena Vista, junto a otras ocho familias distribuidas en la barriada de Los Naranjos. Los años han ido pasando y todos viven humildemente, aunque no encontramos una imagen decadente de ciertos barrios periféricos de Sevilla, a pesar de que alguno de sus miembros haya fallecido debido a la pobreza. Esto se debe a las características propias del espacio en el que se encuentran: una pequeña localidad andaluza, con casas bajas, de callejas cortas y estrechas, con espacios abiertos, enmarcados por naranjos y olivares, donde las carreteras están más limitadas que en la ciudad.

De esta forma, apreciamos que el contacto vecinal y familiar es posible, facilitando las relaciones y una vida más llevadera; aunque los recursos sean escasos, este espacio es más saludable y favorece vivir con más dignidad. En el mes de mayo, al atardecer, algunas mujeres gitanas refrescan con una manguera la calle Buena Vista, desahogándose así de un calor pegajoso que se adelanta en el tiempo. Es aquí, entre olores a comino y especias, donde preparan en una gran olla los caracoles que ellos mismos han recogido del campo. Niños y mayores acuden a comerlos directamente con sus manos, disfrutándolos, en chanclas o descalzos. Aparentemente podríamos decir que en este entorno rural no ha transcurrido el tiempo, ya que podemos trasladarnos 40 o 50 años atrás por sus rostros y ropajes o sencillamente, por el hecho de vivir humildemente y sin prisas en un entorno rural. Bajo un toldo, tienen a dos perros atados para la caza de conejos, liebres y perdices, y tras la valla poseen gallos y gallinas; también dedican pequeños espacios de tierra para el cultivo de verduras del tiempo.

Los niños se encuentran escolarizados en el colegio Nuestro Padre Jesús, sin embargo, muchos de ellos van abandonando sus estudios en el instituto. Estas familias se dedican anualmente a la venta ambulante en otros pueblos de la zona, a trabajos eventuales en el campo como la recogida de la aceituna, la recolección de frutas, o percibiendo ayudas económicas en los meses de no recogida.

Estas circunstancias se han dado desde hace décadas en Andalucía, promoviendo que muchos jóvenes, al cumplir la mayoría de edad, no se sientan obligados y alentados a seguir recibiendo una educación. Las familias deben responsabilizarse.

El abuelo de la familia, nacido en la década de los años 20 en un solar del barrio de la Macarena, en Sevilla, se sienta frente a la floreciente vega. Él es un viejo tranquilo apoyado en su bastón, recordando que cuando nació, pellizcó a su madre en el momento de ver la luz. Durante años, su padre le contó esa historia que él vuelve a contar a los suyos. Ellos sonríen en silencio, mientras elaboran artesanalmente canastos que venderán por los pueblos, tras recoger caña y mimbre a la orilla del río.

Texto y fotografía: Mariola Cobo Cuenca.