Conversando con los gitanos «aleluyas», religión y liderazgo étnico

«Los diferentes grupos gitanos no siempre se reconocen como miembros de una misma comunidad social y moral, rara vez reclaman la misma tierra de origen»

Existe un consenso generalizado sobre el avance de las conversiones religiosas al evangelismo pentecostal y la dimensión global del fenómeno entre los científicos sociales interesados en las religiones contemporáneas. La expansión es lo bastante vertiginosa como para obligar a matizar el carácter fundamentalista y fanático que se atribuye a estas comunidades confesionales, en atención a lo que revelan los usos locales y la versatilidad con la que prosperan en contextos culturales muy diferentes. Un gran número de estos científicos sociales ha apuntado a la correlación directa que existe entre dicho movimiento y algunas minorías étnicas como los Rom, término con el que se designa genéricamente a una gran diversidad de grupos con presencia en toda Europa y en gran parte del continente americano. En nuestro país son conocidos y se reconocen a sí mismos como gitanos, y entre ellos tuvo lugar hace ya más de medio siglo la adopción del evangelismo pentecostal, un movimiento religioso que el pueblo gitano ha transformado en una original experiencia organizativa y política sin precedentes, y difícilmente comparable al pentecostalismo de otras latitudes.

En el caso de los gitanos evangélicos sería un error resumirlos como víctimas de ningún imperialismo espiritual por más que su Iglesia lleve el nombre de Filadelfia, sobre todo si recordamos que Filadelfia es un topónimo bíblico que dio nombre a la conocida ciudad norteamericana, y desde luego no al revés. Sería un error hablar de fanatismo sin reconocer las redes de solidaridad, el carácter grass-root de sus élites que están al servicio de los miembros de las iglesias, que comparten el mismo cotidiano y los mismos mercados ambulantes, que respetan la autoridad tradicional y la organización familiar porque son parte de ella y no aspiran a suplantarla sino a hacerla más fuerte; sin reconocer el titánico esfuerzo de los ancianos, pioneros y líderes históricos para gestionar con prudencia el reciente movimiento asociativo evangélico promovido por miembros de la generación más joven de pastores, para marcar una prudente distancia con las subvenciones que, recibidas por el movimiento asociativo cristiano en nombre de la IEF pueden acabar haciendo que el liderazgo religioso se vuelva, por la vía de la gestión de los recursos, esa clase de caciquismo de quienes negocian y se lucran en nombre de su gente (San Román y Ardévol ya se refirieron a estos procesos que desencadenaron la sedentarización, la urbanización y el papel de aquellos gestores no gitanos que desde las administraciones del Estado trataron, en tiempos del tardofranquismo, de influir sobre las poblaciones gitanas), ni por las promesas políticas que van en aumento porque la base social de la IEF y su enorme prestigio, así como el poder mediador y carisma de los pastores evangélicos, suponen el eventual acceso a una cantera de votos muy rentable; tampoco por ninguna autoridad supranacional cristiana, evangélica y gitana como son las diversas iglesias Rom europeas, ni tan siquiera por la poderosa Vie et Lumiere francesa —de la que la IEF proviene históricamente—.

Aproximadamente un veinte por ciento de ellos, unos doscientos mil gitanos y gitanas españoles de todas las edades, leen hoy la Biblia regularmente, del Génesis al Apocalipsis, han organizado la formación en escuelas bíblicas (llamada EBEF, Escuela Bíblica Evangélica Filadelfia) de sus ya más de seis mil pastores evangélicos y disponen de casi mil quinientos locales de culto repartidos por toda España. En ellos los servicios religiosos tienen lugar cada tarde de la semana, a excepción de una. Quienes han tenido la oportunidad de asistir a uno de ellos saben que son cultos fuertes, poderosos y vibrantes conducidos por un pastor, y en su ausencia un co-pastor, un obrero o un candidato, designados por el responsable de cada una de las más de veinte zonas en las que la Dirección Nacional de la Iglesia Evangélica de Filadelfia ha dividido el estado español. Su organización, su estrategia territorial y la sólida base social dejan comprensiblemente estupefactas a las autoridades del movimiento político Rom, que apenas pueden aspirar a competir con la autoridad de los pastores locales y de los ancianos de la Convención Nacional de la IEF de España. La organización política, las tradicionales jerarquías de prestigio, las relaciones entre diferentes patrigrupos y con la sociedad no gitana, con vecinos, trabajadores sociales, mediadores comunitarios, autoridades locales, se han visto transformadas por la capacidad para hacer emerger un nuevo liderazgo y para la innovación social y política entre los gitanos evangélicos de nuestro país.

La transferencia paulatina del prestigio y la autoridad de los gitanos viejos de prestigio a los jóvenes pastores evangélicos para la mediación en la resolución pacífica de los conflictos (que contradice el hasta ahora inamovible principio gerontocrático) es algo que sólo la adopción y el éxito del evangelismo entre los gitanos ha hecho posible, como ya señaló Paloma Gay para el caso de los gitanos del madrileño barrio de Jarana a finales de los noventa. La adopción del evangelismo ha creado un circuito alternativo para la movilidad intraétnica y la atribución de prestigio, con independencia de la edad. Estamos, por tanto, ante un proceso de etnogénesis que busca garantizar, ante todo, la cohesión étnica y la unidad de las familias, una estructura cuya razón de ser consiste en sostener la comunidad espiritual para que la comunidad étnica continúe mediante el reconocimiento, que buscan en la Biblia, del valor de la moralidad y la forma de vida gitanas; que además provee de instrumentos para asegurar un papel más activo en la esfera pública y para la defensa de sus derechos como minoría étnica mientras perseveran, como diría Teresa San Román, en la agonía de seguir siendo gitanos, pese al presumible origen común de todos los gitanos del mundo, la idea de un pueblo étnicamente homogéneo es una ficción insostenible. Encontramos divergencias en los procesos históricos, en la gran dispersión territorial de una minoría de hecho multiterritorial, en los estilos de vida o los modos de interacción con la sociedad dominante. Pero también en el hecho de que los diferentes grupos no siempre se reconocen entre sí como miembros de una misma comunidad social y moral, rara vez reclaman la misma tierra de origen ni desean unirse en una Romanistán para la que muchos no encuentran sentido, como no reconocen una historia común a todos o un único proyecto político compartido por todos. De ahí la importancia del movimiento pentecostal gitano.

Los estudios etnográficos que exploran los límites de esa fragmentación histórica, territorial, cultural y etnopolítica de las diversas comunidades gitanas, demuestran de qué modo esa historia diaspórica e irreductible se está viendo actualmente confrontada, más que por el crecimiento del activismo político internacional romaní, por la rápida expansión del evangelismo pentecostal gitano de corte carismático. Se trata de dos movimientos de cuyas convergencias sabemos aún muy poco y que parten de imaginarios políticos muy distintos: unos injectable clomifene citrate online in uk diet to dependen del cristianismo evangélico con origen en el metodismo norteamericano, otros dependen de la política de la identidad Rom. Desde ambos frentes se lucha, con éxito desigual y con estrategias claramente distintas, por la unidad de una comunidad pan-gitana mundial pese a la dispersión territorial, la lucha contra la discriminación social, el racismo y anti-gitanismo ubicuo, contra la posición periférica o la simple y a la vez abrumadora ausencia de los gitanos en las diversas narrativas nacionales.

Por Manuela Cantón Delgado.