Barbate y Zahara de los Atunes

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Un año después del estallido de la Guerra Civil Española, en 1937, el alcalde de las aldeas de Barbate y Zahara de los Atunes, situadas frente a las costas africanas y cerca del estrecho de Gibraltar, Agustín Varo pidió la segregación de su localidad matriz, Vejer de la Frontera. Poco antes, en 1936 se bombardeó la fábrica del Consorcio Nacional Almadrabero, situada en la zona de La Chanca junto al río Barbate. Tras semejante atrocidad, la gente del pueblo huyó despavorida hacia poblaciones cercanas y el ejército del Frente Nacional tomó fácilmente el pueblo; progresivamente los barbateños fueron regresando a sus hogares.

En 1938 se consiguió independizar a las dos aldeas y convertirlas en un solo término jurisdiccional, periódicos como El Destello, El Heraldo de Barbate y La Independencia de Barbate reivindicaban desde hace años este hecho para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Durante los años 40 se comenzaron a construir escuelas, mercado de abastos, un matadero, viviendas de protección oficial e infraestructuras adecuadas para la conducción de aguas y la limpieza periódica de calles repletas de lodo y basura. En el transcurso de estos años, Barbate comenzaba a vivir de la industria pesquera y conservera organizada a través de los Trabajadores del Consorcio Nacional Almadrabero. Esto supuso un gran motor que propulsó su desarrollo, experimentándose un apogeo económico y social muy importante; además contaban con una almadraba en la que se acumulaban los mejores atunes del mundo y con fábricas de salazones y enlatados de conservas como sardinas, caballas o boquerones.

Tiempo atrás, en los años 20 algunas familias gitanas llegaron al pueblo desde poblaciones como Algeciras, Chiclana, Sanlúcar de Barrameda, Ceuta, La línea o Málaga. Una de esas familias fue la de Miguel Vega, nacido en 1945 y más conocido como Chocolate. Él llegó junto a sus padres a una zona conocida como El Zapal (situada junto al actual faro de Barbate) y que constituía un auténtico barrizal. Aquí levantaron sus casas a base de chapas y tablas procedentes de las cajas en las que se había transportado el pescado, y durmiendo juntos sobre colchones amontonados en el suelo.

Muchas personas aún recuerdan el sonido de las sirenas desde La Chanca para acudir a sus puestos en la fábrica. Miguel describe que no siente ningún rechazo por su gitanería salvo en los años 60 realizando el servicio militar, donde un superior lo llamaba «gitano» en lugar de nombrarlo por el número de placa, la 545, como hacía con el resto de compañeros. Indudablemente, el término «gitano» poseía el peor de los sentidos y sorprendentemente su superior pagó ese hecho con varias semanas de aislamiento. Miguel ha ejercido múltiples empleos durante su vida, desde la descarga incesante de pescado, hasta en servicios de mantenimiento del Ayuntamiento. Para él y los suyos es una prioridad mejorar las condiciones del pueblo y las de sus vecinos. Ellos han sufrido alguna vez la pérdida de seres queridos por lo que desde hace años forman parte de la Iglesia Evangélica, hecho que los fortalece para superar crisis y avanzar.

En Zahara viven los Heredia, una familia muy popular que llegó a principios de siglo cuando la aldea carecía de todo menos de la plenitud de la naturaleza. Sus hogares se encuentran en un lugar también conocido como El Zapal (actualmente calle Pérez Galdós). Juana es una mujer que vive junto a su marido Paco, un hombre jubilado tras ser pescador durante 40 años. Hoy sostienen a los suyos dignamente.

Resulta curioso cómo se han entremezclado los comercios para turistas a precios elevadísimos junto a las pequeñas casas y las barcas en la orilla. No se atisba pobreza ya que las calles se mantienen cuidadas y el blanco refleja uniformidad. A pesar de un pasado injusto la nostalgia aflora entre las familias. Desde Barbate lo describe Curro, un hombre jubilado que reside en el barrio de La Fátima junto a su mujer, Cati. Él trabajó 40 años descargando pescado y considera que la ayuda vecinal ha desaparecido. Antiguamente hombres y mujeres salían al alba a trabajar y los niños jugaban con lo que tuvieran entre las manos.

Debemos recordar que en estas poblaciones todos los habitantes no accedieron a los mismos puestos de trabajo, ni las condiciones de vida fueron comparables según las familias. La dictadura franquista se destacó por dictar leyes en las que la ausencia de derechos era evidente, no obstante lo que aquí atañe es que las personas humildes pudieron ganarse el pan trabajando en el mundo de la pesca. Hoy siguen en pie grandes caserones pertenecientes a las familias pudientes junto a pequeñas casas en ruinas. Los barbateños lograron levantar su pueblo en años difíciles y el Estado invirtió dinero en ello. Por esta razón no encontramos una concepción tan negativa de aquella época cuando sus vecinos la describen; hasta no hace mucho tiempo, el nombre del dictador estuvo ligado al del pueblo.

En 1961 Franco acudió a inaugurar el nuevo puerto pesquero junto al alcalde, Diego López Barrera. Bajo su mandato se construyeron la lonja, una fábrica de hielo y varios servicios portuarios; continuaba siendo una época de gran vitalidad económica y demográfica, gitanos y no gitanos valoran con agrado a ese alcalde.

Durante los 60 muchas familias se trasladaron a 600 viviendas de protección situadas a las afueras del pueblo y conocidas como La Fátima, por ellas pagaron 13.431 pesetas. Ahí viven Pepi y Antonia, dos mujeres gitanas que nos observan desde sus hogares. Ellas reconocen que en el presente notan más ignorancia entre los más jóvenes acerca de la convivencia y describen los años de pobreza como años duros, aunque el apoyo entre personas fue real.

En los años 70 se destruyeron las chabolas del Zapal y en los 80 el mundo de la pesca fue entrando en declive debido a las medidas restrictivas marroquíes con respecto a sus caladeros. Conflictos políticos ajenos al esfuerzo en alta mar fueron agotando el empeño de los marineros mientras el sector del turismo iba adquiriendo fuerza.

No olvidaremos los sucesos dantescos que han machacado a este pueblo debido a los riesgos de un trabajo en alta mar. Muchos vecinos se muestran consternados cuando recuerdan naufragios donde un día, desaparecieron decenas de vidas. Algunos de esos barcos fueron El Joven Alonso, el conocido como Rey de los Niños, el Dolores de Gomar y más recientemente, el Pepita Aurora. No hubo supervivientes y siempre perdurarán en la memoria colectiva.

Hace tiempo, el olor a salazones por las calles era algo común y aunque no hablemos de ningún paraíso, la labor de las familias fue un sostén digno para vivir de sus propios recursos. No había más negocio.

Todos sabemos que los conflictos relacionados con ventas ilegales y la desmesurada ausencia de trabajo, no han hecho más que enturbiar la popularidad del pueblo y la confianza desde el exterior. Sin embargo, en la costa de Zahara, el turismo, la urbanización de alto nivel y la buena fama adquirida en los últimos 20 años, han mejorado la economía de la zona.

A pesar de que constantemente entremos en la mera comparativa, los barbateños luchan por vivir de su esfuerzo y seguir avanzando. El eterno contraste entre los veranos con empleo y los inviernos carentes del mismo, refleja las dos caras de una misma moneda que el Atlántico sigue bañando cada día.

Por Mariola Cobo Cuenca.


Fotografías:

El Zapal 1: José Reymundo, 1937.
El Zapal 2: Albert R. Guspi, años 50.
Resto: Mariola Cobo Cuenca, 2015.