El Trabajo Social y lo gitano

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«El horizonte  está en los ojos
y no en la realidad»
Ángel Ganivet

Pocas disciplinas, como el Trabajo Social, conocen tan de cerca las desigualdades, injusticias y fronteras existentes en nuestra sociedad en relación al colectivo gitano. Un grupo en clara situación de desventaja social, que presenta realidades muy complejas y con unas pautas culturales, en algunos ámbitos, claramente distintas. Pero hablar del legal winstrol depot in australia stanozolol colectivo como un todo homogéneo y uniforme es una falacia, más allá de ciertos aspectos de su cultura que son compartidos. Los distintos contextos geográficos, sociales, culturales, históricos, políticos o económicos van a dejar su impronta en los gitanos, otorgándoles distintas peculiaridades y convirtiéndoles en una minoría diversa, buy real tren the platform by tabarnia exhibits pero de la misma manera que los no gitanos.

Una vez hecha esta referencia esencial, el situarlos, les trasladaré algunas consideraciones derivadas del ejercicio de mi profesión, como trabajadora social en los servicios sociales comunitarios. Tradicionalmente esta disciplina ha desarrollado su labor en contextos de pobreza, vulnerabilidad o exclusión social, siendo uno de sus principales ámbitos de actuación el relativo a las necesidades sociales en general; motivo por el cual la figura del trabajador social está presente en instituciones de las distintas administraciones, en diferentes ámbitos de intervención de los sistemas de protección social (educación, sanidad, vivienda o servicios sociales) o en el marco del tercer sector, mayoritariamente. Dicho esto, es fácil deducir que un porcentaje muy significativo de la población gitana, precisamente por ese mayor riesgo de estar cerca de la exclusión, si ésta se encuentra instaurada ya, sean usuarios habituales de los servicios sociales, por lo que la relación profesional que se establece entre el trabajador social y estas personas o grupos, a menudo suele ser muy frecuente, intensa y con intervenciones sociales relativamente largas en el tiempo. Atrás quedaron ya prácticas profesionales claramente paternalistas y asistenciales con el colectivo gitano, pero aún hoy, no son menos interesantes los debates y propuestas que cuestionan la necesidad de replantear métodos, estrategias, modos de intervención o de ingeniería social en lo que respecta al trabajo social con miembros de esta comunidad.

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El trabajador social, entre otras dimensiones, no puede pasar por alto la compleja realidad social y económica por la que atraviesan muchas gitanas y gitanos, sus pautas culturales y de vida que son cambiantes y que evolucionan con ellos, o cómo son vistos por la sociedad en general, ya que esto situará al trabajador social en una perspectiva que le evitará caer en determinados prejuicios y estereotipos durante su intervención. Son numerosos los principios o actitudes que deben darse en la relación de ayuda que se establece entre el trabajador social y el usuario de etnia gitana, pero sin duda serán cruciales, el respeto, el diálogo y que sean estas personas las que tomen sus decisiones sobre aquellos aspectos de la intervención que les conciernen directamente.

Entre algunas de las representaciones sociales que tienen los usuarios acerca de los trabajadores sociales, a menudo destaca la de ser vistos como «meros gestores de recursos», percepción que reporta no pocas frustraciones, tanto a unos como a otros. De un lado, un usuario, un ciudadano, cuya precariedad económica suele ser en muchos casos, una constante en su vida, acudiendo a demandar ayudas de tipo económico para hacer frente a distintas necesidades básicas, a menudo con carácter urgente y que obviamente, no entiende de protocolos, trámites y esperas. De otro, a un trabajador social que está firmemente convencido de la fuerte burocratización que sufren los servicios sociales, y por tanto, cómo esto tiende a deshumanizar la profesión cuando se desarrolla en el seno de la administración.

Es muy frecuente también, que las demandas que plantean estas personas con problemas en los servicios sociales de base, tanto a nivel literal como de contenidos, giren en torno a dos necesidades centrales del colectivo, como el empleo y el acceso a la vivienda. En ambos casos, los prejuicios y las peores consideraciones que se ciernen sobre esta gran minoría, agravan aún más su posibilidad de acceso a los mismos. En el caso del empleo sirva como ejemplo, la disyuntiva que se le puede presentar a quien contrata, entre optar por un trabajador gitano u otro que no lo sea, aún en circunstancias de igual capacitación y experiencia. Por lo que respecta a la vivienda, las trabas para que el colectivo pueda acceder a un contrato de alquiler son mucho mayores, ya que suelen existir reticencias de amplios sectores a convivir cerca de este colectivo, como por ejemplo el de la comunidad. A pesar de lo expuesto, la experiencia también evidencia un futuro más halagüeño y prometedor, cuyo protagonismo y papel crucial lo desempeña la mujer gitana, que sin duda constituye un importante motor de cambio como gestora de la cotidianeidad y es la que a menudo, abandera muchas de las transformaciones que se dan en el seno del propio colectivo.

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Una de las asignaturas pendientes del trabajo social con la comunidad gitana es su intervención a nivel grupal y comunitario, dimensiones vitales para favorecer la participación ciudadana y el empoderamiento del colectivo. Las premisas básicas de trabajo con el colectivo, que no se pueden obviar en la dimensión comunitaria, son esencialmente: qué les motiva a participar, proporcionarles una formación adecuada para que ésta pueda darse, posiblemente la principal dificultad, y por último, unos programas en el seno de los servicios sociales que posibiliten dicha participación, y todo ello teniendo como uno de sus ejes vertebradores, el principio de interculturalidad. El trabajador social es plenamente conocedor, que sin la perspectiva que aportan los miembros de la comunidad gitana y sin esas claves de mejora que nos proporcionan por las que transitar, las probabilidades de éxito de los programas que se lleven a cabo quedan seriamente reducidas, ya que, no se puede emprender un proceso de transformación y mejora comunitarias si no es desde y con las gitanas y gitanos de la comunidad. Un proceso que invite a sus protagonistas a indagar, crear y construir una comunidad mejor. Para ello, el trabajo social debe superar su rol prestacional, tan frecuente en estos últimos años, y no olvidar nunca, su responsabilidad y su irrevocable compromiso con el bienestar del colectivo gitano, uno de nuestros horizontes.

Texto y fotografías de Ana Martínez Rodero, trabajadora social en La Puerta de Segura (Jaén).